E3: Energía, Ecología, Economía

23.04.2019

El predicamento energético de México 

Dr. Luca Ferrari

Ilustración: Jorge Alcántara 2019
Dr. Luca Ferrari

Si bien hay muchas cosas criticables en la reforma energética aprobada en 2013, un aspecto positivo -que espero no vaya a cambiar en este sexenio- es que se ha abierto mucho más al público la información acerca del sistema energético mexicano. En la actualidad, hay una gran cantidad de información disponible en el Sistema de Información Energética de la Secretaría de Energía (SIE, http://sie.energia.gob.mx), así como en el portal de la Comisión Nacional de Hidrocarburos (https://www.gob.mx/cnh) y, particularmente, en el Centro Nacional de Información de Hidrocarburos (https://hidrocarburos.gob.mx/).

 

Con un poco de paciencia y unos cuantos clics en Excel, es posible darse cuenta de cómo estamos en materia de energía, con el resultado de destruir varios mitos. Si bien la responsabilidad de la difícil situación en que nos encontramos la llevan las administraciones anteriores, las políticas energéticas del actual gobierno tampoco van hacia una solución. Se dice que los números no mienten, así que vamos a revisar lo que arroja la información disponible.

 

El primer dato que contrasta con la imagen convencional de potencia energética es que, desde finales de 2015, México es un país importador de energía. Lo mencioné en un artículo al inicio de 2016 (Falsas expectativas), pero el déficit se ha ido agravando. En 2018 importamos 65% de la gasolina, 60% del diésel y 70% del gas natural que consumimos, este último principalmente para la generación de electricidad. Al ver la gran dependencia energética que tenemos de EE.UU., parecería que incrementar la capacidad de refinación nacional es una buena decisión, sin embargo, los números arrojan otra sorpresa.

 

Los datos del SIE para 2018 indican que, aunque exportáramos nada y se refinara todo el petróleo que producimos, no sería suficiente para satisfacer la creciente demanda de nuestros coches, si por cada barril de petróleo sacáramos 60 litros de gasolina, como es el promedio de las refinerías mexicanas. Si el promedio fuera lo de las refinerías de EE.UU. (75 litros por barril), apenas nos daríamos abasto. En el caso del diésel, con el promedio mexicano (30 litros por barril, contra 42 litros de Estados Unidos), estaríamos cubriendo apenas la demanda interna del transporte pesado.

 

La notable diferencia en la producción de gasolina y diésel entre EE.UU. y México puede deberse al tipo de petróleo, a la eficiencia de las refinerías y, posiblemente, al robo de hidrocarburos, lo que justifica la decisión del actual gobierno de luchar contra la corrupción y el huachicoleo. Aunque estás acciones tuvieran un éxito rotundo, la realidad es que los campos petroleros mexicanos están en declive constante desde 14 años y gran parte de la producción se sustenta en campos maduros que van menguando. Sólo tenemos seis campos con una producción de más de 50 mil barriles diarios, otros 22 que producen entre 10 y 50 mil barriles, mientras que los remanentes 150 producen un total de 300 mil barriles, mucho menos que el campo actualmente más productivo (Maloob), que por otro lado está empezando a decaer.

 

Ante esta situación, el gobierno ha respondido con una inyección de dinero a PEMEX para incrementar la producción de hidrocarburos, pero otra vez los datos no ayudan. La inversión en exploración y producción en PEMEX creció de manera muy importante en 2009 y siguió incrementándose hasta 323 mil millones de pesos en 2014, lo cual no sirvió para que la producción repuntara. Como lo he explicado anteriormente (Espejismo petrolero), se trata de un declive principalmente geológico.

 

Más inversión puede permitir encontrar nuevos yacimientos, pero los nuevos descubrimientos son cada vez más pequeños y, por ende, pueden sostener una producción cada vez menor. Cada uno de los campos más grandes descubiertos y puestos en producción en la última década (Ayatsil, Onel, Xux, Homol) produce entre 80 y 60 mil barriles diarios, cuando Cantarell en su auge producía dos millones y Maloob 458 mil. Además, la producción en los nuevos campos es más cara. De acuerdo con las cifras de la Secretaria de Energía en 2004 (año del pico de la producción mexicana), por cada millón de pesos invertidos, se obtenían 65 barriles diarios, pero desde 2009 esta cantidad bajó a siete barriles diarios por cada millón de pesos invertidos y ha continuado así.

 

Frente a esta disminución en la producción y el incremento de los costos del petróleo, tenemos que la demanda de gasolina y diésel crece a un ritmo casi al doble que la población. De hecho, el parque automotriz se ha duplicado entre 2005 y 2015. Ni la clase política ni la sociedad en su conjunto parecen entender el predicamento en que nos encontramos, algo incluso más apremiante que el cambio climático: estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades energéticas. Pero se sigue promoviendo el consumo y se promete bajar los precios de los energéticos.

 

A estas consideraciones se suele responder con el argumento de la transición energética hacia las fuentes de energías renovables, sin embargo, cada vez hay más evidencias de que lo que habrá es una disminución forzosa de la cantidad de energía disponible. Tomando en cuenta lo que conlleva la intermitencia y la fluctuación de la generación energética (Los costos de la transición energética), la energía eólica y solar -que todavía tienen potencial de crecimiento- resultan ser una forma de energía cara y con un potencial de sustitución limitado (35 % a 40 % de la generación eléctrica en el mejor de los casos). Además, la construcción de la infraestructura para su aprovechamiento necesitaría cantidades importantes de energía de combustibles fósiles, ligado a un incremento masivo en la minería de elementos críticos.

 

En mi opinión, es tiempo de enfrentar el hecho de que el crecimiento económico, alimentado por energía fósil barata, ha llegado a su fin. Por lo tanto, una inversión obstinada en megaproyectos con alto consumo de energía (sean estos basados en combustibles fósiles o en renovables) no va a funcionar. Creo que hay que apoyar proyectos medianos y pequeños descentralizados, esfuerzos locales y comunitarios de autogeneración, agricultura orgánica, eco-tecnologías, e impulsar un menor uso del transporte; es decir, comenzar a cultivar el bienestar común por encima de la productividad. ¿No debería ser esto un programa de un gobierno que pretende ser distinto?

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Dr. Luca Ferrari

 

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