E3: ENERGÍA, ECOLOGÍA, ECONOMÍA

24.02.2020

Reflexiones sobre la Transición Energética a principio de la nueva década  

Dr. Luca Ferrari

Dr. Luca Ferrari

El contexto geopolítico mundial

 

Esta nueva década verá el desenlace de un periodo de transición que empezó desde el inicio del siglo: el declive del imperio americano y de la dominación occidental, y el surgimiento de un bloque oriental liderado por China y Rusia. Esta última, en respuesta a la arrogancia de los llamados neocons, que dominaron -desde Bush a Obama- las relaciones exteriores de Washington, y a la subordinación europea a las aventuras militares estadounidenses (Ucrania, Siria, Libia, Afganistán, etc.), se ha aliado con China, moviendo de manera definitiva el equilibrio de poder mundial, dadas sus grandes reservas de energía y capacidades militares.

 

La progresiva pérdida de influencia de occidente es, en buena medida, una consecuencia de que este bloque se está quedando sin energía: la Unión Europea (UE), después del pico del petróleo del Mar del Norte en 2000, es totalmente dependiente de Rusia, Oriente Medio y Norte de África para su abasto energético (y más con el Brexit).

 

A EE.UU., con su consumo desmedido, sólo le quedan unos cuantos años de petróleo y gas de lutitas (shale) 1, que solo han podido ser financiados a cuesta de mucha deuda y cuya burbuja está empezando a reventar. Por esto, necesita mantener el control sobre el petróleo convencional de Oriente Medio a como de lugar.

 

América Latina en su conjunto tocó su pico de producción de hidrocarburos en 20152 y el incremento de la producción de «renovables» no compensa lo suficiente e incluye costos mayores. De allí las protestas que han estallado por los gasolinazos e incrementos del precio de la energía en México, Brasil, Argentina, Chile, Ecuador, entre otros. Dentro del bloque occidental, Japón y Australia son también completamente dependientes en cuanto a energía.

 

El gran bloque oriental (China, Rusia, Irán, al que se van agregando otros como India, Turquía, Irak, Pakistán, etc.) se está amalgamando alrededor del proyecto chino de la nueva Vía de la Seda (Belt and Road Initiative) y está asegurando los recursos energéticos y materiales de África y parte del Oriente Medio. En esta última región, la presencia militar americana, sus alianzas con Arabia Saudita y el apoyo incondicional a Israel van a retardar el declive del imperio americano que está haciendo lo posible para sabotear cualquier integración económico-política euroasiática (de allí la definición de «imperio del caos»)3, al tiempo que trata de asegurar una parte del petróleo y gas convencionales que quedan. Pero la coerción militar es cada vez menos eficaz gracias al avance tecnológico militar de Rusia y China, y el poderío del dólar y de los bancos occidentales va poco a poco disminuyendo frente a los sistemas de intercambio alternativos al SWIFT puesto en marcha por Rusia, China e Irán, y la apertura del mercado de futuros del petróleo Shanghái.

 

La verdadera razón de la transición energética

 

La necesidad de una transición energética se ha justificado como una herramienta de lucha contra el cambio climático, pero hay razones de más peso. Dada su extrema dependencia de energía fósil de otros países, a Europa (y particularmente a Alemania) le quedaba bien impulsar la transición energética con la bandera del cambio climático. Por un lado, pensaba tener una producción energética propia y, por el otro, de posicionarse como líder en la nueva industria de las renovables para continuar como potencia exportadora de tecnología. Pero la experiencia de los últimos 20 años ha demostrado la imposibilidad de alimentar al sistema industrial europeo con fuentes «renovables», ya que después de un esfuerzo monumental éstas no llegan ni a 20 % del consumo total de energía y tampoco han disminuido significativamente las emisiones GEI4. Apremiada por la dependencia, el declive, y el costo creciente de la energía, la Unión Europea está implementando restricciones cada vez más fuertes al consumo de energía (y al estado de bienestar) de su clase media con la justificación del cambio climático, pero como lo demuestran los chalecos amarillos de Francia, la gente no está dispuesta a comprar este discurso. Tampoco lo va a hacer América Latina.

 

La realidad es que la transición energética está cuesta arriba, no por razones políticas sino físicas: la transición energética implica transitar hacia fuentes de energía menos concentradas y no controlables, cuya infraestructura implica grandes inversiones y también energía fósil. El bloque oriental liderado por China, con la inclusión de Rusia e Irán (y en futuro Siria e Irak), tiene una parte considerable de la energía fósil convencional que queda y no está interesado en una transición hacía fuentes «renovables» porque éstas no pueden alimentar su proyecto de desarrollo económico eurasiático. Estos países no van a sustituir los combustibles fósiles por fuentes energéticamente inferiores (aunque más limpias). Quieren alcanzar y superar a occidente en el bienestar de una parte significativa de su población y lo quieren hacer de la misma forma que lo hizo occidente: con combustibles fósiles.

 

Dado que el cambio climático es un problema global, los esfuerzos para que haya una reducción de las emisiones sólo tienen sentido si lo hacen todos, incluyendo a China y EE.UU., e incluyendo a los ricos. Quizás sería mas fácil si se le dijera a la gente la verdad: ya no hay energía barata con la que se construyó el sistema actual, incluyendo el estado de bienestar, somos cada vez más y quedan cada día menos recursos, pero además estos tienen una distribución extremadamente desigual. Una vez aceptados estos hechos, la única alternativa a los conflictos sociales y las guerras es una reducción controlada de los consumos con una redistribución más equitativa de los recursos.

 

 

La situación mexicana

 

Dentro de este contexto mundial, la situación mexicana es compleja. En pequeño refleja la situación de China, donde una parte de la población se ha beneficiado del outsourcing de la industria americana y de la globalización, que ahora empieza a revertirse. Pero a diferencia de China, México no tiene socios con mucha energía y su economía está aún mas ligada a EE.UU. Desde finales de 2014, nos hemos vuelto un país importador neto de energía, completamente dependiente de EE.UU. en cuanto a productos refinados y producción de electricidad (vía importación de gas). En cuanto a la economía, dejando a un lado la del crimen organizado, la industria que más ha crecido en estas últimas décadas de globalización ha sido la de la exportación de coches, autopartes, electrónica de no muy alta tecnología (pantallas, computadoras personales, etc.) y del turismo internacional. Todas estas industrias están destinadas a decrecer con el declive de EE.UU. como potencia y la disminución del poder de compra de su clase media.

 

En materia de energía, el gobierno de la 4T tiene una narrativa que no checa con la realidad y actores con poca visión de la problemática general o que tienen intereses particulares. En general, el gobierno de la 4T sigue con una visión extractivista y desarrollista, sólo que ahora a cargo principalmente del estado, ignorando las limitaciones de los insumos energéticos y las materias primas, así como los impactos ambientales que su extracción y consumo conlleva.

 

Se dice que el declive de la producción petrolera se debe a la corrupción y falta de inversión en Pemex, cuando la razón principal es de tipo geológico-técnica. Con base en esta narrativa se destinan grandes cantidades de dinero para incrementar la producción petrolera y construir una nueva refinería, sin tomar en cuenta los costos y sin considerar que la producción de crudo a futuro no será suficiente para alimentar el parque vehicular nacional que sigue creciendo.

 

Se propone el desarrollo de una industria nacional en productos como el coche eléctrico, sin considerar que siempre será un producto para ricos, que no tenemos los insumos críticos para la construcción de baterías (el litio de Sonora ya está destinado a Tesla; no tenemos cobaltos ni tierras raras), que implica el desarrollo masivo de minería de cielo abierto y que la reducción de emisiones de efecto invernadero es baja -tomando en cuenta su producción, ciclo de vida y matriz energética eléctrica-.

 

Se plantea de manera más o menos abierta entrar a la explotación del gas shale mexicano con el uso del fracking, con la justificación de reducir nuestra dependencia del gas texano sin tomar en cuenta el alto costo económico y ambiental de este recurso. Se habla poco de fuentes renovables y los proyectos de los que se habla no van a poder resolver los problemas en un contexto de continuar con el crecimiento económico.

 

Es posible que la narrativa oficial pueda perdurar unos años más si no se desata una recesión económica y una crisis financiera, que todo el mundo ahora vaticina después de 11 años de burbujas bursátiles e incremento de la deuda. Es posible que se pueda exprimir al vapor lo que queda de los yacimientos petroleros mexicanos, pero dudo que las explicaciones oficiales puedan durar hasta el fin del sexenio. Es hora de hacer cuentas con la realidad. Se necesita abordar el problema de la escasez, del costo de la energía y del impacto ambiental creciente del sistema actual.

 

Para llegar a un sistema energético, económico y social sustentable requerimos cambios radicales en la producción de la energía, los patrones y estilos de consumo, la movilidad y la urbanización, la producción de alimentos y la producción industrial. Necesitamos diseñar un nuevo modelo económico y social, que necesariamente implica una disminución de los consumos de las clases altas y una mayor equidad en el acceso a la energía.

 

 

 

1 https://www.postcarbon.org/david-hughes-shale-reality-check-2019/

2 http://crashoil.blogspot.com/2019/12/latinoamericaos.html

3 https://www.biobiochile.cl/noticias/2015/11/30/en-que-consiste-el-imperio-del-caos.shtml

4 https://ec.europa.eu/eurostat/statistics-explained/index.php/Renewable_energy_statistics

 

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