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Los nacionalismos en nuestras artes

M. Carlos-Blas Galindo 

Nacionalismos. Ilustración: Jorge Alcántara. 2016

 

Fechar con precisión el inicio y (o) el fin histórico de los movimientos, corrientes o tendencias de las artes plásticas, visuales y conceptuales puede resultar un ejercicio arriesgado; sin embargo, establecer tales periodos de vigencia es una de las tareas de quienes nos dedicamos a la crítica, la historia y la teoría de las artes.

En México, el comienzo oficial de los nacionalismos en las artes plásticas se sitúa al inicio de la década de los 20 del siglo pasado, como resultado del impulso vasconcelista-obregonista al arte público en la capital de nuestro país, con lo que a los planteamientos de artistas como Juan Cordero (1822-1884) o Saturnino Herrán (1887-1918) se les ha conferido el papel de precursores. Nuestros nacionalismos en las artes plásticas (que también los hubo en la arquitectura, el cine, la danza, la música, la literatura y el teatro, y son reconocibles por contener elementos alusivos a la identidad nacional de su momento o de la historia) constituyeron las artes oficiales mexicanas durante 30 años. Con el concepto de arte oficial me refiero tanto a que fueron las vertientes predominantes dentro del medio cultural mexicano de los años 20, 30 y 40, como a que fueron las directrices estilísticas impulsadas y beneficiadas mediante apoyos gubernamentales durante su periodo de vigencia.

Los nacionalismos son considerados como unas de las vanguardias históricas de la primera mitad del siglo XX. Y como las únicas endógenas que se practicaron en nuestro país, donde también se cultivaron al menos otras dos vanguardias más: el estridentismo (un cubofuturismo a la mexicana) y el surrealismo. Por razones del devenir histórico de las artes, el declive de la fase en la que las vanguardias fueron hegemónicas comenzó en Europa una vez concluida la llamada Segunda Guerra Mundial, y se extendió hasta finalizar definitivamente al comienzo de la década de los 50.

En México, la fundación -en 1952- de la galería Prisse es tenida como el inicio de la etapa en la que se comienza a visibilizar el cultivo de léxicos de la no representación, así como de lenguajes figurativos no nacionalistas; vertientes éstas que son denominadas como neovanguardistas, pues si bien es cierto que (como en el caso mexicano) supusieron un viraje estilístico en relación con las vanguardias, nunca implicaron un abandono de los postulados vanguardistas; principios entre los que cabe mencionar la preeminencia de la versión occidental de lo artístico, el autoritarismo como manifestación patriarcal en el ámbito de la cultura o el trasfondo racionalista en las artes, por ejemplo.

Pero el comienzo del periodo durante el cual las neovanguardias llegaron a ser las artes hegemónicas en nuestro medio cultural no implicó el fin de la práctica de lenguajes nacionalistas. Ni tampoco los lenguajes nacionalistas se convirtieron mecánicamente en residuales ni, peor todavía, en anacrónicos (como por herencia del pensamiento positivista quisieron ser considerados por algunas personas en los años 50 y 60 del siglo XX) como consecuencia de la proliferación de autores neovanguardistas. Inclusive, artistas como Arnold Belkin (1930-1992) y Enrique Estrada (1942) abordaron en sus obras asuntos vinculados con la identidad nacional y con la historia de México, aun cuando para ello utilizaron léxicos de la nueva figuración, que fueron los que abrazaron como neovanguardistas.

La fase durante la cual las neovanguardias constituyeron el arte oficial mexicano tuvo una duración de 30 años: de los 50 al fin de la década de los 70 de la pasada centuria. A partir del decenio de los 80, en México y en general en la esfera del arte occidental, se vive el periodo postvanguardista de la historia de las artes, etapa durante la cual se han exacerbado postulados provenientes de la era vanguardista, como los ya señalados del énfasis por lo occidental, su carácter patriarcal o el culto al racionalismo, a la vez que otros más han sido abandonados, como ha sucedido con la búsqueda de la originalidad.

Algunos artistas que iniciaron sus trayectorias profesionales durante el periodo que fue dominado por las vanguardias históricas nunca se han apartado de los nacionalismos. Tal es el caso de Rina Lazo (1923), Arturo García Bustos (1926) y Adolfo Mexiac (1927). Cabría entonces suponer que, mientras ellos continúen vivos y trabajando, como por fortuna lo están, los nacionalismos seguirán existiendo. Empero, estos tres artistas no son los únicos representantes de los nacionalismos mexicanos en las artes plásticas. Leopoldo Morales Praxedis (1953), quien entre 1974 y 1981 fue miembro activo del Taller de Gráfica Popular (fundado en 1937), es un autor nacionalista. Y, entre quienes escapan de la preceptiva postvanguardista que impone una producción artística complaciente, banal y vacua, hay al menos dos autores que abordan en sus obras asuntos alusivos a la identidad nacional y a nuestro devenir histórico; se trata de Alejandro Pérez Cruz (1966) y Demián Flores Cortés (1971). Ciertas vertientes artísticas -unas cuantas en la historia de las artes-, una vez que ha finalizado su periodo de vigencia, devienen tendencias permanentes en el contexto de la cultura artística. Tal es el caso de los expresionismos, los conceptualismos y arte pop. Todo apunta a considerar que algo semejante les está aconteciendo a nuestros nacionalismos.

                Para una historia de los diseños mexicanos. -M. en A. Carlos-Blas Galindo

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