ECOFEMINISMOS

13.03.2026

«Ya tranquila»: Las formas silenciosas del desplazamiento femenino en la ciencia

Ilustración: Jorge Alcántara 2026

Dra. Ana Gabriela Castañeda Miranda

Fotografía: Dra. Ana Castañeda

Vivimos en una era en la que las niñas crecen sabiendo que pueden ser científicas. Preguntan, cuestionan, participan. En las aulas, levantan la mano con seguridad; en los hogares, desarman juguetes para entender cómo funcionan; en los concursos, destacan por su inteligencia y creatividad. Hoy, más que nunca, las niñas tienen voz.

 

Sin embargo, algo ocurre en el camino.

 

No es un silencio impuesto como en otras épocas, es algo más sutil, más difícil de señalar, más difícil de probar. Es el momento en el que la contribución existe, pero el reconocimiento se desplaza. Es el instante en el que la presencia es evidente, pero el mérito se vuelve difuso. Es cuando una mujer aporta, construye, lidera, transforma y… aun así, se le invita a estar tranquila.

 

«Ya tranquila. Feliz Día de la niña y la mujer en la ciencia» Esa frase, aparentemente amable, revela una estructura cultural profunda. No es una agresión abierta. Es algo más complejo: es la expectativa de que la mujer contribuya, pero no cuestione; que impacte, pero no reclame; que participe, pero no incomode al señalar lo evidente.

 

Quizá uno de los aspectos más complejos -y más dolorosos- es que esta falta de reconocimiento no proviene únicamente de los hombres, también puede surgir entre las mujeres, cuando, después de generaciones de desigualdad normalizada, aprendimos a medir nuestro valor no en función del reconocimiento recibido, sino del impacto silencioso logrado.

 

Se nos enseñó que nuestra mayor recompensa debía ser «haber contribuido», «haber ayudado», «haber dejado huella», aunque nuestro nombre no estuviera presente. Se nos enseñó a sentir satisfacción en el efecto, no en el crédito. Esta forma de adaptación, profundamente humana, permitió a muchas mujeres avanzar en contextos adversos, pero también contribuyó a normalizar el desplazamiento de su reconocimiento. No por falta de mérito, sino por una cultura que convirtió la invisibilidad en virtud y la renuncia al reconocimiento en una forma de dignidad.

 

Este fenómeno no es nuevo. La historia de la ciencia está llena de contribuciones femeninas que sostuvieron descubrimientos transformadores sin recibir el reconocimiento correspondiente. Mileva Marić, física y matemática, trabajó junto a Albert Einstein en los años que precedieron sus publicaciones más revolucionarias. En una carta a su padre, escribió con ilusión que estaban por terminar un trabajo que haría famoso a su esposo. Sus palabras no reflejan resignación, sino algo aún más revelador: la naturalización de un sistema donde contribuir no garantizaba ser reconocida.

No era falta de capacidad. No era falta de participación. Era el reflejo de un sistema que, durante mucho tiempo, no supo ver completamente el valor de las mujeres en la construcción del conocimiento.

 

La astrónoma mexicana Julieta Fierro señaló cómo, incluso, muchos desarrollos tecnológicos fueron diseñados desde una sola perspectiva. Durante años, cinturones de seguridad, chalecos antibalas y protocolos médicos se construyeron tomando como referencia el cuerpo masculino. No fue necesariamente un acto consciente de exclusión, sino el resultado de una ausencia histórica de mujeres en los espacios donde se toman decisiones.

 

La ciencia, como cualquier creación humana, refleja las estructuras de la sociedad que la produce. Hoy, las mujeres están presentes en laboratorios, universidades y centros de investigación. Publican, dirigen proyectos, forman estudiantes, construyen conocimiento; sin embargo, las cifras en ciertas áreas siguen mostrando una brecha persistente. En aulas universitarias de ingeniería, mecatrónica o software, es común encontrar grupos donde la presencia femenina sigue siendo minoritaria. No por falta de talento, sino por una combinación compleja de factores culturales, históricos y sociales que aún estamos en proceso de transformar.

 

A esta realidad se suma un hecho medible, concreto y profundamente revelador: el tiempo. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en México, las mujeres dedican en promedio más de 39 horas semanales al trabajo no remunerado en el hogar, mientras que los hombres dedican alrededor de 15 horas. Esto significa que, además de sus actividades profesionales, las mujeres realizan más del doble de trabajo doméstico.

 

Cuando se suma el trabajo remunerado y el no remunerado, la carga total semanal de las mujeres supera las 67 horas, frente a aproximadamente 58 horas en los hombres. Esta diferencia no es menor. Son horas reales que se traducen en menos tiempo de descanso, menos tiempo de recuperación mental y menos tiempo disponible para la reflexión profunda que exige el pensamiento científico. Aun así, las mujeres producen ciencia, publican, dirigen proyectos y forman nuevas generaciones. No porque tengan más tiempo, sino porque han desarrollado una capacidad extraordinaria para sostener múltiples responsabilidades de manera simultánea.

 

Quizá uno de los aspectos más complejos de este fenómeno es que no siempre se manifiesta de forma evidente. A veces aparece en pequeños gestos, en frases aparentemente inofensivas, en la forma en que se distribuye el reconocimiento, en quién es visible y quién permanece en segundo plano. A veces, incluso, se reproduce de manera inconsciente, porque forma parte de estructuras que han existido durante generaciones.

 

Es importante decirlo con claridad: reconocer esta realidad no busca confrontar, sino evolucionar. La ciencia necesita la inteligencia de las mujeres, no como un acto simbólico, sino como una necesidad real, porque cuando una mujer participa en la ciencia, no sólo aporta conocimiento, aporta nuevas preguntas, nuevas formas de observar y nuevas soluciones. Amplía la mirada colectiva.

 

Las niñas de hoy crecerán en un mundo definido por las decisiones que tomemos ahora. Cada vez que una mujer es reconocida plenamente por su trabajo, se abre una puerta. Cada vez que su contribución es visible, una niña entiende que ese camino también le pertenece.

 

El futuro de la ciencia no depende únicamente del talento que siempre ha existido en hombres y mujeres por igual, depende de nuestra capacidad colectiva de reconocerlo con justicia. La ciencia no pierde cuando una mujer avanza. La ciencia se vuelve más completa. Ha llegado el momento de comprender que el reconocimiento no es un privilegio, es una forma de justicia.

 

 

«Porque el día en que una mujer no tenga que conformarse con contribuir en silencio, la ciencia habrá aprendido finalmente a reconocer toda su verdad».

-Dra. Ana Gabriela Castañeda-Miranda

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