PENSAR EL ARTE

03.10.2019

El arte, un documento para leer y conocer las enfermedades y prácticas terapéuticas de su época

Dra. Laurence Le Bouhellec

Efervescencia. Jorge Alcántara 2019
Dra. Le Bouhellec

Es solamente en un periodo reciente de la historia cultural del viejo continente, que «arte» quedó asociado a las categorías de «lo bello» y «lo feo»; un estatuto que lo ha posicionado como algo aparentemente autónomo, debiendo soportar las fluctuaciones de un gusto de raíz subjetiva, interfiriendo de manera continua con las características de las obras producidas y, por ende, sobre la posibilidad o no de su conservación. Sin embargo, milenios atrás, «arte» no era más que una agrupación de los diferentes géneros de producción de imágenes bi o tridimensionales que iban cumpliendo, todas y cada una de ellas, funciones muy precisas dentro de la comunidad humana que las iba generando, cargándolas de determinados sentidos desde la especificidad de sus campos iconográficos, matéricos o cromáticos.

 

Sobra decir que aquellas imágenes originales se han quedado sin la menor posibilidad de comparación razonable o pertinente con los demás campos plásticos que fueron apareciendo mucho más tarde y en otros contextos culturales, relacionándose esta vez con la eventualidad del placer estético. Es este peculiar estatuto de no autonomía, asociado a una función eminentemente pública, que la sociología del arte se ha dado a la tarea de documentar y eventualmente recordar, desde su recio anonimato, estas obras que han llegado hasta nuestro siglo XXI, que han sido colocadas en recintos museales para su exhibición masiva o que han logrado mantenerse in situ, al desprenderse de la mirada estética de la modernidad occidental y que pueden empezar a hablar como lo hacían en su ámbito de origen.

 

Entre los múltiples valores utilitarios de las imágenes, el más conocido y documentado es, sin la menor duda, su utilización en relación con el discurso religioso. De por sí, según la mayoría de los especialistas, la necesidad de plasmar un más allá o de poder contar con la presencia de determinados campos visuales a la hora de realizar ciertos rituales ha sido la razón de ser de lo que se ha venido a llamar «arte», posteriormente. Pero otros usos muy peculiares han sido contemplados también a lo largo de la historia de la humanidad.

 

Al respecto, cabe recordar que Aristóteles (384 a.C. - 322 a.C.), hijo del médico Nicomaquea, introduce en la Poética la noción de katharsis, una noción que toma prestada precisamente del vocabulario médico y que remite a un proceso de «depuración» o «purga». En este texto, incompleto por estar constituido por fragmentos acomodados post mortem, no queda muy explícito el proceso; solamente se menciona que algunos afectos molestos para el ser humano pueden llegar a transformarse en su contrario por medio de katharsis, al presenciar un espectáculo trágico.

 

En otro texto, la Política, en el capítulo VIII, y en relación esta vez con la educación musical de los adolescentes, Aristóteles hace referencia a la calma que las personas pueden experimentar después de haber escuchado ciertos cantos sagrados, que incentivan en ellas el proceso de katharsis; en este caso, según el antiguo filósofo griego, al escuchar un determinado tipo de música conformada por melodías que se parecen a los estados interiores de ánimo que padece quien escucha, se «descargan» los malos humores que afectan a la persona y se resuelve el padecimiento.

 

Sin embargo, algunos siglos después, uno de los géneros de producción plástica que ha gozado de una aceptación realmente extraordinario en el ámbito occidental, la pintura, se atribuyó funciones similares a las que glosaba Aristóteles en relación con la tragedia o la música sagrada. En este sentido, resulta absolutamente paradigmática la fama alcanzada por las pinturas del retablo del hospital asentado en el pueblo alsaciano de Isenheim, Francia, atendido en su momento por miembros de la orden de los Hermanos Hospitalarios de San Antonio. Aquella congregación católica, fundada en el siglo XI, tenía como principal objetivo cuidar a los enfermos de ergotismo o fuego de San Antón. Es uno de sus miembros, el italiano Guido Guerci, quien tomó la iniciativa de solicitar en el siglo XVI a M. Grünewald, contemporáneo de A. Dürer, la realización de una obra por medio de la cual los enfermos pudieran encontrar un alivio a sus sufrimientos al compararlos con el sufrimiento de Cristo en la cruz. En el centro del políptico que se entregó al hospital, destaca la pintura de la Crucifixión, la cual, rompiendo con todos los códigos de representación de su época, muestra por medio de un crudo realismo no solamente las huellas de tortura que marcaron el cuerpo de Cristo, sino su terrible agonía. No resulta difícil imaginar el impacto producido sobre los enfermos a la hora de abrirse de repente el políptico y presenciar la imagen de este gigantesco Cristo de labios azules y piel herida de color verduzco, desencadenando probablemente la tan anhelada katharsis.

 

Si bien, desde un punto de vista estrechamente occidental, puede sorprender que una pintura de tono religioso pueda activarse también desde una aprehensión terapéutica o médica, esta situación resulta más común de lo que también se pensaba en un principio en el ámbito mesoamericano. Definitivamente, al dejar de lado el par de lentes que solamente filtra lo bello o lo feo de los cuerpos o seres representados, otro tipo de realidad aparece. En un primer momento, son las fuentes coloniales tempranas que abren las puertas al conocimiento de los ancestrales remedios indígenas, entre las cuales cabe mencionar no solamente el famoso Códice Florentino de Fray Bernardino de Sahagún, sino también el extraordinario Libellus de Medicinalibus Indorum Herbis1 con los dibujos a color de más de ciento cincuenta plantas medicinales autóctonas, sin excluir la Historia Natural de la Nueva España que, entre muchas otras cosas da testimonio de la elaboración de ciertos brebajes con animales ponzoñosos requeridos en determinados ritos.

 

En el área maya, es el Ritual de los Bacabes2 o los libros del Chilam Balam, entre otros, que han permitido acercarse a los recursos terapéuticos de los sistemas médicos indígenas y dar fe, por ejemplo, de los usos de distintos tipos de artrópodos, en particular insectos, así como de los productos extraídos de ellos por sus propiedades inmunológicas, analgésicas, antibacteriales, diuréticas, anestésicas y antireumáticas. La importancia de estos animales permite entender por qué hasta en contextos rituales se encontraron imágenes suyas, caso de los excéntricos de pedernal en forma de alacranes depositados como ofrendas, en la Plaza Mayor de la antigua ciudad de Dos Pilas, en el Petén Guatemalteco, durante el periodo clásico tardío.

 

Si bien falta mucho todavía por saber, lo mencionado en los antiguos documentos, junto con la meticulosa observación de las peculiaridades existentes en la representación de ciertas figuras que hacen directa o indirectamente referencia a algunas deidades, ha facilitado la asociación de dichas representaciones con enfermedades, lo que sucede en particular entre Tláloc, las deidades del agua y el cuerpo ascítico. Muchas antiguas vasijas, eventualmente figurillas, que representan a Tláloc u otros seres relacionados con él, por sus formas, sugieren estar llenas de líquido, lo que no ha de sorprender, ya que estos personajes divinos son quienes controlan la distribución de este líquido precioso y el cuerpo ascítico, precisamente, se entiende de manera simbólica como un recipiente lleno de agua. Dicho en otros términos: los seres humanos se transforman en vivas manifestaciones del poder de las divinidades, sea por las enfermedades que padecen o por la muerte que sufren.

 

En el caso particular de Tláloc, los muertos en relación con el agua iban a una morada muy particular: el Tlalocan, del que se piensa que una de sus representaciones ejemplares está en los murales de Tepantitla, Teotihuacán. Investigaciones recientes han sugerido que el lugar, tradicionalmente leído como «palacio» de un personaje de alto rango, más bien cumplía la función de hospital y que, por ende, un muy preciso análisis iconográfico de una parte de los murales que se han logrado conservar, permite observar y documentar prácticas de curación, lo que las pinturas de acceso al cuarto oeste dejan muy en claro. Esta lectura se apoya también sobre las pinturas de un friso de plantas, sin la menor duda medicinales, que están en el mismo espacio y recuerdan imágenes del Códice Badiano. Dentro de este contexto, se ha sugerido que la pintura principal, la del Señor de la lluvia, pudo haber funcionado como una especie de psicoterapia para el enfermo atendido en este lugar, al presentarle la felicidad que lo esperaba en el Tlalocan, rodeado de mariposas y flores.

 

No cabe duda que, con base en las nuevas investigaciones que se vienen realizando, queda demostrado que las diferentes comunidades humanas han asignado a «arte» papeles sociales importantes, radicalmente diferentes a la visión de la modernidad occidental, estrechamente relacionadas con el gusto caprichoso de la élite en el poder. Pero a la hora de reemplazarse la significación de «arte», urge que el público de aquellas obras sepa también reajustar su mirada y su entendimiento de la misma.

 


1  El Librito de las Hierbas Medicinales de los Indios, conocido también como Códice Badiano, fue elaborado para mostrar al rey de España los conocimientos de los alumnos del Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco en la Ciudad de México. Esa es la razón por la cual los directivos del colegio decidieron llamar al médico indígena, Martín de la Cruz, para que contara en náhuatl a los alumnos del colegio, lo que sabía de hierbas medicinales. Juan Badiano, uno de los alumnos, fue encargado de traducir la información recaudada al latín. A otros alumnos se les pidió realizar los dibujos de las plantas.

2  Es copia de un códice del siglo VII, reescrito a finales del siglo XVI en caracteres latinos y encontrado en Nunkiki, Yucatán.

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