Intolerancia a la lactosa, el diagnóstico de los mexicanos 

L.P.C. Julieta Espinosa

 

 

 

Aislada hace 389 años por el médico italiano, Fabrizio Bartoletti, la lactosa es el azúcar propio de la leche. Un disacárido formado por dos azúcares simples (glucosa y galactosa), que está presente en la leche de vaca en un porcentaje de 4 a 5 por ciento.

 

Proveedora de energía, partícipe del desarrollo de la flora intestinal y estimulante de la absorción de calcio y fósforo, la lactosa puede causar náuseas, cólicos, inflamación abdominal, flatulencias y diarrea en algunas personas que la ingieren, a través de la leche o sus derivados. Es la intolerancia a la lactosa; un padecimiento descrito en 1963, que encuentra su explicación en la deficiencia de producción de la enzima lactasa en las paredes del intestino delgado.

 

La enzima, responsable del desdoblamiento y absorción de la lactosa, está presente en todos los mamíferos al momento de nacer. Así, los humanos cuentan con cantidades de lactosa suficientes para ser alimentados con leche durante sus primeros años.

 

Sin embargo y a decir del Dr. Rubén Lisker Yourkowitzky, Presidente del Colegio de Bioética, “a partir del destete, en la mayor parte de la humanidad, comienza a disminuir la concentración de lactasa hasta llegar a 10 por ciento de la inicial a los seis años”.

 

Interesado en el comportamiento de la intolerancia a la lactosa en México, el Dr. Lisker es precursor en los estudios relacionados con el padecimiento en el país. Una labor de investigación iniciada en los 70, que arrojó respuestas a interrogantes como: su frecuencia en la población adulta, su carácter hereditario, su relación con la capacidad de consumo y su asociación con alguna enfermedad.

 

Tlaxcala fue el lugar donde la primera pregunta encontró respuesta, al ubicar en dos de sus municipios los grupos de personas voluntarias que participaron en el estudio: Huamantla e Ixtenco. El primero de ellos compuesto por una población mestiza y el segundo, por una menos heterogénea y de lengua indígena.

 

El grupo de Huamantla estuvo formado por 193 estudiantes de nivel secundaria, ambos sexos y con edades entre los 13 y 17 años. Mientras que el de Ixtenco por 100 obreros, en su mayoría varones, cuyas edades oscilaron entre los 18 y 72 años; así como por 108 estudiantes, ambos sexos, de 12 y 13 años de edad.

 

Ambos grupos fueron sometidos a una prueba de tolerancia a la lactosa, consistente en el suministro de una dosis de 50g. de lactosa, en ayuno. Ingesta precedida y continuada por un muestreo de sangre, en un rango de tiempo de 15 a 30 minutos.

 

Los resultados de la medición de la concentración de glucosa (componente de la lactosa) en la sangre, fueron contrastados con estándares internacionales. Así, las personas que presentaron un aumento de glucosa por encima de los 25mg. /100ml., fueron consideradas tolerantes a la lactosa; los que incrementaron su concentración entre los 20 y 25mg /100ml., como dudosos; mientras que los que tuvieron un aumento inferior a los 20gr. /100ml., como intolerantes.

 

El Director de Investigación del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición “Salvador Zubirán” contempló también, la revisión médica de los participantes, 24 horas después de la ingesta, con el objetivo de establecer la presencia de síntomas asociados a la intolerancia a la lactosa. Además de la realización de entrevistas sobre el consumo de leche, para determinar un estimado poblacional.

 

Los resultados arrojaron que la deficiencia de lactasa intestinal es común entre los grupos analizados, al presentar intolerancia al azúcar 293 individuos (73.8%) de los 401 participantes. En tanto que el consumo de leche de vaca en Huamantla fue estimado como alto (dos vasos diarios promedio), en contraparte al de Ixtenco, donde la población aseguró consumir leche sólo durante el amamantamiento.

 

Las reacciones gastrointestinales posteriores a la ingesta tuvieron lugar, en mayor cuantía, en los individuos con deficiencia de lactasa. Prueba de ello son los 192 casos de molestias reportados (64.9%) de los 296 intolerantes a la lactosa.

 

La capacidad de consumo fue el siguiente caso a resolver. Esta vez, mediante la colaboración de 200 personas (100 varones y 100 mujeres), que durante 4 días consecutivos, ingirieron distintas dosis de leche de vaca, con un ayuno nocturno previo.

 

Las dosis fueron de 250ml, 500ml, 750ml y un litro; todas ellas bebidas en menos de 20 minutos y suspendido su incremento, sólo ante la presencia de malestares propios del padecimiento estudiado. En dicho caso, al siguiente día, fue otorgada la última dosis tomada, que de provocar la misma situación, fue divida en dos dosis (una las 8:00 hrs. y otra a las 16:00 hrs.).

 

Los resultados fueron complementados con una prueba de tolerancia a la lactosa, con la que fue posible llegar a los siguientes resultados: de los 121 individuos deficientes de lactasa encontrados, 98 presentaron síntomas severos de la afección; mientras que de los 63 con niveles normales de la enzima, 5 tuvieron malestares.

 

Al respecto, el Dr. Lisker concluyó que “existe una diferencia clara. De los que carecieron de la enzima, casi ninguno aguantó la ingesta de un litro de leche; en cambio, de los que sí presentaron niveles de lactasa normales, una buena parte sí lo aguantó”.

 

El investigador emérito de la Universidad Nacional Autónoma de México, para dilucidar el mecanismo hereditario de la deficiencia de la lactasa, estudio a 61 familias con 177 hijos en edades superiores a los seis años de edad.

 

Residentes de la Ciudad de México y su zona metropolitana, los voluntarios fueron sometidos a una prueba de tolerancia a la lactosa, con la variante de que a los niños les fue dada una dosis de lactosa proporcional a su peso; es decir, de 2g. /kg. de peso.

 

Con los resultados obtenidos, el Dr. Lisker hizo uso de un método estadístico conocido como “valores esperados de una variable aleatoria”; el cual consiste en la suma de la probabilidad de cada suceso, multiplicado por su valor.

 

En la determinación de los valores esperados, la variable aleatoria la constituyó la expresión del gen responsable de la deficiencia de la lactasa; mientras que los sucesos estuvieron conformados por todos los posibles descendientes de las siguientes uniones: madre intolerante-padre intolerante, madre intolerante-padre tolerante, madre tolerante-padre intolerante y madre tolerante-padre tolerante.

 

Los datos obtenidos de dicho proceso, confirmaron la hipótesis del investigador emérito del Sistema Nacional de Investigadores en su nivel III, de que la deficiencia de la lactasa representaba una herencia recesiva autosomal. Es decir, a partir de un gen que no está presente en cromosoma sexual alguno.

 

En cuanto al estudio de la posible asociación de la deficiencia con alguna enfermedad, el Dr. Rubén Lisker, a partir de deducciones de estudios clínicos realizados, llegó a la conclusión de que “si bien las molestias que tienen las personas deficientes de lactasa al ingerir leche, son similares a aquellas que presentan algún tipo de problema gastrointestinal, no guardan liga alguna entre ellas”.

 

Estudios y descubrimientos que conllevan la profecía de la desaparición del padecimiento en el tiempo, la deducción de que 70 por ciento de la población mexicana es intolerante a la lactosa y de que 15 por ciento tendrá molestias por la ingesta de un vaso de leche. Conocimientos que, en conjunto, han servido y servirán de base, a investigadores nacionales y extranjeros, en el desarrollo de productos exentos de lactosa y en el descubrimiento del gen recesivo responsable de la producción de lactasa en el intestino.

 

 

 

 

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Julieta Espinosa

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