E3: ENERGÍA, ECOLOGÍA, ECONOMÍA

16.07.2019

La maldita vecindad  

Dr. Luca Ferrari

Fotografía: Jorge Alcántara 2019
Dr. Luca Ferrari

No, no voy a hablar de música chilanga de los 90, sino de la complicada realidad de la vecindad con el (todavía) país más poderoso del mundo. Históricamente, la cercanía de México con EE.UU. ha llevado más problemas que beneficios. Desde las guerras e invasiones que llevaron a la pérdida de casi la mitad del territorio nacional hasta las recurrentes presiones político-económicas, el vecino del norte no ha dejado de influir sobre los asuntos internos de lo que consideraba su «patio trasero»; sin embargo, con la llegada de los gobiernos neoliberales en la década de los 80 y la celebración del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), no sólo la relación bilateral se había vuelto más suave, sino que se había afianzado la idea de que México tenía una gran ventaja competitiva en su cercanía EE.UU. y su enorme mercado en el marco de la globalización.

 

Esta era ha terminado, como lo ha puesto de manifiesto la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. Principalmente por razones electorales, el último presidente estadounidense ha tenido un discurso agresivo hacia México, que el mes pasado pasó de las palabras a los hechos al amenazar con imponer aranceles de hasta 25 % a los productos mexicanos si no se detiene el flujo de migrantes centroamericanos hacía su país -que, dicho sea de paso, es en buena medida resultado de la destrucción de estos países por la «guerra de baja intensidad» de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en los años 80-.

 

 

El gobierno de la 4T ha reaccionado de la misma forma que lo hubieran hecho los anteriores, pactando con Washington un mayor control de los flujos migratorios. Si bien en el corto plazo esta negociación era necesaria para evitar el encarecimiento de los productos mexicanos y la consecuente afectación de la industria exportadora, vale la pena preguntarse si México debe seguir persiguiendo una integración económica cada vez mayor con EE.UU. o si, por el contrario, debería buscar mayor independencia y autosuficiencia como ha anunciado en varias ocasiones el gobierno de Andrés Manuel López Obrador.

 

En 25 años, el TLCAN ha provocado un crecimiento selectivo de ciertos sectores de la economía que se dedican a la exportación: la industria maquiladora y automotriz, parte de la industria agrícola (aguacate, tomate, fruta, etc.), el turismo internacional, entre otros. Si bien esto ha producido un cierto crecimiento económico de la clase media, también ha afectado duramente a los pequeños trabajadores del campo, que no han podido competir con la agricultura industrializada y subsidiada de EE.UU., así como los pequeños y medianos negocios que han sido desplazados por las grandes cadenas de supermercados.

 

El resultado más negativo, sin embargo, ha sido la creciente dependencia en productos básicos como alimentos (maíz, arroz, granos, etc.) y energéticos (gasolina, diésel, gas natural), que importamos en cantidades crecientes. Aún cuando importar, a veces, es más barato que producir en el país, esta dependencia vulnera la seguridad nacional y nos hace aún más débiles frente a las presiones del vecino del norte. Pero hay motivos adicionales, más generales, para desengancharnos progresivamente de ese país que ya no nos quiere.

 

Después de la caída de la Unión Soviética, el imperio estadounidense -que sucedió a la caída del imperio británico del siglo antepasado- se quedó como la única superpotencia del planeta, sin embargo, esta situación de predominio global fue temporal. En la actualidad, EE.UU. se encuentra en una situación similar a la del Imperio Romano del inicio del siglo III d. C., con una economía cada vez más frágil; un gobierno fuertemente endeudado y que ha abusado del poder global de su moneda; un aparato militar abultado, que ya no puede controlar su área de influencia; y una general decadencia moral.

 

Lo anterior puede sonar un poco exagerado si creemos lo que nos dicen los medios de comunicación oficiales o las películas de Hollywood, pero la realidad es que EE.UU. tiene serios problemas para mantener su supremacía global:

 

a. Sus reservas de energía están menguando, al tiempo que tiene uno de los consumos de energía per cápita más altos del mundo. El petróleo y el gas de lutitas (shale), con sus altos costos económicos y ambientales, son el último recurso que le queda.

 

b. La globalización y, la política de outsourcing a China y otros países menos desarrollados -entre ellos, México- han provocado una desindustrialización que ahora quiere revertir, sin mucho éxito, con las guerras comerciales.

 

c. Tiene el déficit gubernamental y la deuda total más grande del mundo, mientras que el dólar está siendo lentamente abandonado como moneda de intercambio internacional y divisa de reserva de los bancos centrales.

 

d. A pesar de tener 750 bases militares en 63 países y, el presupuesto militar más grande del mundo y mayor que los siguientes 12 países (entre los cuales 10 son sus aliados), en la práctica no ha ganado ninguna guerra en los últimos 25 años: sus intervenciones militares abiertas o encubiertas sólo han dejado estados en el caos como en Afganistán, Somalia, Ucrania, Libia, Sudán, Yemen o gobiernos contrarios a sus intereses como en Irak y Siria.

 

e. Una parte importante su población no tiene empleo, ni lo busca, y sobrevive con subsidios gubernamentales (food stamps), o está permanentemente dopada con drogas legales (opiáceos, marihuana) o ilegales. La posesión generalizada de armas produce repetidamente masacres de inocentes en lugares públicos.

 

EE.UU. ya no es la única superpotencia. Si se descuenta la inflación de muchos sectores de la economía estadounidense, como salud y educación, China es ya una potencia económica comparable. Además, ya rebasa a EE.UU. en muchos campos de investigación (p.ej. en supercómputo e inteligencia artificial) y tiene niveles de desarrollo muy similares (p.ej. en telecomunicaciones, como lo muestra el reciente conflicto de Huawei y la red 5G).

 

Rusia, a pesar de invertir la octava parte de lo que gasta Estados Unidos en armamentos, ya ha desarrollado equipos militares más avanzados y efectivos de lo que produce el costosísimo complejo militar-industrial americano (p.ej. los sistemas de misiles S400 o los aviones hipersónicos). Además, tiene reservas de gas y petróleo convencional mucho mayores que EE.UU.

 

A raíz de la creciente belicosidad de las administraciones de Obama y ahora de Trump, China y Rusia se han aliado en grandes proyectos estratégicos de energía, transporte y telecomunicación en el marco de la Organización de Cooperación de Shanghái, a la que se están acercando también Irán, India y Turquía. Estos proyectos configuran la iniciativa de la Nueva Vía de la Seda (o One Belt One Road, como la llaman los chinos), que pretende llegar a una integración del continente euroasiático dejando a un lado la injerencia americana.

 

Lo anterior nos hace presagiar que, independientemente de quiénes sean los próximos presidentes, EE.UU. irá teniendo un papel y una economía cada vez menos relevante a nivel mundial y que el poder adquisitivo de su clase media irá cayendo progresivamente. La globalización se está revirtiendo. Para anticiparse a estos eventos es urgente desarrollar una economía menos dependiente de EE.UU., con el objetivo de llegar a una autosuficiencia alimentaria, tecnológica y energética, esperando que no tengamos que construir nosotros un muro...

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