14.08.2020

Cuatro problemáticas de la crítica de arte en México

Parte II 

Participé con este escrito en el encuentro Raquel Tibol: confrontaciones. Problemas de la crítica de arte a propósito del trabajo de Raquel Tibol, que se efectuó el 26 y el 27 de febrero de 2020 en el Museo Universitario Arte Contemporáneo de la UNAM. Lo intitulé Datos duros y aforismos, elementos recurrentes en los textos críticos de Raquel Tibol. Esta reunión académica fue organizada por Nora Satanowsky Rabinovich -hija de Tibol- y por Daniel Montero Fayad -investigador en el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM-.

Mtro. Carlos-Blas Galindo Mendoza

OxxArte. Jorge Alcántara 2020
Fotografía: Erika Rascón

Continuando con el abordaje a la falta de cohesión gremial como una problemática de la crítica de arte en nuestro país, no cuento con información respecto a si Raquel Tibol fue invitada o no a formar parte de la sección mexicana de la Asociación Internacional de Críticos de Arte (AICA), o si solicitó o no su ingreso a esta sección, a la de otro país o a la internacional. Lo que sí puedo afirmar es que, en los pasados años 90 y al advertir tanto la falta de cohesión del gremio como la inactividad de la AICA nacional, un grupo de gente de la crítica y el periodismo de cultura quisimos organizar una agrupación independiente desde la cual pudiéramos respaldarnos en lo laboral.

 

Pretendíamos defendernos de la tardanza en los pagos e, incluso, de su escatima dolosa, tanto en publicaciones locales como en las de algunos otros países. Aspirábamos a establecer tarifas mínimas para tasar los emolumentos por nuestro quehacer: los precios por cuartilla de textos para catálogos de exposiciones o cédulas de sala; los alusivos al cobro por nuestras intervenciones en aperturas de exposiciones y en presentaciones de libros o catálogos; los cargos derivados por participar en mesas de debate, mesas redondas o conversatorios, ya fuera moderando o interviniendo; las cotizaciones para nuestras ponencias en simposios o congresos; e igualmente nuestros pagos como conferenciantes o como docentes. Queríamos comprometernos a establecer un código de conducta, a respetarlo y a vigilar su observancia.

 

En aquella iniciativa trabajamos Santiago Espinosa de los Monteros, Mónica Mayer, Luis Rius Caso, Perla Schwartz Shkoorman, José Manuel Springer, entre otras personas. En algún momento, nos acercamos a quienes formaban parte de generaciones anteriores a la nuestra y se dedicaban a la crítica con la intención de conseguir su respaldo; entre éstas Raquel Tibol y Jorge Alberto Manrique, de quienes no conseguimos apoyo, pues argumentaron que no regirían sus percepciones con base en nuestras reducidas tarifas. Contraargumentamos aludiendo que serían los montos mínimos por exigir, mas no precios obligatorios. Pero ni aun así logramos su venia.

 

A la postre, aquel intento por organizarnos no prosperó. Tibol y Manrique, por igual, se comportaron de manera muy solidaria con colegas de edades menores a la suya en otras oportunidades, encomendándonos trabajos, recomendándonos para que escribiéramos algún texto (un libro, inclusive) e invitándonos a colaborar con ellos en más de un proyecto. Raquel padeció falta de apoyo por parte de pares suyos, como cuando en más de una ocasión fue propuesta para que ingresara como académica de número a la Academia de Artes, para lo cual su candidatura nunca alcanzó el número necesario de votos favorables (como tampoco, por cierto, hasta ahora Alberto Híjar Serrano, Leticia López Orozco ni Luis Rius Caso han conseguido la mayoría calificada de las dos terceras partes de quienes conformamos las siete secciones de la Academia, mayoría que es indispensable para la admisión en este organismo), mismo número de votos que Manrique sí obtuvo.

 

Otra de las problemáticas que hoy afronta la crítica de arte es la falta de metodologías específicas publicadas, con base en las cuales sus practicantes divulguemos cómo es que normamos el ejercicio cotidiano de nuestro quehacer profesional. Existe, desde luego, una pluralidad de marcos teóricos al respecto. Hay quienes ejercen la crítica desde la hermenéutica, desde el marxismo, desde el poscolonialismo, desde la semiótica, desde la sociología del arte, o bien a partir de los estudios culturales, el feminismo, la historia del arte, la iconología, la teoría crítica o las teorías psicoanalíticas, entre otros corpus tenidos como estratégicos, o desde ciertas combinatorias de algunas de estas opciones o de otras más.

 

También se cuenta con importantes reflexiones realizadas desde el contexto mexicano acerca de la función de la crítica de arte, como las de Juan Acha (en un volumen que tuve el privilegio de prologar),1 Pablo Helguera,2 Daniel Montero Fayad (investigación que está en curso) o Armando Torres Michúa (en un trabajo en el que, además de exponer sus ideas, cita los conceptos de otras personas sobre el tema),3 así como como una importante antología de textos críticos del siglo antepasado, compilados por Ida Rodríguez Prampolini.4

 

Lo que no hemos difundido son los marcos conceptuales o pasos tácticos a los que recurrimos para ejercer nuestra profesión. Si lo hiciéramos, evidenciaríamos a la gente impostora que afirma formar parte del gremio sin serlo realmente,5 aun cuando esa consecuencia que pudiera derivarse de que publicáramos nuestros métodos particulares en rigor, no habría de preocuparnos, como a Raquel Tibol jamás la intranquilizó el que, mientras que ella asumía con sumo rigor su trabajo, un individuo que firmaba como Alfonso de Neuvillate y Ortiz haya publicado, en la prensa impresa y en catálogos de exposiciones, textos en los que evidenciaba su poca solvencia tanto teórica como escritural.

 

Hasta donde parece y hasta el momento, soy el único crítico de mi generación que ha publicado el método que utiliza para hacer su trabajo.6 Antes de proponerlo en 1988, me di a la tarea de ubicar -en críticas de mis colegas- aquellos rubros que empleaban con regularidad. Desde entonces detecté que destacaban como elementos recurrentes en los textos críticos de Raquel Tibol, las enumeraciones precisas y extensas de cifras objetivas, así como unas breves y contundentes aseveraciones. Su afán por dar constancia de datos duros en la parte de sus escritos correspondientes a la crónica o a la reseña se explica por el gran respeto que ella le profesó al trabajo documental en los procesos de investigación artística. Sus aforismos, en cambio, son pruebas irrefutables no sólo de su enorme sapiencia en cuestiones artísticas y de otras disciplinas, sino también de su gran agilidad mental, de sus muy cultivadas capacidades reflexivas, así como de su vehemencia y exaltación ante no pocos ejemplos artísticos.

 

Cabe al respecto recordar una ocasión en la que Tibol causó involuntariamente daño -de carácter transitorio, por fortuna- con uno de sus apasionados aforismos. En 1981 se realizó el primer Encuentro Nacional de Arte Joven, en la ciudad de Aguascalientes, certamen con el que se sustituyó al ya para entonces anquilosado Concurso Nacional para Estudiantes de Artes Plásticas que había sido fundado en 1966. En la redacción de la convocatoria para este certamen habíamos participado Raquel Tibol, Hilda Campillo (artista y promotora cultural que falleció el pasado mes de noviembre) y el autor de estas líneas. Integraron el jurado Carlos Aguirre, Jorge Hernández Campos, Francisco Icaza, Miguel Suazo y la propia Tibol. Las deliberaciones duraron cinco días, al cabo de los cuales fueron premiadas las obras de cuatro mujeres y un hombre. La exposición resultante fue inaugurada el 19 de abril de aquel año y, para el día 25, en su colaboración para la revista semanal Proceso, Raquel se refería a la obra de una de las artistas galardonadas, Flor Minor Arriaga (quien entonces tenía 20 años de edad), afirmando que era: «…de fuerza comparable a la de [José Clemente] Orozco en su compleja elaboración de un realismo cargado de coraje simbólico».7 Tan concluyente aseveración le causó a Flor Minor un pasmo creativo que tuvo una duración de cuatro años, al cabo de los cuales retomó su exitosa carrera, la cual continúa hasta el presente.

 

Si bien es cierto que Raquel Tibol reflexionó acerca del papel de la crítica, como Ana Torres lo menciona en su participación en este encuentro, no consideró indispensable publicar su método de trabajo, salvo en el caso de la fotografía, como bien lo ha señalado Ernesto Peñaloza.8 A mí me parece que, quienes ejercemos la labor crítica, debiéramos hacer públicas nuestras metodologías. Asimismo considero que a la crítica de arte que se hace en México, hoy en día, le hace falta apasionamiento. Mucho apasionamiento.

¿Seremos capaces de dárselo?

1  Juan Acha, Crítica del arte. Teoría y práctica, pról. de Carlos-Blas Galindo, México, Trillas, 1992.

2  Pablo Helguera, Manual de estilo del arte contemporáneo, México, Tumbona, 2005.

3  Armando Torres Michúa, «La crítica de arte», Revista de la Escuela Nacional de Artes Plásticas, núm. 9, México, octubre de 1989, p. 29-40.

4  Ida Rodríguez Prampolini, La crítica de arte en México en el siglo XIX, México, UNAM, 1964, 3 vol.

5  Véase al respecto mi colaboración para Serendipia intitulada La impostura, un mal del arte contemporáneo.

6  Carlos-Blas Galindo, Elementos estéticos, temáticos y artísticos: un método para la crítica de las artes visuales. México, Instituto Nacional de Bellas Artes, Cenidiap-Centro Nacional de las Artes-Estampa, 2005. Disponible en: <http://cenidiap.net/biblioteca/abrevian/1abrev-carlosblasgalindo.pdf>, consulta: 21 de marzo, 2020.

7  Raquel Tibol, «Arte Joven: primer Encuentro», Proceso, 25 de abril de 1981, <https://www.proceso.com.mx/130929/arte-joven-primer-encuentro>, consulta: 21 de marzo, 2020.

8  En su trabajo Raquel Tibol y la fotografía en México, Ernesto Peñaloza se refiere a la ponencia que Tibol presentó en el primer Coloquio Latinoamericano de Fotografía, efectuado en 1978, escrito en el que propuso un modelo metodológico para aproximarse a la fotografía. Asimismo hace alusión a las réplicas que tuvo aquella ponencia.

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