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23.08.2018

La impostura, un mal del arte contemporáneo  

Mtro. Carlos-Blas Galindo Mendoza

Ilustración: Jorge Alcántara 2018
Fotografía: Erika Rascón

Desde el comienzo de la década de los 80 del siglo pasado, y con mayor intensidad en estos primeros años de la actual centuria, se han incrementado los casos de gente impostora en el ámbito de las artes plásticas, visuales y conceptuales. Este fenómeno cuenta con diversos antecedentes, pues desde hace mucho tiempo han existido seudoartistas, es decir, personas que afirman ser artistas y que incluso utilizan, para elaborar sus productos, soportes y materiales para uso artístico pero que -por no contribuir con sus obras al desarrollo de la cultura, dado que no proponen innovaciones (ni siquiera variantes de poca monta)- no pueden ser consideradas como artistas.

 

Sin desestimar esos antecedentes, el mal de la impostura parece ser específico del arte contemporáneo. Quienes ejercemos la crítica de las artes tenemos, entre nuestras obligaciones, la de detectar y resaltar la labor de quienes impulsan el desarrollo cultural. Asimismo nos compete asumir, como una función importante de nuestro quehacer, la de desenmascarar a quienes queriendo hacerse pasar por artistas carecen de la capacidad, del interés o de ambos requisitos para hacer aportes al interior de la esfera cultural. De manera semejante, quienes nos ocupamos de la teoría, la investigación y la historia de nuestra especialidad debemos estar atentos para detectar y denunciar casos de personas farsantes.

 

Como desde sus imposturas estas personas no innovan, tienden a elaborar productos que resultan complacientes ante los gustos que se hallan más extendidos entre los públicos mayoritarios (es decir, aquellos sectores de la población que, independientemente de sus niveles de ingreso monetario o de su formación académica, no cuentan con información especializada ni actualizada respecto a lo artístico), por lo que suelen conseguir tanto un alto número de ventas como incrementos en los precios de sus piezas, así como cierta fama pasajera en algunos círculos. Es por esto último que se hacen pasar por artistas: porque, siendo farsantes, ganan dinero y obtienen algún reconocimiento.

 

Como casi siempre, son evidenciadas a tiempo (otras veces sólo son ignoradas). Estas personas rara vez son admitidas en los cenáculos artísticos, de ahí que organicen sus propios reductos, cuenten con sus propios corifeos y hasta convoquen a sus propios certámenes. Y aunque tal situación parece no resultar preocupante en demasía, puesto que esa gente impostora no es mencionada en las publicaciones profesionales sobre las artes y no les es reconocido el rango de artistas por parte de quienes nos dedicamos a la crítica, la teoría, la investigación artística o la historia del arte, lo cierto es que dicho fenómeno sí genera confusión, precisamente, entre los públicos mayoritarios.

 

En la actual fase del arte, la cual es denominada como posmoderna o, mejor, como posvanguardista, priva un relativismo en lo concerniente a qué conjunto de obras cuentan con el consenso suficiente como para ser tenidas por artísticas. Y esta situación propicia la impostura dentro del campo de las artes. Aunado a lo anterior, el cinismo (tan de suyo posvanguardista) que caracteriza a muchas de las personas que son responsables de la producción, valoración y difusión de productos culturales en la actual etapa histórica, propicia que la simulación campee aparentemente sin obstáculos.

 

Si la impostura cultural no siempre resulta denunciada en las etapas iniciales de las trayectorias de quienes la practican es porque, como se sabe, quienes ejercemos la crítica no les prestamos atención a los casos de personas farsantes −incluso sabiendo de su existencia−, sino que preferimos evaluar con entusiasmo los aportes de quienes verdaderamente son artistas. Amén de lo anterior, el ejercicio de la crítica en México se ha visto reducido en la presente centuria; en los medios periodísticos impresos llamados «de circulación nacional» (es decir, en los que tienen sus sedes en la Ciudad de México), las secciones culturales han sido mutiladas y hasta suprimidas, en tanto que en varias entidades federativas -fuera de la capital del país- la preparación de quienes cubren la fuente cultural es deficiente y, en muchos de esos estados, no hay quien publique textos críticos sobre el quehacer artístico local*.

Además, nuestro quehacer no puede ser equiparado al policial o al de inspección. No se encuentra entre nuestras funciones como gente dedicada a la crítica el recorrer consultorios médicos o dentales, por ejemplo, colocando bandas de clausura a cuanto cuadro, reproducción u obra tridimensional obsequiada por laboratorios farmacéuticos o por familiares de pacientes detectemos como seudoartísticas. Ni tampoco nos corresponde apostarnos en los accesos de hospitales o consultorios para impedir que ingresen regalos o adquisiciones que no cuenten con el rango de artísticos (entre otras razones, porque tales sitios no son galerías ni museos, sitios en los que nunca cabría que nos condujéramos así). La censura no es ni jamás podrá ser una solución para los asuntos de la cultura. La apreciación de aquello que realmente es artístico será posible años después de que hayan sido restituidos, en todos los grados de la educación, contenidos de cultura artística (a la par de los de cultura tecnológica y cultura científica).

 

El de la impostura, pues, resulta hoy en día un mal creciente en el ámbito de las artes. No nos encontramos ante la lectura de una novela de misterio, pero este hecho hace que nos preguntemos a quién beneficia tan alto grado de confusión. Sin duda, uno de los paradigmas en los que es sustentado el arte contemporáneo, que es el predominante en el contexto de la globalidad geopolítica (es decir, el del mainstream), es el de su carácter autonegador. No se trata de una renuncia ante el pasado academicista, como fue el caso del arte fin-de-siglo (el de las postrimerías del XIX), ni tampoco se trata de una rebeldía ante los conceptos imperantes sobre la artisticidad, como fue el caso de quienes participaron en las vanguardias de la primera mitad de la pasada centuria, pues ambas posturas derivaron en importantes impulsos al desarrollo de la cultura artística. Se trata de una autoaniquilación que pudiera desembocar en el fin del arte, tal y como lo conocemos hasta ahora**.

 

La rampante impostura tiene la función de participar en el mantenimiento del statu quo; de ese actual estado de cosas que favorece que les sean indebidamente conferidos rangos de artisticidad a productos que, aun careciendo de innovaciones, les resultan de utilidad a quienes controlan el mainstream para no desmantelar el actual pragmatismo y continuar dotando al mercado, por la vía de las galerías y las ferias de arte, del privilegio de definir qué se expende como arte.

 

Confío en los efectos de la crítica para desmantelar este mal posvanguardista que es el de la impostura. Si bien es cierto que las personas que fingen ser artistas no trascenderán, la confusión que generan entre los públicos mayoritarios es adversa al desarrollo cultural. Al parecer, en México existe un renovado interés por la crítica de las artes plásticas, visuales y conceptuales. Por ejemplo: de los apoyos concedidos este 2018 por el Patronato de Arte Contemporáneo, A.C. (organismo privado del todo afín al mainstream), cuatro corresponden a la actividad escritural sobre las artes y otro a la investigación artística. De esos cuatro, uno beneficiará la formación de periodistas de cultura, en tanto que dos se destinarán a subsidiar proyectos sobre crítica de arte. Y aun cuando en la información disponible no se especifica cuáles son los marcos teóricos conceptuales de las actividades becadas (salvo en un caso, en el que se menciona la hermenéutica, pero sin profundizar al respecto), a juzgar por las filias de las personas o instituciones beneficiarias, estos marcos no son contrapuestos al mainstream.

 

Empero, cualquier ejercicio crítico será benéfico en el combate a la impostura***. De manera semejante como ocurre con la crítica, quienes nos dedicamos a teorizar sobre lo artístico, así como a investigar y a historiar sobre los resultados de la producción, distribución y consumo de las artes, estamos obligados velar −junto con las demás personas que forman parte de nuestro ámbito cultural− por la prevalencia de la verdad y la honestidad en nuestras artes. Pero, asimismo y por el bien del desarrollo cultural, debemos asumir el compromiso de señalar a quienes son farsantes.

 

 

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* Es mi caso. Vivo en la ciudad de Chihuahua y colaboro para numerosas publicaciones;

sin embargo, no existe en los medios locales un espacio en el que pueda referirme,

con remuneración, a lo que acontece en la escena cultural chihuahuense.

** Véase, al respecto, mi colaboración para Serendipia en tres entregas,

intitulada El arte ante una encrucijada.

*** También existe gente impostora en el ámbito de la crítica. Es fácil detectarla: basta con comprobar si cuenta o no con una metodología para ejercer su quehacer. La mía es pública y puede ser descargada de manera gratuita en http://www.cenidiap.net/j/es/biblioteca-digital?id=245

                           El arte ante una encrucijada III

Mtro. Carlos-Blas Galindo Mendoza

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