PENSAR EL ARTE

23.06.2020

En contra de la macdonaldización de nuestro mundo y de nuestro pensamiento1

1Estimado lector: en esta ocasión y en resonancia con la peculiaridad de nuestra actual situación, el texto se ha pensado como invitación a la lectura y reflexión, de ahí la cantidad de referencias que aparecen, aprovechando también que muchas plataformas han liberado temporalmente sus fondos.

Dra. Laurence Le Bouhellec

Macdonaldización. Fotografía: Jorge Alcántara 2020
Dra. Le Bouhellec

Para quien haya nacido, crecido y vivido de manera casi exclusiva en un ámbito urbano, con muy pocas o hasta nulas posibilidades de interactuar con flora o fauna, a no ser con algunos contados especímenes o especies debidamente preparados para aceptar y adaptarse a las artificiales condiciones de un espacio de vida de confinamiento, difícilmente, un evento cósmico como el que tuvo lugar en días pasados -alrededor del 21 de marzo- puede llegar a cobrar su significado completo.

 

No solamente porque gran parte de la población actual de nuestro mundo ha perdido todo tipo de conexión afectiva-efectiva con la naturaleza -entendida esta última en el sentido más amplio del término, principalmente como consecuencia directa de la implementación de determinados modos de vida, educación y trabajo que requieren de su presencia y permanencia en exclusivos ámbitos de asfalto y concreto debidamente aseptizados-, sino también a raíz de lo que el sociólogo norteamericano G. Ritzer ha llamado sin tapujos macdonaldización de nuestro sociedad1, al considerar que los principios de administración implementados en un principio en un restaurante de comida rápida, McDonald, se han esparcido y han ido contaminando, cada vez, más ámbitos de vida y trabajo de nuestras actuales sociedades occidentales.

 

Así que, al preferir sobremanera, para llenar las arcas de un ávido sistema de economía capitalista, métodos de producción y administración de cualquier tipo de actividades, basados en la supuesta cientificidad de una amplia gama de recursos tecnológicos, lo humano y lo afectivo han sido desplazados y relegados como fuente de posibles errores, retrasos o simplemente interferencias.

 

Definitivamente, en un mundo regido por la productividad y la eficiencia, no hay efectivamente tiempo que perder, aunque, sea solamente para dudar de la pertinencia de lo que uno tiene que andar haciendo. Si los cimientos de este sistema se fueron construyendo en la época llamada moderna, no ha de sorprender que su implementación y pervivencia hasta nuestros días hayan sido etiquetados sea como sobremodernidad2, sea como hipermodernidad3. Dicho en otros términos, parece todavía bastante difícil salir del pantano de los tiempos modernos4.

 

En sí, la reflexión en torno a la deshumanización de nuestro mundo y, sobre todo, en relación con nuestra forma de vivir como ser humano -incluyendo las específicas pautas de nuestra relación e interacción con nuestros congéneres- se ha venido desarrollando desde el siglo pasado, particularmente, en los años posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial5; acompañada regularmente desde aquel entonces por toda una serie de intentos de refundamentación y reestructuración del sistema de pensamiento y funcionamiento de la sociedad occidental, a la par de propuestas apuntando al necesario y puntualmente urgente reemplazamiento del ser humano.

 

El complejo y heterogéneo abanico de estas propuestas, ampliándose a lo largo de los años, incluye desde el naturismo o los modos de alimentación vegana o vegetariana, pasando por el movimiento hippie y la implementación de técnicas de meditación, hasta el cumplir con el desafío de un programa cero-basura o la compra de ropa fabricada de manera socialmente responsable y, de preferencia, con fibras orgánicas.

 

Cabe subrayar que, en la mayor parte de los casos, son grupos minoritarios los que han manifestado su preocupación para que las cosas empiecen a cambiar, mientras las instituciones siguen dominantemente haciéndose de la vista gorda sobre los riesgos a corto y mediano plazo -definitivamente, se nos acabó el largo plazo- tanto para nuestro entorno de vida como para nosotros mismos. Ejemplo ello: cancelar bebederos o lugares para rellenar recipientes en un campus universitario visitado entre semana por miles de estudiantes, simplemente porque se tiene una exclusiva concesión con una distribuidora de refrescos y agua embotellada, además de haber colocado las llaves de agua a una altura tan ridículamente baja que ni una taza de café se puede llegar a lavar adecuadamente.

 

Pero más allá de estas molestas situaciones que no hacen más que señalar la preeminencia de la economía sobre cualquier tipo de preocupación por la ecología, se está llegando a un punto en el que la fractura entre los consumidores y el origen real de los productos que están consumiendo es tal que, por ejemplo, en los EE.UU. 7 % de personas piensan que la leche con chocolate la fabrican vacas marrones. Datos como estos, no solamente vienen apuntando a que el ser humano se volvió un extranjero6 para sí mismo y su propio entorno de vida, sino que lo absurdo va marcando ahora el rumbo de su existencia.

 

Si bien la historia de estos últimos siglos ha señalado una y otra vez, y de una manera bastante clara, que las estructuras asociadas a los sistemas de pensamiento religioso, político, económico y también filosófico occidentales tienen como principales características sus pretensiones hegemónicas -así como voluntarios y repetidos epistemicidios aunados a su invasiva y tóxica blanquitud7-, no han logrado acabar del todo con otras formas de aprehensión de la vida y del mundo que, en algún momento, el sociólogo portugués B. do Sousa Santos etiquetó como Epistemología del Sur8.

 

A la luz de los reflectores de estos tiempos, estas vías otras de pensamiento y reflexión han cobrado los rasgos de formas culturales de resistencia y abierta oposición a la asfixiante monocultura del saber occidental, marcado esencialmente por el privilegio otorgado a lo valorado como «científico» y «verdadero». Tan diferentes como originales, se han transformado ahora en las voces de nuestra esperanza hacia una sociedad en la que se pueda vivir mejor, arraigada en maneras opuestas a la occidental de llegar al conocimiento y emplazarse en otra estructura del tejido social, también y sobre todo, en otro tipo de relaciones con el medio ambiente y los seres que lo habitan9. Seamos capaces, por el bien nuestro y de nuestro mundo, de tomar conciencia y enfrentar la nociva macdonalización de nuestro mundo y de nuestro pensamiento. Quizá sea lo que antiguamente se llamaba simplemente: sabiduría, siempre asociada a un pleno bienestar.

 

 


 

1  G. Ritzer, McDonaldization of Society, 1995. [Mcdonaldización de la sociedad].

2  M. Augé, Non-lieux, introduction à une anthropologie de la surmodernité, 1992. [No lugares, introducción a una antropología de la sobremodernidad].

 

3  G. Lipovetsk, Les temps hypermodernes, 2004. [Los tiempos hipermodernos].

 

4  Recordando la película Modern Times [Los tiempos modernos] de Ch. Chaplin (1936), cuya primera imagen es la de un reloj gigante, metáfora de la dictadura de la hora medida de manera mecánica en nuestras sociedades modernas y paradigma de su deshumanización.

 

5  El polémico ensayo de P. Sloterdijk, Regeln für den Menschenpark. Ein Antwortschreiben zu Heideggers Brief über den Humanismus, publicado en 1999, [Reglas para el parque humano. Respuesta a la carta sobre el humanismo de M. Heidegger] es, sin la menor duda, la obra más emblemática escrita sobre el tema, abriendo de paso la reflexión al post-humanismo. El texto de M. Heidegger data de 1947.

6  Con este título, L´étranger (1942) [El extranjero], A. Camus abre su personal reflexión sobre lo absurdo como característica esencial de nuestro mundo.

 

7  La blanquitud no es como tal un principio de identidad racial, incluye sin duda algunos rasgos de la blancura del «hombre blanco» pero sólo en tanto que manifestaciones de otros rasgos más decisivos, más bien de orden ético y que caracterizan un cierto tipo de comportamiento humano y un cierto tipo de modelo de vida. Para B. Echeverría, [Modernidad y blanquitud (2010)], la blanquitud es el rasgo dominante que caracteriza al ser humano emplazado desde la modernidad occidental y avasallado por un sistema económico de tipo capitalista.

 

8  Se entiende por Epistemología del Sur, la búsqueda de conocimientos y de criterios de validez del conocimiento, que otorguen visibilidad y credibilidad de las prácticas cognitivas de las clases, de los pueblos y/o de los grupos sociales que han sido históricamente victimizados, explotados y oprimidos por el colonialismo y el capitalismo globales. [Una epistemología del Sur. La reinvención del conocimiento y la emancipación social (2009). Justicia contra saberes. Epistemologías del Sur contra el epistemicidio (2017)]. Cabe recordar que, con anterioridad, M. Foucault en L´ordre du discours (1970) [El orden del discurso] había recalcado cómo la plataforma epistemológica de la modernidad occidental se había ido protegiendo progresivamente con diversos tipos de mecanismos, todos ellos abocados al control de la proliferación de los discursos por medio de diferentes tipos de criterios, entre los cuales destaca el de «verdad».

 

9  Hace muchas décadas que el antropólogo Cl. Lévi-Strauss en La pensée sauvage (1962) [El pensamiento salvaje] nos había dado una verdadera lección de lo que es el pensamiento original, incluyente y de su genuina flexibilidad apoyada sobre su capacidad de bricolaje. Por su parte, Ph. Descola, titular de la cátedra de Antropología de la naturaleza en el Collège de France nos ha invitado a repensar lo que puede ser naturaleza y o cultura: Par-delà nature et culture (2005) [Más allá de naturaleza y cultura].

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