Pensar el arte

08.11.2018

Germán Montalvo. Guía para detallistas

Dra. Laurence Le Bouhellec

Directora Académica

Departamento de Letras, Humanidades e Historia del Arte

Universidad de las Américas Puebla

Germán Montalvo. Ilustración: Jorge Alcántara 2018
Dra. Le Bouhellec

A manera de despedida-homenaje a la ciudad de Puebla, en la cual vivió por más de una década, Germán Montalvo dedica su última propuesta editorial: Guía para detallistas. Un libro bellísimo con fotografías hermosísimas, de su autoría; frutos de sus incansables caminatas por las calles del centro histórico de la ciudad de Puebla, mirada en alto y cámara en mano1, retratando con una paciencia infinita este particular campo de elementos ornamentales de estuco, ónix, cantera, madera, piedra o metal, que manos en general anónimas fueron ideando y colocando de manera preferente en las fachadas de diferentes tipos de edificios. Todos ellos pertenecen a este grupo de objetos, a menudo despreciados y abiertamente condenados por algunos arquitectos -basta recordar el famoso anatema lanzado en su contra por el arquitecto austriaco Adolf Loos en el siglo pasado: «el ornamento es un crimen»-, y que el turista contemporáneo suele ignorar también, aun cuando tiene entre sus manos algún tipo de guía de la ciudad de Puebla.

 

Al respecto, sobra decir que, hasta precisamente la publicación de la Guía para detallistas, tanto la folletería turística como los libros especializados sobre la arquitectura del centro histórico de ciudad de Puebla no han contemplado reseñar, con todo el privilegio que se merecen, sus elementos ornamentales exteriores. Quizá, sea por el precoz reconocimiento dado a la talavera poblana y su determinante papel, junto con el ladrillo, en la caracterización de la plástica ornamental de la arquitectura barroca poblana; un elemento efectivamente determinante para la inscripción del centro histórico en la lista del Patrimonio de la Humanidad y que, de cierta manera, ha terminado opacando a otros tipos de pieles de la arquitectura como la porfiriana, por ejemplo, todavía más cuando el producto artístico, por su propia desgracia, queda asociado a una propuesta política de poco agrado. Pero, quizá, sea más probablemente porque el recorrido visual que nos propone Germán Montalvo en su libro prescinde de cualquier tipo de lectura estilística, y bien conocemos la recia hegemonía impuesta por este tipo de discurso en la aprehensión de cualquier tipo de objeto artístico. En este sentido, de manera consciente o no, la mise en page de la Guía para detallistas detona en una postura teórica que se enfrenta, por una parte, a las tradicionales y consagradas lecturas propuestas para la arquitectura del centro histórico de la ciudad de Puebla y, por otra, al discurso excluyente de la Historia del Arte oficial.

 

Así, que no cabe duda que los objetos seleccionados por Germán Montalvo adquieren en sus fotografías una presencia y dignidad que ningún historiador del arte poblano les ha querido proporcionar. Y no solamente porque la toma fotográfica, al aprehenderlos fuera del contexto plástico inmediato que los justifica en las específicas características de su existencia, los reconfigura en su repentina soledad existencial; sino que los logra resignificar en su cualidad de objetos cargados de un alto potencial estético que atrapa la mirada de cualquier sabio regardeur -dicho sea de paso, uno de los múltiples logros de la Guía para detallistas.

 

Bien sabemos de la facticia separación histórica que la modernidad occidental estableció entre un supuesto ámbito de objetos artísticos, potencialmente relacionados con el ideal de la belleza, y un supuesto ámbito de objetos artesanales, limitados a su condición de objetos útiles. Reposicionar a los objetos o elementos más allá de aquella irrespetuosa adscripción primaria, requiere de la firme voluntad de construcción de un nuevo tipo de paradigma que la cuidadosa mise en image del libro ideado por Germán Montalvo logra magistralmente. Una mise en image que asocia los objetos fotografiados por pares iconográficos, cromáticos, matéricos o formales, en una gesta que recuerda el trabajo realizado por ciertos proyectos curatoriales contemporáneos fundamentados en la sola valoración de las cualidades propias de las obras, dinamizando, de esta manera, sus posibles lecturas, al hacer estallar el asfixiante espacio de la muy estrecha adscripción estilística.

 

La meticulosa realización de este inventario de elementos ornamentales que, por un lado, permite al centro histórico de la ciudad de Puebla lucir una cara diferente a la del ya estereotipificado petatillo2, y por otro lado, hace posible la conformación de un pequeño catálogo de piezas distintivas de este patrimonio a menudo considerado secundario y, por ende, mayoritariamente indocumentado. De ahí que, al no contar con cajones de archivos específicos en los acervos generales de la historia del arte, aquellos elementos cuya visibilidad no se logró conservar, a su vez, no generan memoria y, obviamente, pueden llegar a desaparecer sin más. Solamente algún transeúnte avisado, amante del entorno ornamental de la calle por la cual acostumbra caminar, se percatará por ejemplo de la repentina ausencia de aquella escultura de perro que tanto le llamaba la atención, más aun cuando el sol de la mañana la envolvía con el mismo cariño que le pudo haber tenido su dueño3.

 

En este sentido, no deja de resultar absolutamente sui generis el enorme trabajo realizado en su momento por Franz Sales Meyer y consignado en los más de tres mil elementos que integran el repertorio presentado por su famoso Manual de ornamentación. Si bien el libro viene dedicado a todos los amantes del arte4, quien fuera catedrático de ornamentación en el Politécnico de Kalrsruhe, no deja de considerar que su conocimiento es parte esencial de la cultura histórica requerida no solamente por los historiadores como tal, sino también por los mismos artistas. De por sí, al revisar características de la producción artística en la muy larga duración y en el sentido más amplio de la palabra, bien sabemos que parte de su arraigo dinámico ha sido constituido por complejos lazos que han permitido la transmisión no de las técnicas -cuyos secretos suelen desaparecer con sus inventores o con quienes se lograban beneficiar de ellas de manera identitaria-, sino de determinados campos visuales intercambiados y desplazados, una y otra vez en el tiempo y el espacio, y que el Atlas Mnemosyne -ideado por Aby Warburg a principios del siglo pasado- apenas empezó a revalorar.

 

Cabe resaltar además que si bien la ornamentación tiene su propia historia, no es una historia de rupturas sino, muy al contrario, de continuidades, de estratos y reformulaciones formales muy puntuales en las cuales pueden claramente sobrevivir huellas de obras inscritas en el pasado. Entonces, se puede afirmar de cierta manera, que no existe como tal el pasado en la ornamentación. Dicho en otros términos: en la ornamentación existen más que novedades, permanencias, las cuales, sin embargo, gracias a las sabias manos de quienes las han ideado y diseñado, nunca se vuelven repetitivas. Así, que si en las páginas de la Guía para detallistas aparecen varias veces cabezas de leones o diablitos, angelitos, conchas o cualquier otro tipo de elemento del vocabulario esencial de la ornamentación occidental, todos ellos manifiestan claramente lo diferente antes que lo mismo, tanto en su trato formal como cromático. Sin olvidar, claro, el lugar proporcionado para la expresión de lo propio americano, como la cabeza de jaguar presente en uno de los muros exteriores del Hotel Colonial5, que reafirma la condición necesariamente excéntrica de lo mexicano, que si bien y por múltiples razones se apropió en determinado momento de técnicas y modelos formales del viejo continente, nunca borró del todo lo constitutivo de su propio imaginario cultural, sin llegar realmente a establecer inferioridad o superioridad entre un registro y otro, los dos abriendo a su manera y ritmo el caleidoscopio de la identidad mexicana.

 

Definitivamente, con la Guía para detallistas en mano, el centro histórico de la ciudad de Puebla no solamente se convierte en una verdadera fiesta para los ojos, sino en una precisa revisión de su historia visual. ¡Disfrutémoslas!

 


1  Todas las fotografías fueron tomadas con una cámara Canon Power Shot SX160 IS, 16.0 MPX.

2  Retomando un vocablo de origen náhuatl: petlatl, el historiador del arte mexicano Manuel Toussaint ha utilizado el término petatillo para caracterizar el particular acomodo de ladrillo y pieza pequeña de talavera que ha sido el distintivo regional del barroco poblano en la plástica ornamental exterior de su arquitectura.

3  Aparece en la página 252 de la Guía para detallistas y quedó destruida a causa del pasado terremoto de septiembre 2017.

4  Franz Sales Meyer (1849-1927) publica en 1880 su Manual de ornamentación ordenado sistemáticamente para uso de dibujantes, arquitectos, escuelas de artes y oficios y amantes del arte.

5  Página 249.

                        México en las miradas artísticas extranjeras. Del descubrimiento a la construcción de los tipos mexicanos.

-Dra. Laurence Le Bouhellec Guyomar

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