Dr. Héctor O. Nava Jaimes. Fotografía: Jorge Alcántara

15.11.2017

Siendo verdaderamente útiles sea, quizá, la única forma de aspirar a ser importantes

Discurso del Dr. Héctor Octavio Nava Jaimes, al hacerse acreedor del Premio de Ciencia, tecnología e Innovación Querétaro 2017.

Teatro de la República, Querétaro, Qro. 10 de noviembre de 2017

Estimados colegas y entrañables amigos que me acompañan en este, para mi, memorable acto.

 

Considero un inmenso privilegio el que se lleve a cabo en este histórico recinto, en el que están presentes las improntas dejadas aquí por los constituyentes cuando firmaron nuestra Carta Magna, la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos en 1917. Sus nombres imborrables dan testimonio de ello.

 

Permítaseme agradecer a los doctores Jesús González y a Mauricio López, connotados Premios Nacionales de Ciencias, por alentarme a presentar mi candidatura al Premio Querétaro de Ciencia, Tecnología e Innovación 2017, y el auspicio del Director General del Centro de Investigación y Desarrollo Industrial (Cidesi) por la postulación institucional presentada ante el Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Querétaro (Concyteq), y de la misma manera al jurado que decidió otorgar a mi persona esta honrosa distinción.

 

Considero, y de ello estamos convencidos mis colegas y yo, de que esta primera edición del Premio es un augurio alentador que valoriza la importancia que tienen la investigación, el desarrollo y la innovación como pilares fundamentales en la construcción de sociedades basadas en el conocimiento (científico, tecnológico y social).

 

La decisión de nuestro gobierno estatal de hacer de Querétaro una Ciudad Inteligente es un signo importante, un proyecto de largo aliento que deberá contemplar la participación responsable de diversos sectores sociales de manera organizada y coherente. Lograr una sociedad que persiga el bienestar y el progreso incluyente de sus habitantes.

 

Hace ya más de 2500 años, esto es cerca de 500 años antes de nuestra era, Pitágoras de Samos -filósofo y matemático Griego, considerado el primer matemático puro- expresó posiblemente en las conversaciones con sus alumnos de la llamada Escuela Pitagórica: «Educad a los niños y no castigareis a los hombres»; frase que por su trascendencia es un paradigma vigente en los tiempos presentes para la formación de ciudadanos ejemplares. Llama la atención de la Escuela Pitagórica su afán por encontrar en las matemáticas una clave para resolver el enigma del universo y un instrumento para la purificación del espíritu humano. Dos inquietudes persistentes, con algunas consecuencias observables, sorprendentes y diversas.

 

Mi padre, Don Amado Nava Nájera, de filiación Zapatista, recibió en 1942 la Condecoración al Mérito Revolucionario, en consideración a los servicios prestados a la Revolución Mexicana. Poco antes de fallecer, yo tendría escasos siete años, su legado e instrucción fue educarnos y formarnos en las instituciones de educación pública del Estado Mexicano. Él era un hombre de ideas liberales.

 

 

El Dr. Héctor O. Nava Jaimes en entrevista realizada por Julieta Espinosa. Fotografía: Jorge Alcántara

 

 

Cursé la primaria en la escuela Ricardo Reyes, cuyo nombre identificaría años después con el de Pablo Neruda. Dos maestros impactarían mi formación inicial, la maestra Cuca de tercero y el maestro Dionisio de sexto, por los valores impartidos que reforzaron la educación familiar sobre la integridad, la honestidad, el compromiso social y, el amor a México de mi padre y de Doña Filiberta Jaimes Benítez, mi madre.

 

Terminada la escuela primaria, ingresaría al extraordinario sistema educativo del Instituto Politécnico Nacional (IPN), la Escuela Prevocacional número cuatro, cuya sede era la antigua Escuela de Artes y Oficios, creada por el Cardenismo para las clases populares, conocida como «La Mistral» en el conglomerado social que la rodeaba, Peralvillo y otros barrios. En el interior, en un patio muy amplio dominaba la efigie de Doña Gabriela Mistral, que había sido colaboradora cercana de José Vasconcelos, fundador de la Secretaría de Educación Pública.

 

Fue una gran experiencia educativa: aprender el arte de los oficios, asimilar la educación formal correspondiente a ese ciclo y entender la naturaleza del conglomerado social en el que nos desenvolvíamos.

 

Después, en la Escuela Vocacional Número dos, fui becario del IPN y nuestra biblioteca pública preferida sería la cercana Biblioteca México, en la Ciudadela. Tiempos maravillosos, maestros estupendos.

 

En 1955 ingresé a la anhelada Escuela Superior de Ingeniería Mecánica y Eléctrica (ESIME), ya prestigiada por su inmensa tradición y por la calidad de su profesorado, una pléyade de ingenieros de los que muchos contribuyeron al desarrollo de la infraestructura técnica y científica de nuestro país.

 

En la Galería de Honor de esta venerable institución, en la placa de bronce dedicada a la memoria del Ing. Miguel Bernard, estaba inscrito su mensaje señero que se convirtió para mí y mis compañeros, en una línea de conducta inequívoca: «No hay nada más satisfactorio que el saber que se ha cumplido».

 

En mi desempeño profesional me he esmerado en el cumplimiento cabal de las tareas asignadas con un profundo compromiso social y sin esperar reconocimiento alguno: primero, antes que nada, el cumplimiento del deber. Si acaso, cualquier otra cosa vendrá a su debido tiempo.

 

Por esto agradezco profundamente y con emoción, la honrosa distinción que hoy se me otorga en este patrio recinto. Han transcurrido ya cerca de 55 años de desempeño en el campo de las ingenierías, la investigación, el desarrollo tecnológico y en la formación de capital humano; ciudadanos ejemplares comprometidos a trabajar con empeño para lograr un país cada vez más grande y justo, en el que con su labor contribuyan a disminuir las lacerantes diferencias sociales que aún persisten.

 

 

 

Winston Churchill expresaba: «La falla de nuestra época es que los hombres no quieren ser útiles sino importantes». Pienso que siendo verdaderamente útiles sea ésta, quizá, la única forma de aspirar a ser importantes.

 

Aquí, en este mismo lugar en 1999, Carlos Fuentes, siempre presente, al recibir la presea Ezequiel Montes expresó en su ejemplar disertación lo siguiente:

 

«Las soluciones profundas para el nuevo milenio mexicano tendrán que venir desde abajo, la premisa es la búsqueda de la libertad, por ello un país democrático vive en transición permanente. ¿Cuáles serán sus caminos y cuáles sus bases? La educación es la condición universal para el acceso al conocimiento y es la llave actual del desarrollo. Si no lo entendemos, si no le damos prioridad a la educación en México, si no incorporamos a millones y millones de niños y jóvenes a la escuela, nuestro retraso económico y político será fatal».

 

La educación laica y gratuita para todos, como lo expresa nuestra Carta Magna, asegurará un mejor futuro a nuestro país. Propiciar la igualdad de oportunidades sin discriminación social para nuestra niñez y juventud, para abrir las más amplias avenidas para el desarrollo científico, técnico y humanista, para hacer de México el país que muchos deseamos y las nuevas generaciones se merecen.

 

Finalmente, recordaré sobre esta línea de pensamiento una frase de Don Jesús Reyes Heroles, quien me dio el nombramiento presidencial como Director General del Centro de Investigación y Estudios Avanzados (Cinvestav) en 1982: «Por la educación se llega a la Libertad y a la Cultura» y de Pablo Neruda en su obra poética Serenata de México (1960), un fragmento que nos debe recordar lo que a veces no vemos u olvidamos:

 

«Cuanto el pequeño mexicano toca con dedos, o con alas, hilo, plata, madera, cuero, turquesa, barro, se convierte en corola verdadera, cobra existencia y vuela crepitante».

 

Debemos valorar nuestras tradiciones ancestrales y nuestra herencia cultural. Hay en ellas extraordinarias manifestaciones de creatividad y conocimiento. Vuelvo a citar a Neruda:

 

«México, recibe con las alas que volaron desde el extremo sur, donde termina en la blancura el cuerpo de la América oscura, recibe el movimiento de nuestra identidad que reconoce su sangre, su maíz, su desamparo, su estrella desmedida: somos la misma planta y no se tocan sino nuestras raíces».

 

México debe convertirse en un faro de luz y de esperanza en las Américas.

 

Muchas gracias.

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