ECOLOGÍA RIZOMÁTICA HOY

28.08.2020

Proteger al oso no es suficiente, proteger el paisaje es lo esencial

Acto I

Dr. Pedro Joaquín Gutiérrez-Yurrita

Mártir. Jorge Alcántara 2020
Fotografía: Jorge Alcántara

Desde mediados de agosto de 2020, ha salido en televisión, en Facebook, en Twitter, en Instagram y en Internet en general, así como en la prensa escrita, que un oso capturado en las inmediaciones del Parque Ecológico Chipinque, perteneciente al Parque Nacional Cumbres de Monterrey, cerca de la ciudad de Monterrey en Nuevo León, ha sido castrado sin razón aparente y enviado al rancho Los Encinos en el municipio de Chihuahua, Chih.

 

La indignación ha sido fuerte. Indignación acumulada junto con otras muchas vejaciones ambientales que, al irse sumando -como se suman los días de confinamiento y la gente ve más redes sociales que salir a caminar, a hacer ejercicio o a trasladarse para ir a una oficina a trabajar-, llega a un punto en que hace explotar a la sociedad. La rabia contenida se desborda y se clama, como la hacen algunos ambientalistas de la sultana del norte: «que nos devuelvan al oso» o «queremos al oso 34 en Chipinque», como otros ecologistas regiomontanos… en fin, diversos individuos y grupos sociales se manifiestan en redes sociales para salvar y tener de regreso a su querido oso.

 

¿Pero qué hay detrás de todo esto? Y no me refiero al asunto político, que estuvo pésimamente mal manejado; ni tampoco al tema médico que fue desastroso o al tema etológico de los úrsidos, que fue deplorable. Me refiero al tema paisajístico.

 

Un oso joven, sano, en plena capacidad de movimiento y entrando a la madurez sexual necesita moverse para alimentarse más y mejor, robustecerse y buscar pareja para establecerse y crear su ámbito hogareño. El oso, llamado ahora 34 por el arete que supuestamente tenía colgado de una oreja, seguramente estaba en esos menesteres y mientras deambulaba, su olfato, recibiendo aromas de comida, lo guiaron hasta los centros residenciales y las áreas recreativas del parque donde los visitantes dejan sus desechos de comida y residuos sólidos (latas, cartón, plástico en platos, cubiertos, botellas de PET, etc.).

 

No es de extrañar, entonces, que el jovenzuelo se acercara a la gente. ¿Recuerdan al oso Yogui? Pues este es un caso similar, el oso 34 es la reencarnación de Yogui, un poco antropomorfo por hábitos (aunque claro, no habla ni dice «Ey, ey, ey, ey…» pero gusta de la gente y, sobre todo, de su comida). Yogui sale con un letrero que dice «No alimentar a los osos», pero ¿no es alimentarlos dejar desperdicios de comida por doquier? Una de las reglas de los buenos excursionistas y amantes de la naturaleza es: «Lo que llevas al campo lo regresas». Cero basuras, residuos, etc. en tu sitio de excursión y eso aplica a cero pedazos de torta o de jamón, ya ni se diga la lata de atún, que huele mucho y daña más al animal que, por mala suerte, la olfatea y trata de merendarla.

 

Regresando a nuestro oso Yogui 34, tenemos que es un individuo que habita el paisaje de Chipinque. Claro, más que un Parque Ecológico, Chipinque es un paisaje semi natural, poco construido pero altamente antropofizado. En ese paisaje, el oso trata de sobrevivir como bestia salvaje, caza cuando puede, come bayas y frutos cuando no hay caza, pero si olfatea comida humana, no duda ni por un instante en acercarse a ver si puede devorarla. Si hay presencia física de humanos, pues se acerca para solicitar alimento; es gracioso porque no teme al humano y sus actos, aunque puede que sean toscos, son sin violencia ni maldad y así seguirá hasta que haya algún evento desafortunado para el oso o para algún humano. Si el infortunio es para el oso, se alejará de los poblados y centros de comida donde pueda haber personas; pero si el infortunio es para un humano, el oso -con alta seguridad- acabará muerto posteriormente.

 

Entonces, bajo esta descripción de cómo un oso interactúa en un paisaje antropogénico, la decisión de castrarlo para hacerlo más benigno al humano no funciona. Si en algún momento alguien intuyó que un macho de oso joven de la especie Ursus americanus amblyceps, una vez castrado, representa menos riesgo para los humanos puesto que su comportamiento cambiaría, lo haría menos agresivo y se alejaría de los sitios donde puede haber convivencia entre ambos, está equivocado. No hay evidencia fidedigna que indique que castrar a un animal silvestre modifique su comportamiento en este sentido. En casi nada cambia su etología, por no decir en nada. Su comportamiento respecto a los humanos es, por tanto, casi la misma; de tal forma, que seguirá siendo amistoso o peligroso, según sea la situación y la respuesta del humano ante él.

 

Si, por otro lado, lo que se deseaba era disminuir el comportamiento agresivo del oso con otros osos, resulta que también se equivocó la persona que sugirió y aprobó la castración. La castración en osos no está muy documentada, pero hay varios estudios en otros animales silvestres y domésticos, como por ejemplo el de Cafazzo y colaboradores en el 2019. Cuando hicieron un seguimiento a gatos de colonia castrados y no castrados, encontraron que lo único que disminuyó fue la actividad. No cambiaron las relaciones de jerarquía, no cambió sustancialmente la agresividad entre ellos por territorio y alimento, no bajó el estado de vigilancia y, por supuesto, no se incrementó el miedo a los humanos.

 

Finalmente, si lo que se deseaba era detener la evolución y acercar más a la extinción a las poblaciones de oso negro, ese objetivo sí se cumplió. La castración elimina la posibilidad de recombinación genética, esto es, de evolucionar después del acto reproductivo con poblaciones diferentes a las del sitio donde nació un ejemplar.

 

No puedo pensar que un médico veterinario, algún biólogo o guarda forestal, por ejemplo, digan que castrar a un ejemplar sano de una especie protegida y en peligro de extinción es lo adecuado para «…evitar la contaminación genética de las poblaciones residentes…» en el sitio en donde lo quieran reubicar. La evolución actúa en genotipos y una población biológica que pierde la capacidad de cambiar, recombinarse con nuevos genotipos, está condenada a la extinción; si la población de osos de Chihuahua es una subespecie sólo es indicativo de que los individuos que la componen han quedado aislados de los individuos de otras poblaciones por peculiaridades de su paisaje. Las razones de tal aislamiento pueden ser antropogénicas, pero eso no implica que también debamos prohibir el cruzamiento reproductivo entre metapoblaciones.

 

En biología de la conservación, para preservar la sucesión ecológica de un paisaje, lo que se persigue es precisamente eso: encontrar haplotipos para realizar cruzamientos entre poblaciones y así tener mayor variabilidad genética en poblaciones muy endogámicas y, con ello, oportunidad de adaptación a las cada vez mayores velocidades de cambio de condiciones ambientales, ya que por un lado se preserva la variabilidad local y, por el otro, a nivel de metapoblación se incrementa la variabilidad genética.

 

En síntesis, para preservar el oso se necesita, además de cuidar sus poblaciones, cuidar con esmero sus paisajes y fragmentos de los mismos que les puedan servir como corredores, para que entre ellos, de manera natural, puedan seguir manteniendo su cohesión genética.

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