E3: ENERGÍA, ECOLOGÍA, ECONOMÍA

04.09.2020

¿La bolsa o la vida? Transición energética y transición agroecológica  

Dr. Luca Ferrari

Sucesión y descenso. Jorge Alcántara 2020
Dr. Luca Ferrari

El sistema energético mundial basado en los combustibles fósiles está en una profunda transformación. La crisis económica latente desde el año pasado, bruscamente acelerada por la pandemia, ha provocado una reducción significativa del consumo, particularmente, en el sector secundario y terciario de la economía. La consecuente reducción de la demanda de petróleo y gas ha llevado a los precios de venta de los hidrocarburos a mínimos históricos en el pasado mes de abril. A pesar de la lenta recuperación, los precios siguen demasiado bajos para que la industria petrolera invierta en nuevos proyectos de exploración y desarrollo, lo que a su vez avizora el inicio del descenso energético global.

 

La baja del consumo de hidrocarburos, positiva para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, se ha dado principalmente por la reducción del transporte terrestre y aéreo, y los sectores asociados como el turismo y el comercio nacional e internacional. Estas actividades necesitan paulatinamente reducirse reorientando la economía hacia las necesidades internas (disminuyendo, así, la dependencia del extranjero) y fortaleciendo economías locales. Sin embargo, los hidrocarburos no sirven sólo para el transporte, son también fundamentales en el sistema agroindustrial dominante que abastece de comida a una parte de la población.

 

Este sistema, producto de la llamada «revolución verde» -empezada en los años 60 en Estados Unidos y posteriormente extendida a gran parte del mundo-, consistió en la mecanización masiva de la agricultura; aunada a la siembra de variedades de trigo, maíz y arroz más resistentes, y en monocultivos (más recientemente variedades transgénicas); así como en el uso de fertilizantes, plaguicidas e irrigación artificial. Los derivados del petróleo y el gas natural son fundamentales para este tipo de agricultura, ya que entran en todas las etapas de la producción y distribución de la comida.

 

La maquinaria agrícola, así como los sistemas de bombeo para la extracción de agua subterránea e irrigación usan diésel; los fertilizantes y plaguicidas son producto de la industria petroquímica; el procesamiento de la comida y su empacamiento, la transportación y refrigeración en todas las etapas de la distribución implican un uso masivo de diésel y electricidad, esta última a su vez generada principalmente con combustibles fósiles.

 

El «subsidio energético» de los combustibles fósiles a la producción alimentaria es impresionante: se ha estimado que por cada caloría de alimentos que se consume en los Estados Unidos, hay 10 calorías de energía fósil en el sistema de producción y distribución de estos alimentos. Es claro que un escenario de decrecimiento del uso de los combustibles fósiles, tanto por el declive de la producción como por la necesaria descarbonización, no sólo precisa un cambio de la matriz energética, sino también una completa reestructuración del sistema de producción de alimentos.

 

Abandonar progresivamente el sistema agroindustrial es una necesidad no sólo en el marco de la transición energética, sino también por el impacto ambiental, social y de salud pública que este sistema ha provocado. El argumento principal de los defensores del sistema es el notable incremento de la productividad agrícola obtenido con la «revolución verde», que ha permitido alimentar a un número creciente de habitantes del planeta. Sin embargo, el costo ha sido alto: el empobrecimiento de la calidad de los productos, la creciente incidencia de enfermedades crónicas como la diabetes, la obesidad y la hipertensión, resultados del consumo de productos ultraprocesados y dietas ricas en calorías y pobres en productos hortofrutícolas frescos; el surgimiento del cáncer asociado a los agroquímicos usados en abundancia en los monocultivos agroindustriales; la aparición de plagas cada vez más resistentes y el empobrecimiento del suelo, que se ha convertido en un mero sustrato sin vida, incapaz de alimentar los cultivos sin la adición de fertilizantes.

 

También la agroindustria ha perjudicado fuertemente a los pequeños agricultores tradicionales, causando una dependencia tecnológica creciente de unas cuantas corporaciones transnacionales que controlan el mercado de las semillas transgénicas, fertilizantes y plaguicidas, que tratan de imponer a los países del sur global mientras son prohibidos en varios países del norte. Es un sistema que pone la ganancia económica por encima de las necesidades humanas primarias, la bolsa sobre la vida.

 

Una transición energética ambiental y socialmente sustentable tiene que acoplarse a una transición del sistema agroindustrial a la agroecología. Del monocultivo de grandes extensiones, basado en agroquímicos y mercados globalizados controlados por transnacionales, hacia multicultivos orgánicos de productores y consumidores locales que emplean técnicas de regeneración de los suelos.

 

El argumento de que la agroecología es menos productiva está siendo progresivamente desmontado por numerosas investigaciones científicas, que demuestran cómo los cultivos tradicionales y las técnicas agroecológicas son más resilientes a la aparición de nuevas plagas y al cambio climático. Éstos pueden tener productividad comparable, reducir significativamente las emisiones de gases de efecto invernadero y crear oportunidades de desarrollo en zonas antes marginadas y en armonía con la naturaleza.

 

En el caso de México, el reciente debate sobre la prohibición del glifosato ha evidenciado los poderosos intereses que están atrás de los plaguicidas y a favor de la agroindustria, en el seno de esta administración que dice querer romper con el pasado. La transición agroecológica es otro banco de prueba para medir que tan distinto es el gobierno de la 4T de los anteriores.

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