TIERRA DEL ZORRO Y EL ERIZO

21.01.2026

El suelo, más allá de la «tierra» de tus macetas

Fotografía: Julieta Espinosa 2025

Dr. Eduardo Becerra Torres

Fotografía: Dr. Eduardo Becerra Torres

Un buen día de jardinería siempre nos llevará a buscar la mejor oferta de «tierra»: negra, con grava, enriquecida; en fin, las opciones son vastas, pero ¿sabes que este material tiene por nombre «suelo»? Es curioso que este material, con el cual llenamos jardines y macetas, comparta el nombre con nuestro planeta, mas no hay nada en común entre la Tierra y la tierra (suelo), sólo es un mal empleo de las palabras.

 

Resulta que esta «tierra», que de ahora en adelante nombraremos «suelo», es un poderoso cuerpo sistémico, un planeta a menor escala, donde se relacionan todas las esferas terrestres -atmósfera, geósfera, biósfera, hidrósfera y antropósfera-. De acuerdo con el Programa Universitario de Estudios Interdisciplinarios del Suelo (PUEIS), es un recurso natural que comprende toda la capa más superficial del planeta. El suelo está formado por minerales, agua, aire, materia orgánica y organismos vivos.

 

Esta definición es tan amplia que nos lleva a pensar que todo aquello que puede pisar nuestros pies en el planeta es suelo y no estamos equivocados al pensar así. Los suelos son un reactor planetario; en él y gracias a él ocurren múltiples reacciones que permiten mantener un gran número de procesos que, sin ellos, la vida en la Tierra no sería como la conocemos o, quizá, ni siquiera sería.

 

A manera de ejemplo, el suelo mantiene los sistemas hídricos subterráneos; ayuda a la regulación del clima local, regional y global; es la base de la producción agrícola; y determina la naturaleza estructural para la construcción de infraestructura. El suelo, tan sencillo que se puede ver en una maceta, es profundamente complejo.

 

Este recurso amplio, interesante y muy importante, ha requerido una ciencia propia, conocida como edafología, la cual permite clasificar, conocer y entender todo el recurso que está debajo de nuestros pies. Antes de detallar los beneficios del suelo para nuestras plantas y para la humanidad, hagamos un breve recorrido por las bases de las ciencias del suelo.

 

La edafología establece que el mecanismo formador de suelo es la degradación física y química de las rocas, conocida como intemperismo. Esta primera apertura de los sistemas rocosos al agua y a la atmósfera estimula la actividad de organismos vivos y sus reacciones orgánicas asociadas, generando suelos más gruesos, profundos y complejos.

 

Entender los suelos para conocer todos sus beneficios y contribuciones al planeta requiere visualizar sistémicamente múltiples variables, por ejemplo:

 

  • Condiciones climáticas: mayor temperatura combinada con precipitación permite que las reacciones que degradan la roca sean más intensas y rápidas, produciendo mayor cantidad de sedimentos, base para los suelos.

 

  • Materiales rocosos parentales: No todas las rocas son iguales y, en ese sentido, hay algunas que se degradan más fácilmente que otras. También hay algunos minerales que las conforman, que son más fáciles de romperse en iones, disolverse y formar nuevos materiales sólidos que forman el suelo.

 

  • Topografía: La altura y pendiente del terreno donde se acumula el sedimento que forma el suelo es importante. Sitios con alguna depresión de terreno favorecen la acumulación y estimulan el desarrollo de suelo.

 

  • Actividad biológica: Sedimentos, iones libres, clima favorable y topografía adecuada estimulan el incremento de actividad biológica. Los procesos biológicos, como circulación de bacterias, hongos, plantas e insectos en los sedimentos, primero, construyen espacios con mayor superficie de interacción agua-roca-atmósfera; y segundo, los procesos metabólicos generan subproductos químicos que, al ser excretados, reaccionan con los materiales sólidos, incrementando el intemperismo. En ese sentido, la actividad biológica retroalimenta los mecanismos formadores de suelo.

 

Todas las variables formadoras de suelo presentadas son fundamentales para construir el valioso recurso natural, pero un elemento clave es el tiempo. El tiempo es una dimensión que, para los que nos interesa la Tierra, debemos tener muy clara, sobre todo porque el tiempo en la escala planetaria es muy distinto al tiempo de nuestra escala humana.

 

Pongamos un poco de números para dimensionar la importancia de esta variable. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) ha determinado que para formar un 1 cm de suelo se requieren entre 200 y 400 años, todo en función de las variables antes descritas. Esta escala se vuelve pequeña si la comparamos con los años que se requieren para que un suelo sea fértil; el número es 3000 años.

 

En 2014, la directora de la FAO, Dra. Maria-Helena Semedo, estimó que la humanidad en múltiples sitios está degradando -erosionando- el suelo más rápido que su capacidad de formación, por lo que debemos asumir que el recurso no es renovable y tomar acciones para preservarlo.

 

Para terminar, dedicaré un espacio a describir un poco los procesos en los que el suelo participa y que fundamentan la razón para que hoy debamos hablar más sobre la salud del suelo, la seguridad del suelo y la calidad del suelo:

 

  • Suelo regulador climático: A escala local, el suelo genera espacios propicios para conservar humedad y sostén vegetal; ambos elementos estimulan la reducción del albedo y la disminución de la temperatura. A nivel global, el suelo conserva altas cantidades de materia orgánica, además de nitrógeno y CO₂ en poros y cavidades. Kopittke y colaboradores, en 2024, establecieron que el suelo es el recurso más importante para atender el cambio climático global; por ejemplo, el suelo contiene 1500 miles de millones de toneladas de carbón, esto es más que la cantidad de carbón en la atmósfera y vegetación combinados.

 

  • Suelo y la crisis hídrica: Este recurso permite almacenar cuerpos de agua gracias a su naturaleza porosa y estructurada en capas. Más importante aún, el suelo -apoyado de sus minerales conocidos como arcillas- es un poderoso mecanismo de retención de contaminantes. Esto hace que preservar grandes capas de suelo contribuya a contar con agua disponible y de calidad.

 

El recurso del suelo está en todos los sitios, es la clave de los sistemas agrarios y también es crucial para el resto de las crisis que enfrenta la humanidad. Es un cuerpo activo y ubicuo a lo largo de todo nuestro planeta, sin embargo, aún desconocido u omitido por muchos de nosotros.

 

Esta amplitud del suelo debería hacernos conscientes de que todo aquello que cubrimos, compactamos o vertemos en el suelo está impactando un recurso natural crucial no renovable, que más pronto que tarde podría impactar a cada grano, verdura y fruta que consumimos, hasta cada plantita que adorna nuestra casa. Más importante, el suelo y su pérdida pueden modificar a la Tierra permanentemente, convirtiéndola en un sitio mucho más cruel para vivir de lo que creemos.

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