PENSAR EL ARTE

12.06.2019

“Voir le monde et puis dire la vision de ce monde.”1

[In memoriam Exote2 Victor Segalen (1878 - 1919)]

Dra. Laurence Le Bouhellec

Fotografía: Jorge Alcántara 2019
Dra. Le Bouhellec

Es en el bosque de Huelgoat (Le Huelgoat, Bretaña, Francia) que, un día de mayo, fue encontrado el cuerpo sin vida de Victor Segalen. Tenía cuarenta y un años, y desde su regreso a Francia a raíz del inicio de la Primera Guerra Mundial y de haber permanecido por unos meses en el frente, padecía una muy severa depresión. Soñaba con ser marino, pero la miopía que lo venía acompañando desde temprana edad, se lo impidió. Entonces, decidió convertirse en médico de la marina y, de esta forma, pudo recorrer los mares de este mundo, entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, pasando del descubrimiento de la cultura maorí -establecida en las dispersas islas de la Polinesia francesa- al encuentro con la antigua civilización china, ejerciendo de poeta, explorador, etnólogo, sinólogo, arqueólogo y, eventualmente, crítico de arte.

 

En vida, solamente tres de sus libros pasaron por la imprenta: en 1907, Los Inmemoriales, fruto de su primer viaje a Oceanía y publicado bajo un seudónimo, ya que al pertenecer a la Marina, no le era permitido utilizar nombre propio; en 1912, Estelas, una serie de poemas inspirados en la cultura china escritos durante su primera estadía en el Imperio del Medio y; en 1916, Pinturas, un poemario en prosa que describe pinturas imaginarias. En aquel entonces, casi nadie lo lee ni sabe de su obra. Solamente, de forma póstuma, se publica el famoso Ensayo sobre el exotismo. Una estética de lo diverso, cuya lectura me sigue apasionando décadas después de haberlo descubierto y para cuya pertinente comprensión, me parece, vale la pena recordar algunos de los matices del contexto cultural occidental de la época.

 

Si bien, por un lado y a raíz de la Revolución Industrial, el siglo XIX queda marcado por la culminación de la transición de una economía esencialmente agrícola a industrial, cabe destacar también que es el siglo del florecimiento de los discursos nacionalistas y de la última gran empresa colonialista europea, expandiéndose tanto hacia el continente africano como el cercano y mediano oriente; un hecho que termina impactando directamente la producción artística, sobre todo, en los ámbitos literarios y pictóricos por la incorporación de elementos temáticos anclados en un nuevo imaginario: «el Oriente».

 

De manera retrospectiva, este peculiar orientalismo, que suele presentar y describir elementos más fantásticos que realistas, se puede llegar a pensar como la antecámara de algunas de las vanguardias artísticas históricas, cubismo o japonismo, por ejemplo, fundamentadas en la selección y apropiación de ciertos elementos de los campos de visibilidad propios del otro, presentados al ignorante público del viejo continente como frutos de un genuino acto de creación totalmente personal.

 

Sin embargo, y en total consonancia con los fundamentos raciales de sus discursos nacionalistas, las potencias colonizadoras occidentales buscaron la manera de subrayar y enfatizar su blanquitud3 de una manera particularmente repugnante y abyecta: aprovechando los contextos expositivos de las Ferias Internacionales, decidieron utilizarlos para organizar «espectáculos etnográficos», es decir, asignar algunas de sus partes -debidamente bardeadas- como viviendas temporales a determinados grupos étnicos considerados característicos de sus colonias, obligándoles a vivir sin la menor privacidad, bajo las miradas desafiantes y burlonas de los europeos, confortados de esta forma en su creída superioridad hecha de vejaciones y humillaciones hacia otros pueblos y culturas diferentes de ellos, por ende, inferiores.

 

El éxito de aquellos verdaderos zoológicos humanos me deja sin palabras: se sabe, por ejemplo, que entre 1877 y 1912, se organizaron más de treinta de aquellos «espectáculos etnográficos», a los cuales llegaron a acudir millones de personas. Con este telón de fondo cobra vida la reflexión de Victor Segalen abocada a [sic] «despojar el exotismo de sus trapos: la palmera y el sombrero; casco de colonial; pieles negras y sol»4.

 

Cuando Victor Segalen llega a Polinesia en 1903, no llegará a conocer a Paul Gauguin, quien ha muerto ya desde hace varias semanas. En la subasta de sus bienes, que las autoridades francesas de la isla donde vivía organizan en un clima de gélida indiferencia, es casi el único en interesarse en su obra y comprar con lo que le alcanza de su sueldo de oficial, cuadernos de dibujos, esculturas de madera, algunas pinturas y la paleta del pintor. De por sí, a su regreso a Francia, solicitará a su amigo Georges-Daniel de Monfreid, realizar a partir de una precisa selección de dibujos del autor de Noa Noa, los grabados que ilustrarán Los Inmemoriales. Un sentido homenaje a Gauguin, sin la menor duda. Pero, sobre todo, y por medio del homenaje al pueblo y a la cultura maorí, una rotunda oposición a las pretensiones de la literatura occidental de su época, asfixiada por un ofensivo exotismo colonial de pacotilla, que las publicaciones de Pierre Loti ejemplifican de manera paradigmática.

 

A diferencia de sus contemporáneos, Victor Segalen escribe solamente a partir de la información recaudada y vivida en sus viajes. En particular, no son sueños favorecidos por el opio sino los relatos de una anciana maorí sobre el poblamiento de las islas de Oceanía, su personal narrativa de la genealogía de las islas, que inspiraron y maravillaron al autor de Los Inmemoriales y le permitirán, más adelante, desarrollar su particular punto de vista sobre el exotismo como una capacidad lentamente cultivada y favorecida para llegar a percibir y aprehender lo diverso, «el poder de concebir otro», sin necesidad de disfrazarlo, maquillarlo o modificarlo para cumplir con el horizonte de expectativas de la hegemonía cultural occidental. De ahí que, para Victor Segalen, solamente los seres humanos dotados de «una individualidad fuerte» pueden calificar para transformarse en este ser tan particular como privilegiado y único: el exote.

 

[sic] «Exote, aquel, quien, viajero-innato, en los mundos de diversidades maravillosas, siente todo el sabor de lo diverso».

 

Para poder embarcar para su segundo gran viaje, esta vez a China, en 1909, Victor Segalen decide primero estudiar el idioma y presentar los exámenes requeridos para fungir como intérprete en las tierras del Imperio del Medio pero, sobre todo, poder recorrerlo hasta donde sea posible en compañía del incansable amigo Gilbert de Voisin. Los años asiáticos que permitirán a Victor Segalen ejercer tanto de médico como de arqueólogo, prolongarán y reforzarán su concepción de la existencia humana, desplegada desde sus más hondos fundamentos a partir del necesario conocimiento del otro y de lo otro, un conocimiento no solamente requerido para su debido respeto sino también para favorecer vivencias empáticas llevadas al máximo disfrute.

 

Basta un solo ejemplo para entenderlo: en la edición de 1912 de Estelas, que el mismo Victor Segalen prepara con todos los cuidados requeridos, no solamente cada poema viene acompañado de un ideograma alusivo a la temática, sino que se acordó que el tiraje de la obra fuese de ochenta y un ejemplares, ni uno más, ni uno menos. Pero: ¿quién puede entender que ochenta y uno es la cifra que corresponde al número sagrado (9 x 9) de las losas de la tercera terraza del Templo del Cielo en Beijín? El desafío levantado en su momento por la obra concebida por Victor Segalen, a mi parecer, sigue vigente. Y no solamente porque asoció voluntariamente a la descripción de un mundo nuevo, nuevas formas de expresión, que pretendían establecerse en una perfecta sintonía con el contenido expresado, sino que llegó a recartografiar el pensamiento ontológico esencialista occidental, retando también -de paso- el canon de sus pretensiones estéticas.

 

Si bien «la sensación de exotismo aumenta la personalidad, la enriquece, lejos de ahogarla», aún muy pocos son los que lo aceptan en nuestro mundo actual y no tanto por no querer salir de su zona de confort intelectual, existencial u estética sino por miedo a perder los privilegios de un determinado emplazamiento hegemónico cultural. Porque, finalmente, si el exotismo, tal como lo concibe Victor Segalen, se puede equiparar con una filosofía del conocimiento, mucho más quizá que llevarnos al conocimiento del otro y de lo otro, pretende llevarnos al conocimiento de nosotros mismos. La pregunta es: ¿quiero realmente conocerme a mí mismo?

 

«On fit comme toujours un voyage au loin de ce qui n’était qu’un voyage au fond de soi».5

 

 

 

1«Ver el mundo y después decir la visión de este mundo». Victor Segalen.

2Noción inventada por Victor Segalen a raíz de su reproblematización del exotismo; caracteriza a la persona que es capaz de aprehender e interactuar con lo otro y los otros evitando las trampas del racismo o de lo que, entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, se entiende como exotismo colonial. Aparece en el Ensayo sobre exotismo. Una estética de lo diverso.

3Es el filósofo Bolívar Echeverría quien acuña el término de blanquitud. [Blanquitud y modernidad. Ed. Era, México, 2010.

4Esta cita, así como las siguientes de Victor Segalen, provienen de: Essai sur l’exotisme. Une esthétique du divers. Le Livre de Poche. Biblio. Essais. France. 1986. La traducción es mía.

5“Como siempre, hicimos a lo lejos, un viaje que no era más que un viaje al fondo de uno mismo.”

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