14.05.2020

¿Cuánto nos falta por aprender del cambio climático?  

Dr. Enrique González Sosa

Sin cura. Fotografía 2020

Las condiciones climáticas del planeta están cambiando. Cada vez más, las evidencias científicas son innegables y más voces sociales confirman los cambios que sufrirá la naturaleza si no nos unimos para mantener la vida en el planeta. Los efectos del cambio climático a escala global son irrefutables. Trisos et al., 2020 (Nature), recientemente han alertado sobre el momento en que podría cambiar, abrupta y catastróficamente, la biodiversidad del planeta, entre 2030-2050, si se mantiene el escenario de altas emisiones de gases de efecto invernadero (RCP 8,5).

 

Del mismo modo, podemos pensar en el impacto del clima sobre la pérdida de insectos, sin olvidar el progresivo uso de fertilizantes para satisfacer la demanda de alimentos por las altas concentraciones en los centros urbanos. Podríamos apuntar fácilmente a que no tiene repercusiones tangibles por la falta de evidencias visibles; no obstante, sobre el cambio climático, existen diferentes estudios que reportan -entre otras secuelas- que la temperatura y la humedad relativa en el mundo también están aumentando.

 

Igualmente es cierto que el clima ha estado presente en el desarrollo de la humanidad: hemos sufrido grandes pandemias y hambrunas asociadas a catástrofes climáticas, grandes sequias (humedad baja y temperaturas altas), y nos volvemos a preguntar, ¿de qué manera juega el clima en nuestra vida cotidiana?

 

Actualmente, nos enfrentamos a una nueva pandemia, la COVID-19, donde su interrelación con el clima y las grandes concentraciones en centros urbanos parece irrelevante y, quizá, poco comprendida. En tales circunstancias, un punto crítico para la salud pública es identificar las relaciones entre los factores del medio ambiente y las pandemias: ¿cómo afecta la contaminación de partículas finas contenidas en el aire, sólidos microscópicos o pequeñas gotas que pueden ser inhaladas por los seres humanos, y generar daños fatales en la salud pública?

 

Diversas investigaciones sobre contaminación ambiental, la temperatura y la humedad relativa del aire ponen de manifiesto su relación con la desimanación de la COVID-19. Con base en el análisis de 3080 ciudades de EE.UU., la Harvard University (Xiao et al., 2020) dice que estadísticamente hay una sobreposición entre la COVID-19 y otras enfermedades, asociadas con personas expuestas por mucho tiempo a partículas finas (PM 2,5), producto de la contaminación ambiental. «La exposición, a largo plazo, en aire contaminado incrementa la vulnerabilidad de experimentar mayores consecuencias de la COVID-19», el incremento de 1μg/m-3 de PM 2,5 está relacionado con un aumento de 15 % de decesos por COVID-19.

 

Las investigaciones intentan explicar los mecanismos de propagación de la COVID-19 para dar respuestas y detener el problema en el mundo. En 1897, Carl Fugge mostró que las grandes gotas expulsadas por la exhalación humana transportaban los patógenos de infección, justo en la proximidad de personas infectadas, droplet transmission.

 

En 1934, W.P. Wells destacó la dicotomía en la expulsión de gotas pequeñas y grandes gotas, refiriendo que la resistencia del aire no es un factor determinante en el tiempo de depósito de las gotas en la superficie del suelo, gotas menores a 1 micron (0.0001 m), en una altura normal del ser humano. Las gotas grandes son depositadas antes de evaporarse, en cambio las gotas pequeñas se evaporan antes de depositarse. Conforme pasan las gotas, del ambiente cálido y húmedo desde el sistema respiratorio al ambiente exterior, más frio y seco, las gotas expulsadas forman material seco, como aerosoles o núcleo de gotas.

 

Sin embargo, un nuevo modelo (Bourouiba L, JAMA, 2020) establece que las emisiones de las gotas por exhalaciones -tos y estornudo- pueden considerarse como una gas-multifásico que fluye en forma turbulenta y atrapa aire ambiental que transporta e integra grupos -clúster- de gotas de diferentes tamaños. Si la condición ambiental local es húmeda y cálida, la evaporación de los grupos se retarda en comparación con la evaporación individual por gota, con un tiempo de retardo de hasta 1000 veces dependiendo la fracción de tiempo de permanencia en el aire, sea segundos o minutos. De manera que las condiciones ambientales, humedad y temperatura, así como fisiología de las personas, condicionan la carga de patógenos: puede durar más tiempo en el aire y alcanzar distancias hasta de 8 m.

 

Oasim Bukhari del Massachusetts Institute of Technology (IMT) analizó los patrones de la temperatura (T) y de la humedad absoluta (AH) en las regiones afectada por la COVID-19, hasta el 22 de marzo de 2020. Reportó que 90 % de los casos registrados corresponde a regiones con temperaturas entre 13° C y 17° C, y que 83 % de los datos se localizan en regiones no tropicales, por arriba de la latitud 30 N. De igual forma, 72 % de la ciudades mostraron una humedad absoluta (AH) entre 3 gm-3y 9 gm-3 (13 % - 39 % de humedad relativa, HR) y 90 % de los casos fueron observados en ciudades con el mismo rango de humedad. Estas condiciones climáticas podrían explicar las diferencias entre los países más fríos del norte con los países fríos y húmedos y cálidos. El estudio sugiere que las implicaciones ambientales a nivel global indican que la naturaleza climática refleja la importancia de la temperatura y la humedad del aire en la expansión de la COVID-19.

 

Es prematuro afirmar su influencia en la reducción o expansión del virus, en tanto, todavía sea necesario llevar a cabo pruebas de laboratorio para constatar los indicios reportados y tomar acciones a través del mundo para tratar de ralentizar la dispersión de la COVID-19. ¿Cuánto nos falta por aprender del cambio climático?

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