PENSAR EL ARTE

26.08.2021

Lo prehispánico atrapado por el torbellino de lo moderno y lo contemporáneo

Dra. Laurence Le Bouhellec

Fotografia: Jorge Alcántara 2021
Dra. Le Bouhellec

Entre octubre del año pasado y febrero del presente, en el Museo JUMEX de la Ciudad de México, la cuarta exposición de la serie Pasajeros se propuso abrir la reflexión sobre el diálogo entablado por Anni Albers (1899-1994) entre su propio trabajo y concepción del quehacer artístico, y las pautas que guiaron los peculiares entramados visuales realizados hace siglos por manos mesoamericanas en diferentes sistemas de plástica ornamental y, ahora, por manos indígenas en el ámbito textil.

 

Junto con su marido, Josef Albers (1888-1976), profesor de la Bauhaus entre 1923 y 1933, y posteriormente del Black Mountain College en Carolina del Norte, EE.UU. -donde ella también dictara cátedra-, A. Albers viajó en varias ocasiones a lo largo y ancho de la República Mexicana alimentando su interés por el arte y arquitectura prehispánicas, así como por los textiles mexicanos.

 

La pasión por México permitió a los Albers reunir, en su momento, una colección de más de mil cuatrocientas piezas de arte prehispánico sin contar la nutrida bitácora fotográfica del propio J. Albers, que le sirvió para alimentar posteriormente su famosa serie Homage to the Square, realizada entre 1950 y 1976. Ya en 2007, el Antiguo Colegio de San Ildefonso en la Ciudad de México había abierto sus espacios a la exposición Anni y Josef Albers. Viajes por Latinoamérica, que buscaba documentar los viajes de la pareja por México, Cuba, Perú y Chile entre 1934 y 1967, y valorar el consecuente impacto de estos encuentros con un arte «otro» en su respectiva producción plástica.

 

Sin embargo, como bien sabemos, lo experimentado por la pareja Albers no es un caso aislado, ya que fueron muchos los artistas europeos inscritos en uno que otro círculo de las vanguardias artísticas que miraron, en un determinado momento, hacia otros continentes con la finalidad de encontrar en imágenes u objetos radicalmente ajenos a su propia historia cultural una nueva fuente de inspiración que les pudiera, además, facilitar la posibilidad de romper de una vez por todas con la estrechez del canon de representación académico.

 

Lamentablemente, en la mayoría de los casos, la dichosa «inspiración» se transformó en una descarada apropiación cultural, facilitada en muchos casos tanto por el anonimato de las piezas plagiadas como por el desconocimiento exacto de su procedencia. Muy al contrario, en el caso particular de la pareja Albers, la relación entre su propia producción y las obras que la inspiraron ha sido mucho más sutil y respetuosa, ya que, en palabras de J. Albers: «En el arte, la tradición no es crear sino revivir.”

 

La fuerte sentencia sugiere sin más que, para los Albers, lo primitivo como tal no existe per se, sino simple y esencialmente como otra faceta de lo moderno, más aún cuando se trata de lo prehispánico. Un paralelismo que la cuarta exposición de la serie Pasajeros en el Museo JUMEX de la Ciudad de México ha pretendido también subrayar a su manera. Dicho en otros términos, no todo el arte no occidental o no incorporado de una manera u otra a la historia tradicional del arte occidental puede acomodarse en la categoría de lo primitivo o ser considerado como tal. Definitivamente, los revivals de lo prehispánico en el horizonte plástico de lo moderno y lo contemporáneo resultan ampliamente significativos y dejan en claro que bien se trata de un arte de otra índole.

 

Cabe recordar que en México, el presidente Porfirio Díaz (1830-1915), tras retornar al poder en 1884, fomentó lo prehispánico como parte de su política cultural nacionalista[1] y el 16 de septiembre de 1887, inauguró la famosa Galería de Monolitos del Museo Nacional, heterogéneo repositorio de todos tipos de esculturas mesoamericanas. Digno de mencionarse también es el trabajo realizado a lo largo de varias décadas por Manuel Amábilis (1889-1966), gran conocedor de la arquitectura prehispánica y, sin la menor duda, una de las personas que más ha obrado por el reconocimiento de lo propio mexicano, en particular, a través de la propuesta neomaya[2].

 

Fuera de la República Mexicana, es probablemente el escultor británico H. Moore (1898 - 1986) el primero en reutilizar campos formales de la vertiente prehispánica maya como fuente directa de inspiración, para el diseño de su serie Reclining Figure. Y es así como el enigmático Chac Mool descubierto por Augustus Le Plongeon hacia 1875 en la antigua ciudad de Chichén Itzá, recobró vida en un bronce europeo de la primera mitad del siglo XX. Un poco como si la capacidad de abstracción de los antiguos americanos nunca hubiese verdaderamente caducado, aun cuando su concepción plástica fuera duramente reprimida y censurada por los actores del encontronazo y sus seguidores, quienes por varios siglos prefirieron mirar hacia el viejo continente en búsqueda de la inspiración artística.

 

Sin embargo, la dinámica del juego de miradas cambió de punto de inflexión en algún momento del siglo XX. Algo de eso nos sugiere, a su manera, el mural celebrando la Unidad Panamericana, realizado por D. Rivera (1886 -1957) para la exposición Art in Action en el marco de la Exposición Internacional Golden Gate con sede en la ciudad de San Francisco, California, EE.UU., en 1940: el nodo central de la imagen está ocupado por la monumental escultura mexica Coatlicue -la de la falda de serpientes- que se levanta mitad piedra -del lado izquierdo referido al pasado prehispánico-, mitad metal -del lado derecho-, lista para impulsar la modernidad industrial y urbana.

 

En esta misma década, el multifacético Ramón Valdiosera (1918-2017), primer mexicano en considerar que podía existir una moda mexicana, se dio a la tarea de rescatar y documentar las posibles raíces de la indumentaria mexicana adaptándolas tanto al gusto como a las necesidades modernas[3]. El año 1951 lo consagró definitivamente como padre del rosa mexicano, después de su pasarela en el Hotel Waldorf Astoria de Nueva York, EE.UU. Por su parte, Pedro Loreto (1923-2010), cuya fama inició en la segunda década del siglo XX, alcanzaría también el reconocimiento internacional y no solamente con sus famosas trasparencias totales en organzas, sino por el uso sistemático de elementos de inspiración prehispánica en canutillo, chaquira, lentejuelas bordadas y hasta pintados a mano por él mismo. No en vano, Fernando Gamboa (1909 -1990), considerado el padre de la museografía mexicana, eligió sus diseños para vestir a las edecanes que figuraban en sus exposiciones.

 

Más allá de la moda, muchos son -hasta la fecha- los interesados en seguir por estos caminos, aunque no sea forzosamente con el mismo reconocimiento nacional o internacional, pero sí con la fuerte voluntad de reivindicar la esencia de lo propio mexicano. En lo personal, me parece que lo interesante de las múltiples propuestas que han ido surgiendo a lo largo del siglo XX y hasta nuestros días, es el sabio maridaje que se ha ido estableciendo entre arte y diseño, logrando franquear y hasta borrar los sensibles umbrales históricos establecidos por la hegemonía cultural occidental, sobre todo, en relación con las artes populares.

 

En este sentido, digno de resaltar es el trabajo realizado por la exiliada cubana Clara Porset (1895-1981), pionera del diseño industrial mexicano en un mundo dominado por los hombres y abiertamente machista. En su producción, destaca el mobiliario del Hotel Pierre Marqués en Acapulco o del Cine París en CDMX, quizá uno de los lugares más espectaculares de la Colonia Juárez y que, a finales del pasado siglo, fue derrumbado. Si el nombre de Clara Porset ha quedado relacionado para la historia del diseño de muebles con el sillón totonaca, el de los Hermanos Lara[4] ha quedado asociado con el Chac-Seat, presentado por primera vez en el Guadalajara Design Fest en 2009; una manera lúdica de volver a dar vida a la mítica escultura maya, ahora en espuma de poliuretano.

 

Hablando de muebles y de decoración de interiores, no puedo dejar de mencionar el proyecto Hilando México[5], fundado en 2012, que trabaja con una comunidad de mujeres de Ichmul, Yucatán, llamada Nicte-Há, un vocablo maya que significa «flor de agua». Los tradicionales bordados diseñados para sus huipiles fueron digitalizados, reinterpretados y descontextualizados para poder aplicarse a las telas de bellísimos muebles y accesorios decorativos de primera calidad.

 

El trabajo que implica el proyecto Hilando México me hizo recordar cómo, hace tiempo, algunos no dudaron en pronosticar la muerte de la pintura -primero a causa de la fotografía y luego del surgimiento de nuevos géneros de producción-, cómo otros predicaron la muerte del libro en su materialidad física, cómo otros pensaron que las llamadas artesanías, tarde o temprano, iban a desaparecer, desplazadas por la industria, etc. Sin embargo, al observar de muy cerca las dinámicas de la historia cultural, sobresalen sus puntos de resistencia y como lo afirmo Octavio Paz (1914-1998)[6]: «La artesanía no quiere durar milenios ni está poseída por la prisa de morir pronto. […] La artesanía nos enseña a morir y así nos enseña a vivir». Me queda más que claro que lo propio mexicano tiene todavía muy larga vida por delante.

 

 

1 Uno de los hitos de la arquitectura neoprehispánica se produjó en 1889, con motivo de la Exposición Universal de París, Francia, con la construccióndel Pabellón Mexicanoa partir de una propuesta del ingeniero arquitecto Antonio Anza, con asesoramiento

del historiador Antonio Peñafiel.

2 Uno de los paradigmáticos edificios concebidos y construidos por el Arq. Amábilis fue el Pabellón Mexicano de la Exposición Iberoamericana de Sevilla, España, en 1929. Donado por México al Ayuntamiento de Sevilla, éste a su vez lo dono en 1995 a la Universidad de Sevilla,

a la que pertenece en la actualidad

3 R. Valdiosera, Tres mil años de moda mexicana, 1992. [México, Edamex, Cámara Nacional

de la Industria del Vestido.]

4 [larahermanos.mx]

5 [hilandomexico.com] El proyecto surgió de la pasión compartida entre Sally Azar y Gerardo Castro.

6 El uso y la contemplación, 1973

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