E3: ENERGÍA, ECOLOGÍA, ECONOMÍA

08.12.2020

Soberanía energética y combate a la pobreza: ¿sirven los megaproyectos?  

Dr. Luca Ferrari

La disyuntiva. Jorge Alcántara 2020
Dr. Luca Ferrari

En marzo de 2018 publiqué en esta columna un análisis crítico del proyecto de construcción del Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México en Texcoco1, en el que concluía que la mega obra del sexenio de Peña Nieto se había planeado mirando al pasado más que al futuro. En este sexenio hay tres grandes proyectos, un nuevo aeropuerto en la Ciudad de México (con ubicación diferente), un tren en la península de Yucatán y una nueva refinería en Tabasco. En la actualidad, el costo de estas tres obras es de 82 000, 165 000 y 190 000 millones de pesos, respectivamente, que en total más que duplican el costo que se estimaba para el cancelado aeropuerto de Texcoco.

 

Al parecer, el gobierno actual considera que la construcción de grandes obras de infraestructura es el medio para alcanzar mejores condiciones de vida de la población, una visión desarrollista no muy distinta a la de las administraciones anteriores. La diferencia está en que ahora es el Estado el que dirige y controla su ejecución -pero también carga con el gasto-, a través de las Secretarías de la Defensa Nacional, de Turismo y de Energía. En un año donde los ingresos del gobierno federal han sido afectados severamente por la disminución de la actividad económica y de la venta de petróleo asociada a la pandemia de la COVID-19, vale la pena revisar si la notable inversión en megaproyectos es realmente la mejor decisión con mira al futuro.

 

La decisión de construir a toda costa una nueva refinería en Dos Bocas, Tabasco, ha sido defendida por el actual gobierno con el argumento de la soberanía energética. En efecto, la dependencia de la importación de gasolina y diésel desde EE.UU. ha llegado a niveles alarmantes que constituyen un tema de seguridad nacional. Sin embargo, hay razones de peso que hacen dudar de que una nueva refinería pueda solventar este problema. Dejando a un lado los cuestionamientos ambientales y las dudas sobre si el proyecto pueda terminarse en tiempo y forma -no hay alguien en el mundo que haya construido una refinería con esas características en el tiempo y con el presupuesto prometidos por la Secretaría de Energía-, la pregunta crucial es si con la refinería de Dos Bocas, México puede realmente dejar de importar gasolina y diésel. La respuesta es no.

 

Aunque se refinara en México todo el petróleo que producimos (1,67 millones de barriles diarios [Mdbd] en lo que va del año), con la eficiencia de las refinerías mexicanas (60 litros por barril) no lograríamos producir la suficiente gasolina para alimentar el consumo que se tuvo en 2019. Para ello se necesitaría una producción de 1,85 Mdbd. Sin embargo, en diferentes escenarios basados en las reservas remanentes, la producción que estimamos para 2023, año en que si todo sale bien la refinería estará produciendo a pleno régimen, será de menos de 1,5 Mdbd. De hecho, Pemex no cumplió las metas de producción previstas en el presupuesto de ingreso de la federación ya en 2019, antes de la pandemia2 y también este año la producción se estima que será de 9 % a 10 % menos de lo previsto.

 

En lugar de obstinarse en incrementar la producción de petróleo, que además de ser geológicamente inviable tiene altos costos económicos, se debería perseguir la soberanía energética promoviendo una baja del consumo, que tendría la ventaja adicional de reducir la contaminación ambiental y mejorar la movilidad urbana e interurbana.

 

El sector del transporte en México representa 47 % de toda la energía que consumimos y en la Ciudad de México hasta 60 %. Un programa eficaz de ahorro en este sector puede reducir sustancialmente el consumo de gasolina y, por ende, su importación. Algunas medidas que no tienen coste económico pueden ser el reducir la velocidad máxima de circulación, desincentivar mediante altos impuestos el uso de vehículos que tengan un bajo rendimiento (p.ej. menor a 15 km/l) y promover la reducción de los traslados a través del teletrabajo, por lo menos parcialmente. Pero la experiencia internacional muestra que la medida más efectiva es definitivamente el incremento del uso del transporte público.

 

Con el dinero que hasta el momento se prevé costará la refinería de Dos Bocas (190 000 Mdp) se podrían construir 68 líneas de Metrobús como la linea 7 de la Ciudad de México (la más reciente y más cara, 2800 Mdp en 2018). De acuerdo con el Gobierno de la Ciudad de México, el uso del Metrobús conlleva un ahorro de 95 % de gasolina comparado con el uso del coche particular y disminuye la emisión anual de hasta 120 000 toneladas de gases de efecto invernadero. Además, reduce hasta 40 % el tiempo invertido en traslados y disminuye la congestión vehicular.

 

En cuanto a los otros dos grandes proyectos, el Aeropuerto de Santa Lucia y el Tren Maya, todo indica que no tendrán los beneficios que prometen frente a la reducción sustancial del trafico aéreo y del turismo internacional. La Organización de Aviación Civil Internacional estima una baja de entre -59 % a -62 % de los pasajeros en 2020, con pérdidas de hasta 400 000 millones de dólares para las compañías aéreas3. En México, Interjet y Aeroméxico presentan un alto riesgo financiero que puede llevarlas a la bancarrota.

 

La debacle del sector turístico es similar: la Organización Internacional del Turismo prevé una reducción de entre 850 millones a 1100 millones en las llegadas de turistas internacionales con pérdidas de entre 910 000 y 1200 000 millones de dólares en ingresos4. Es altamente probable que tanto el sector turismo como el de la aviación nunca se recuperarán de esta crisis, que los ha llevado a niveles de hace 15 a 20 años atrás. Como lo comenté hace dos años, la Ciudad de México no necesitaba un nuevo aeropuerto y existe el riesgo de que Santa Lucia quede subutilizado, debido también a su distancia de la ciudad y la falta de conexiones rápidas.

 

Por otro lado, la mejora de las condiciones de vida en el sureste del país no se va a dar por medio del turismo internacional y el desarrollo de proyectos agroindustriales, que han sido criticados por grupo ambientalistas y los zapatistas. Lo que se necesita es un desarrollo que revitalice al sector rural, fomente un sistema alimentario basado en la producción agroecológica y economías locales con cadenas cortas entre productor y consumidor. Primero los pobres, sí, pero que ellos decidan si quieren los megaproyectos hijos de una visión de desarrollo del siglo pasado o prefieren proyectos locales resilientes y en línea con sus tradiciones, conocimientos y sabiduría, que en realidad son los más apropiados para el futuro que nos espera.

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