E3: Energía, Ecología, Economía

31.10.2018

¿Por qué la tecnología no nos va a salvar?

Dr. Luca Ferrari

Ilustración: Jorge Alcántara 2018

En nuestro mundo moderno, la fe en la tecnología es mucho más difusa que la fe religiosa, es más, se ha convertido en una nueva religión. Un comentario recurrente al final de mis conferencias sobre el futuro de la energía suele ser la posibilidad de que se desarrolle alguna nueva tecnología que pueda sacarnos de nuestro predicamento energético y ecológico. En general, menos comprensible es la tecnología y más fe se tiene en ella.

 

Hablando de energía, la gran mayoría de la gente, incluso los académicos no directamente involucrados en el tema, no sabe lo que implica el mantener funcionando algo tan complejo como la red eléctrica o el sistema de producción y refinación de petróleo, pero da por hecho que la electricidad y el combustible siempre estará allí cuando lo necesitamos. La fe tecnológica hace pensar que los problemas asociados con el desarrollo tecnológico pueden ser resueltos con tecnologías más sofisticadas y complejas.

 

A principio de este octubre se publicó un reporte especial del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC por sus siglas en Inglés) sobre las consecuencias que implica el llegar a incrementos de 1,5 °C y 2 ºC en la temperatura promedio de la Tierra, con respecto a los valores preindustriales. De manera previsible, el reporte indica que el impacto de llegar a un incremento de 2 ºC sería mayor que el de un incremento de 1,5 ºC pero que, incluso en este último caso, las consecuencias serían muy serias y se tiene muy poco tiempo para evitar este desenlace.

 

Como en el 5° Informe de Evaluación del IPCC, publicado en 2015, en este último se hace énfasis en el despliegue de las llamadas «tecnologías de emisiones negativas» para reducir drásticamente la cantidad de CO2 que la actividad humana libera constantemente en la atmósfera. Aunque difieren en detalle, todas estas tecnologías buscan frenar el cambio climático capturando el CO2 de la atmósfera y almacenándolo bajo tierra o en el mar. En algunos casos, se trata de una captura directa por medio de equipos diseñados para este propósito, en otros, se busca incrementar la captura por parte de la biomasa continental (por medio de repoblación forestal) y del fitoplancton marino (dispersando nutrientes como hierro y nitrógeno en los océanos). Otras tecnologías más estrafalarias son las que contemplan agregar sustancias alcalinas a las nubes o los océanos para incrementar la disolución del CO2 en agua, o la de dispersar pequeños fragmentos de rocas sobre grandes extensiones para incrementar las reacciones naturales de alteración e intemperismo que capturan el CO2 atmosférico.

 

La primera crítica que se hace a estas tecnologías es que todas implican un notable uso de energía, que en muchos casos se produce con combustibles fósiles y que, además, va a disminuir la energía neta que podemos usar en un momento en el que la tasa de retorno energético ya está declinando. Pero el defecto principal es que se basan en una visión mecanicista de la naturaleza, propia del pensamiento occidental del siglo XIX. Cada una de estas tecnología ve a la naturaleza como una máquina que se puede operar sobre una parte sin tomar en cuenta sus relaciones con el todo. Como dijo el famoso biólogo y ecólogo Barry Commoner hace unas décadas, hay tres razones para las cuales el uso de nuevas tecnologías debe evaluarse con mucho cuidado:

 

1. Todo está conectado. Por lo tanto, cuando aplicamos una tecnología en una parte del medio ambiente o de la naturaleza, es muy probable que ésta tenga un impacto en otra parte del sistema no prevista, porque todo está interconectado. «Hemos sido muy rápidos en buscar los beneficios y muy lentos en calcular los costes». Ejemplos de esto son los organismos genéticamente modificados o la energía nuclear.

2. La naturaleza es la más sabia. A través de millones de años de evolución, la naturaleza ha formado un equilibrio óptimo y cuando aplicamos una tecnología es muy probable que este equilibrio natural se vea afectado, lo que lleva a consecuencias negativas.

3. No hay «almuerzo gratis». Todo tiene un costo, tarde o temprano. Por ejemplo, hemos utilizado la tecnología para aumentar nuestro nivel de vida material, pero esto tiene un alto costo ambiental y social.

 

En realidad, la búsqueda de estas soluciones tecnológicas se relaciona con la obstinación del crecimiento. Creemos que la tecnología puede permitirnos continuar nuestro estilo de vida consumista sin cargar con la devastación del planeta y el cambio climático. Pero, como decía Einstein, «no podemos resolver los problemas con la misma lógica con la que los hemos creado». Se necesita un cambio de paradigma. La solución, que creo es inevitable, es el decrecimiento: una disminución controlada de la producción económica, con el objetivo de establecer nuevamente un equilibrio entre el ser humano y la naturaleza, pero también entre los propios seres humanos. Desarrollaré este tema en una próxima contribución.

Espejismo petroléro

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