2.05.2020

Cuatro problemáticas de la crítica de arte en México

Parte I 

Mtro. Carlos-Blas Galindo Mendoza

Sí, pero ¿es arte? Fotografía: Jorge Alcántara 2020
Fotografía: Erika Rascón

Cuando Raquel Tibol (1923-2015) llegó a México, en nuestro país la vanguardia nacionalista era el arte oficial, mientras que el arte emergente era el de la primera generación neovanguardista; ella, con gran interés y profesionalismo, se ocupó de abordar numerosos casos ubicables en ambas vertientes.

 

En los años 70 del siglo XX, vivió el auge de la segunda generación de quienes se afiliaron a las neovanguardias e impulsó el ejercicio de esos lenguajes. A partir de la década de los 80 de esa centuria, dio testimonio puntual y entusiasta de la práctica de los postvanguardismos. Tibol fue capaz de proponer lecturas originales acerca de la producción surgida en esos tres periodos de la historia del arte, así como de las obras de artistas que vivieron y trabajaron durante la segunda mitad del siglo XIX.

 

Sin duda, quienes participamos como ponentes en este encuentro contamos con la formación suficiente como para aproximarnos a piezas artísticas del fin del siglo XIX, a las surgidas en el XX y a aquellas otras que han sido producidas en lo que va de esta centuria; sin embargo, uno de los problemas de la crítica de arte en la actualidad lo es la hiperespecialización de muchas de las personas que -al menos desde los 90 del siglo pasado y hasta tiempos recientes- han abrazado este quehacer. Afirmo lo anterior con base en mi experiencia al dialogar con colegas en extremo jóvenes, así como en comentarios que me ha hecho un muy querido jefe de sección de cultura de la prensa impresa, quien ahora es responsable de la información cultural de la agencia de noticias del estado mexicano Notimex: el periodista Víctor Roura.

 

En 2004 comencé mi primer periodo como director del Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de Artes Plásticas del INBAL; a partir de entonces y hasta que concluí mi segundo ciclo en la dirección de ese Centro, en 2012, colaboré muy esporádicamente en la sección cultural del periódico El Financiero, donde había comenzado a publicar en 1988. Según me relató Roura -quien había fundado esa sección-, durante mi relativa ausencia y a pesar de que mi colega Luz María Sepúlveda se había hecho cargo de la columna de crítica de arte, se acercaron a él varias personas que tenían la intención de ejercer la profesión crítica en las páginas de El Financiero; cuando él les mencionó la conveniencia de que fueran capaces de escribir acerca de la obra de artistas de cualesquiera de las etapas de las artes del siglo XX, le respondieron que, de convertirse en colaboradoras del periódico, solamente se ocuparían de la producción de artistas de la generación de la cual forman parte.

 

Algo semejante ocurrió el año pasado, cuando falleció la muralista Rina Lazo; Víctor Roura -ya como encargado del área de cultura de Notimex- no consiguió que alguna persona, de entre quienes desde hace poco ejercen la crítica, realizara una valoración de los aportes de esa artista, más allá de la información curricular que era asequible, por lo que me correspondió el honor de hacerlo. Ante esta realidad, cabe aclarar que no se trata -o no en todos los casos- de una carencia formativa por parte de las generaciones más jóvenes que se ocupan de ejercer la crítica, sino de un desmedido interés de su parte por unas vertientes artísticas y un consecuente desinterés por otras. La hiperespecialización de la crítica, entonces, es un problema que hoy en día aqueja a nuestra profesión, inconveniente que nunca agobió a Raquel Tibol y que no fue notorio en la época en la que ella ejerció el quehacer crítico.

 

Otra problemática que en la actualidad aqueja a la crítica de arte es el hecho de que a su función de valorar las obras artísticas se le reconozca una importancia menor que la que tuvo mientras Tibol la practicó. Esto se debe, entre otras causas, al incremento de la importancia que se le concede a la labor curatorial en el ámbito artístico, así como al papel canónico con el que han sido dotadas las ferias de arte en el contexto global.

 

Desde principios del siglo pasado y hasta finales de la década de los 70 de aquella centuria, a quienes organizábamos o coordinábamos exposiciones no se nos denominaba curadoras o curadores, según fuera el caso. Cuando viajábamos estando a cargo de una exposición o bien custodiando obras artísticas, se decía que fungíamos como comisarias o comisarios. Con la etapa postvanguardista de la historia del arte -que es la presente- surge la necesidad de legitimar aquella producción que se ajusta a la normatividad del mainstream; tanto del global como de sus versiones locales. Entre los efectos colaterales de que la legitimación le haya sido asignada de manera preeminente a la curaduría, se encuentra la disminución del poder de la crítica en la puesta en valor de las obras de arte.

 

Asimismo, durante buena parte del siglo anterior, los grandes escaparates para las artes lo eran tanto los salones nacionales como los certámenes domésticos prestigiados. En el ámbito internacional, básicamente las grandes bienales. A partir de los recientes años 80, de manera paulatina han proliferado bienales internacionales, con lo que la función normativa de las primigenias se ha visto minimizada. Sobre todo, a últimas fechas, es a las ferias de arte a las que se les ha asignado el papel de determinar el canon artístico. Toda vez que las ferias han sido instituidas y son convocadas por quienes fungen como galeristas, su utilidad canónica va de la mano con la mercantil: en las ferias se exhibe aquello que es susceptible de ser vendido, así como lo que se quiere que sea aceptado como vendible y adquirible.

 

A Raquel Tibol le correspondió organizar y coordinar numerosas exposiciones, por lo que a esta faceta de su labor se le puede considerar como curatorial, sobre todo, a aquella que ejerció desde que el concepto de curaduría tuvo un uso más extendido. Presenció el surgimiento de ferias de arte como la pionera en nuestro país que tuvo su sede en la ciudad de Guadalajara. Empero, su preeminencia como crítica de arte no resultó afectada negativamente por el apogeo curatorial que le correspondió presenciar, ni tampoco por el papel canónico que, al final de su vida, el mercado del arte ejerció ya sin disimulos en las ferias.

 

Por supuesto que no tengo una postura añorante con relación al pasado histórico ni tampoco tengo alguna repulsa con referencia a lo que actualmente acontece en el campo artístico. Si considero como problemática la disminución de la influencia de la crítica en la valoración de las obras de arte es para arengar a quienes formamos parte de este gremio, a fin de que tengamos muy en cuenta este cambio de circunstancias.

 

La crítica tiene, hoy en día, un problema más: la falta de cohesión gremial, lo cual deriva en una escasa, si no es que nula, solidaridad entre pares. Tibol no requirió saberse integrante de una cofradía para practicar la crítica de arte e, incluso, en algún momento boicoteó cierta iniciativa cohesionadora, aunque sí padeció desaires por parte de integrantes del gremio. Quienes ejercemos la crítica de arte lo hacemos de manera solitaria, pues nos encontramos dispersos. La sección nacional mexicana de la Asociación Internacional de Críticos de Arte (AICA) no cuenta más con el prestigio internacional que, en la segunda mitad del siglo XX, consiguió darle Jorge Juan Crespo de la Serna, ni con la utilidad local que tuvo mientras la presidió Berta Taracena.

 

AICA-México estuvo inactiva durante varios años. Apoyé a Hugo Covantes en dos de las ocasiones en las que intentó reactivarla e ingresé a esa sección en 2006, a la que renuncié en 2010, el mismo día que lo hicieron mis respetables colegas Irene Herner e Ingrid Suckaer. Según se lee en su entrada en Wikipedia, AICA-México afilia a 25 personas (de las cuales, al menos la tesorera, no practica la crítica y espero que sí ejerza lo administrativo). Debido a nuestra falta de cohesión como gremio, no existe un censo nacional de quienes nos ocupamos de la crítica de arte; sin embargo, no es difícil imaginar que superamos el número de 25.

 

 

  1Participé con este escrito en el Encuentro Raquel Tibol: confrontaciones. Problemas de la crítica de arte a propósito del trabajo de Raquel Tibol, efectuado el 26 y el 27 de febrero de 2020, en el Museo Universitario Arte Contemporáneo de la UNAM. Lo intitulé Datos duros y aforismos, elementos recurrentes en los textos críticos de Raquel Tibol. Esta reunión académica fue organizada por Nora Satanowsky Rabinovich -hija de Tibol- y por Daniel Montero Fayad -investigador en el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM.

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