Hablar, pensar, emplazarse (o no emplazarse)

Dra. Laurence Le Bouhellec

Ilustración: Jorge Alcántara

Es muy probable que la mayoría de las personas se vaya acoplando, sin más, al vocabulario prehecho del idioma que les tocó hablar y escribir solamente por haber nacido en determinado lugar que, a su vez, condicionó de manera necesaria determinado emplazamiento cultural. O podemos sugerir, por lo menos, que ni les ha pasado por la cabeza modificar o matizar el abanico de palabras que les vino ofreciendo en su momento la voz materna, simplemente porque no han sentido la menor necesidad de ir más allá de lo que en ellas se dice y se expresa.

No faltó tampoco en aquel escenario educativo, oscilando entre lo privado y lo público, la autoridad per se de algún maestro que les vino señalando, una y otra vez, que lo correcto y lo normal están depositados «desde siempre» en la uniformidad de las páginas de un diccionario o de una gramática, a los que, además, se les debe respecto incondicional. Otras personas, una minoría definitivamente, empujadas y guiadas por la expresión de un gusto propio ocultando quizá la necedad de la fuerza de un emplazamiento propio, pretenden no solamente rediseñar desde la palabra su relación con el mundo, sino también rediseñar su relación con los seres que habitan este mundo, así como con los fenómenos que lo caracterizan. Un poco como si el consagrado logos cuya voz corre «desde siempre» -según la tradición occidental- no pudiese, en este caso, facilitar la aprehensión del mundo, sino solamente entorpecerla, alterarla, aplazarla, diluirla, estropearla.

Definitivamente, la discusión no es nueva y en un determinado momento histórico -a finales del siglo XVII para ser más precisa- se dio a conocer, en Francia, como «la [famosa] querella de los antiguos y de los modernos». Cabe señalar que entre los modernos de aquella época no está ni más ni menos que Charles Perrault, el famoso autor del cuento El gato con botas. Y no olvidemos que, aunque «lo moderno», en otro momento y en otro contexto de discusión, se ha ido puntualmente confundiendo con la inflexibilidad e intransigencia de determinada plataforma epistemológica, sin embargo, sigue conservando hasta nuestros días algo de su sentido original al poderse asociar puntualmente al cambio, a la transformación, al posicionamiento de «lo nuevo», siempre en abierta ruptura con lo anteriormente considerado como «verdad».

Ahora bien, si dentro del ámbito de determinado polo cultural, las palabras comúnmente asociadas a lo correcto pueden desatar tanto polémicas como malentendidos asociados, a su vez, a una infinidad de repetitivos disgustos por parte de quienes no logran generar la menor identificación con ellas pero tienen, sin embargo, la tácita obligación de utilizarlas, ¿cómo no pensar que las palabras que se imponen por estar relacionadas con el discurso de un polo cultural hegemónico no lo pudiesen ser?

Desde nuestro observatorio del siglo XXI -y aunque los alcances del conocimiento que se vienen construyendo desde hace siglos sobre el hombre, el desarrollo de sus ideas y prácticas tienden a ser necesariamente parciales o limitados-, nos ha quedado claro que han existido y siguen existiendo polos culturales más invasivos que otros sea desde el punto de vista lingüístico, político, religioso etc. No nos cabe la menor duda de que el polo cultural occidental pertenece a este grupo. Obsesionado desde hace siglos por nombrar, clasificar y, ordenar al mundo y sus diferentes tipos de integrantes, se ha caracterizado por inventar nuevos términos para caracterizar determinadas prácticas, determinados objetos, términos requeridos finalmente por la continua y cada vez más minuciosa y detallada fragmentación y descomposición del todo de un ser. Es un poco como si un ser, cualquier ser, colocado bajo la luz de la razón occidental tuviera necesariamente que desplegarse para poder aprehenderse, entenderse y pensarse.

Quizá, aquel proceso haya beneficiado de cierta manera al desarrollo de «la ciencia», tal como se ha pensado y estructurado desde el viejo continente, aunque nos debemos de recordar que el antropólogo Claude Lévi-Strauss advirtió en su momento que el pensamiento otro, «el pensamiento salvaje» puede llegar a desquiciar a cualquier europeo por su riqueza, complejidad y sabiduría que le resultan inalcanzables, hasta puntualmente incomprensibles a aquella mente no salvaje a causa de la inflexibilidad y estrechez de su respectiva metodología de trabajo y posicionamiento epistemológico, preasignando valores de lo útil y de lo inútil, de lo saludable y de lo nocivo, de lo favorable y de lo desfavorable.

Por otra parte, cabe subrayar que no solamente los occidentales u occidentalizados terminan obsesionados por la parte o el fragmento, sino que terminan olvidando que un ser, cualquier ser, antes de ser la suma de sus diferentes partes es un todo y que, precisamente, la riqueza de su ser está en la complejidad de su todo y no en la fragmentación de sus partes. Tal es, de cierta manera, el conflicto entre un pensamiento abstracto que utiliza una parte de un ser, alzada al valor de categoría universal y atemporal -por ejemplo, el color verde-, y el pensamiento concreto que no puede dejar de relacionar la parte o el matiz con el ser que la ostenta y caracteriza: verde quetzal, verde aguacate, verde jade, verde esmeralda, etc.

Por último, aquel ejercicio del pensar abstracto, desde precisamente su privilegiada abstracción que lo hace desapegarse por completo del ámbito terrenal, tiende necesariamente a homogeneizar la aprehensión del mundo y sus componentes, del ser humano y de sus prácticas como si toda la complejidad y diversidad de este mundo pudiese caber en un solo punto de vista y, más aún, en un sólo idioma simplemente porque, según dicen algunos, y son legiones, un idioma sólo sirve para comunicar. Yo, soy de los que sostienen que la palabra si bien puede hacer referencia a un acto de comunicación, expresa ante todo un acto de pensamiento y navegar entre los idiomas, sean vivos o muertos, es navegar entre nodos de agenciamientos de pensamientos.

Finalmente, y hasta cierto punto, se podría afirmar que no puede existir del todo un idioma muerto porque en sus palabras sigue depositado un régimen específico de pensamiento y, para quien lo puede descifrar y disfrutar, se vuelve a abrir una pequeña ventana de lectura hacia nuestro mundo, aunque el hecho de no seguir como palabra viva restringe cada vez más de facto su acceso y conocimiento, y claro, su disfrute.

En esta discusión, no puedo dejar de citar a Georges Dumézil (1898-1986), quien fue quizá entre sus contemporáneos la persona que más idiomas muertos logro leer y traducir, lo que le permitió, por una parte, construir esta obra inmensa sobre la historia de las religiones y, por otra parte, posicionar a lo indo-europeo, de una vez por todas, en nuestro imaginario a la hora de querer proyectar cualquier tipo de investigación sobre estructuras arquetípicas de nuestros sistemas de pensamiento. Pero en estos tiempos en los que priman la inmediatez y lo útil a corto plazo, resulta difícil dar a entender voces del pasado o de las minorías, sin embargo «cuando una lengua muere»…

1Claude Lévi-Strauss, La Pensée Sauvage, 1962. Traducción al castellano, El Pensamiento Salvaje, Fondo de Cultura Económica, México.

2Miguel León Portilla http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/8210/leon/82leon.html Se han hecho un par de animaciones a partir del poema que valen la pena visualizarse.

Cuando muere una lengua  

Miguel León-Portilla

En homenaje a Carlos Montemayor

Cuando muere una lengua

las cosas divinas,

estrellas, sol y luna;

las cosas humanas,

pensar y sentir,

no se reflejan ya

en ese espejo.

 

Cuando muere una lengua

todo lo que hay en el mundo,

mares y ríos,

animales y plantas,

ni se piensan, ni pronuncian

con atisbos y sonidos

que no existen ya.

 

Cuando muere una lengua

entonces se cierra

a todos los pueblos del mundo

una ventana, una puerta,

un asomarse

de modo distinto

a cuanto es ser y vida en la tierra.

 

Cuando muere una lengua,

ya muchas han muerto

y muchas pueden morir.

Espejos para siempre quebrados,

sombra de voces

para siempre acalladas:

la humanidad se empobrece.

            ¿Qué tanto el hábito hace al monje?                                                                                                                                     -Dra. Laurence Le Bouhellec Guyomar

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