E3: ENERGÍA, ECOLOGÍA, ECONOMÍA

19.07.2022

Los síntomas del inicio del descenso energético y las consecuencias para México  

Dr. Luca Ferrari

Dr. Luca Ferrari

Desde el final del año pasado atestiguamos un incremento en los precios de todos los bienes industriales y agropecuarios, que se refleja en el incremento del índice de precio al consumidor o, como comúnmente se dice, «sube la inflación». Los economistas y los políticos que le hacen eco culpan de este fenómeno a la pandemia, a la inestabilidad de las cadenas de suministro y a la guerra Rusia-Ucrania. «Pero no se preocupen», nos dicen las autoridades, «todo esto es temporal y pronto regresaremos a la normalidad»; sin embargo, pasan los meses y las cosas no mejoran, sino todo lo contrario.

 

La inflación, en particular, sigue en aumento. A principios de junio, EE.UU. informó que la inflación de mayo resultó ser la más alta de los últimos 40 años, alcanzando 8,6 % interanual. En México fue solo un poco menor, en parte por el subsidio al precio de gasolina y diésel, que se aplica desde el pasado mes de marzo.

 

En su visión reductiva de la realidad, los economistas solo tienen una solución: subir las tasas de interés para reducir la cantidad de dinero en circulación y así bajar la demanda. El problema no está en la moderada recuperación de la demanda, sino en la escasez de la oferta y, particularmente, en el costo creciente de todos los combustibles fósiles. La crisis viene gestándose desde hace más de una década, pero las artimañas financieras de los bancos centrales -baja de las tasas de interés y creciente endeudamiento- habían logrado posponerla. Ahora todo indica que la economía real se está imponiendo sobre las maniobras financieras.

 

La economía está basada en la energía. Con el petróleo, la humanidad encontró una fuente de energía concentrada, abundante y barata que permitió un crecimiento acelerado de todos los indicadores económicos1, pero esta herencia del pasado geológico es finita y en la década pasada llegamos al máximo de la producción, después de haber agotado el petróleo fácil y barato. De allí en adelante, el costo de la energía empezó a subir y el precio del petróleo empezó a fluctuar fuertemente.

 

Precios de venta superiores a los 100 dólares por barril (USD/b), como los que se experimentaron en 2008 y entre 2011 y 2014, fueron demasiados altos para la economía, lo que provocó menor demanda y recesión económica; mientras que precios de 50 USD/b a 70 USD/b fueron demasiado bajos para que los productores de energía tuvieran suficiente ganancia para invertir en proyectos cada vez más costosos. Por esta razón -aunado a las políticas de transición hacia fuentes renovables- desde hace siete años, las principales empresas petroleras mundiales redujeron a menos de la mitad la inversión en exploración y producción, lo que provocó que a finales de 2018 se tocara el pico global de la producción de petróleo2

 

Posteriormente, la reducción artificial de la demanda -consecuencia de la pandemia- llevó al cierre de parte de la producción que, a pesar de la recuperación postpandemia, no ha podido recuperarse. Aunque el conflicto ruso-ucraniano ha contribuido en los últimos meses, la subida de precios ha sido constante desde 2020 por la escasez de la oferta. El costo del petróleo se ha multiplicado por cinco y el diésel, el combustible que mueve camiones de transporte, tractores y maquinaria pesada, se ha disparado en los mercados europeos y asiáticos. Otros combustibles fósiles han seguido la misma tendencia. El precio del carbón, el más barato de los combustibles fósiles, ha alcanzado nuevos máximos incrementándose en casi 150 %. El gas natural, que compensa gran parte de la generación eléctrica intermitente y es un insumo fundamental para la producción de fertilizantes, también ha alcanzado nuevos máximos mundiales.

 

A pesar de toda la retórica sobre la transición energética, el mundo sigue moviéndose en gran medida gracias a los combustibles fósiles, que aún representaron 78,5 % de todo el gasto energético mundial en 2020. Es más, su contribución solo ha disminuido 1,8 % desde 2009, porque si bien se ha agregado más energía renovable, también han crecido las fuentes fósiles3.

 

Las fuentes solar y eólica, que siempre se muestran como la energía del futuro, producen poco más de 2 % y su costo, una vez incluidos todos los elementos para garantizar la estabilidad y confiabilidad del suministro eléctrico, no es inferior a lo de las fuentes fósiles, de las cuales además depende la infraestructura de aprovechamiento (paneles, aerogeneradores, líneas de transmisión) en cada estadio de su ciclo de vida. Ademas, la electricidad solo representa la quinta parte de toda la energía que consumimos y hay muchas actividades que no podemos electrificar como el transporte pesado terrestre y marítimo, la aviación, la minería, la maquinaría agrícola, así como la producción de acero y cemento.

 

Estamos entrando en una nueva era de creciente escasez de recursos, impulsada por un costo energético cada vez mayor para la obtención de materias primas, que impacta los procesos industriales, la producción de alimentos y, el transporte de bienes y personas. La opulencia de la civilización industrial moderna se dio gracias a que durante todo el siglo pasado solo tuvimos que invertir una pequeña cantidad de energía para obtener energía, quedando una gran parte disponible no solo para las necesidades básicas, sino también para tener sistemas de salud, pensiones, ciencia, arte y gastar en entretenimiento.

 

El costo energético que tiene que pagar la economía ha ido incrementándose a medida que se agotan los yacimientos de hidrocarburos más grandes y someros, así como los depósitos minerales de mayor ley y accesibilidad. No estamos lejos del momento en el que tengamos que reinvertir la mitad de la energía extraída para extraer la siguiente unidad de energía y si esto implica una reducción drástica del estilo de vida para la parte más privilegiada de la población, significa el riesgo de hambruna para los muchos que actualmente apenas sobreviven.

 

La situación de México en esta coyuntura es difícil. Desde hace siete años consumimos más energía de la que producimos. Si bien en 2021 exportamos más de la mitad del petróleo crudo que extraemos, importamos 59 % de gasolina, 46 % de diesel y 72 % del gas natural que consumimos. Dado que la matriz energética de México depende en casi 85 % de combustibles fósiles y que pasamos el pico del petróleo en 2004 y el pico del gas el 2009, esta situación es muy preocupante.

 

El esfuerzo de la actual administración para incrementar la capacidad de refinación con la construcción de la nueva refinería de Dos Bocas y la reconfiguración de las existentes se va a topar con la insuficiente producción de crudo nacional. Para que podamos producir la cantidad de gasolina que se consumía antes de la pandemia, necesitaríamos aproximadamente dos millones de barriles diarios de petróleo. No obstante, a pesar de un gran esfuerzo presupuestario, la producción de Pemex en los últimos tres años no ha podido subir, sino que ha quedado en alrededor de 1,7 millones de barriles diarios, como habíamos previsto hace cuatro años4.

 

Debido al incremento de costos de producción y al declive de los grandes yacimientos que experimentamos desde ya 18 años, es imposible que se pueda alcanzar una producción de dos millones de barriles diarios. La única forma de alcanzar la soberanía energética de manera sostenible es actuando sobre la demanda, no sobre la oferta. Implica reducir el consumo de gasolina a través de una disminución del uso del coche particular, disminuir los traslados e impulsar sostenidamente el transporte público electrificado.

 

Por otro lado, para reducir la enorme dependencia del gas natural importado de EE.UU., con que producimos más de la mitad (56 %) de la electricidad que se genera en el país, es posible incrementar la generación por fuentes renovables como solar y biomasa, pero más aún es urgente repensar el modelo de desarrollo del país.

 

El sector de más consumo de electricidad es el de la industria, particularmente la maquiladora de exportación, cuya demanda se ha incrementado notablemente después de la firma del TLCAN. ¿Vale la pena importar gas natural de EE.UU. para producir productos que se reexportan a ese país? Es necesario reflexionar sobre la sostenibilidad de esta industria, tomando en cuenta que la inflación y la consecuente recesión económica van a reducir la demanda de las exportaciones de México. En cambio, es urgente asegurar la producción de alimentos esenciales y, el aprovisionamiento de agua y servicios de salud para volver más resiliente el país a lo que viene.

 


1  Steffen, W., Broadgate, W., Deutsch, L., Gaffney, O., & Ludwig, C. (2015). The trajectory of the Anthropocene: the great acceleration. The Anthropocene Review, 2(1), 81-98.

2  Ferrari L., 2020. Pico del petróleo y fin del crecimiento: una mirada retrospectiva.America Latina en Movimiento, 54 (550), 15-18

3  Renewable Global Status Report 2022. https://www.ren21.net/reports/global-status-report/

4  Ferrari L., 2018. Espejismo petrolero. https://www.revistaserendipia.com/ciencia/e3-energ%C3%ADa-ecolog%C3%ADa-econom%C3%ADa/espejismo-petrolero/

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