E3: ENERGÍA, ECOLOGÍA, ECONOMÍA

10.02.26

Las razones de la política de «fuerza bruta» de Trump

Dr. Luca Ferrari

Dr. Luca Ferrari

El nuevo año empezó con un acontecimiento geopolítico disruptivo por parte de la administración del presidente Trump. En la madrugada del 3 de enero, mediante una operación rápida, EE.UU. secuestró al presidente de Venezuela Nicolás Maduro y a su esposa, trasladándolos a Nueva York. Esta «extracción» espectacular, digna de una película de Hollywood, no tuvo ninguna baja estadounidense, pero sí decenas de muertos civiles «colaterales» de los bombardeos sobre objetivos militares.

 

Ha circulado la hipótesis de que la operación pudo haber tenido el apoyo de una parte de la élite militar de la propia Venezuela, por lo que el crédito sería más de la CIA que de la Delta Force. Independientemente del cómo se hizo y de la opinión que se pueda tener sobre el régimen bolivariano, en esta contribución analizaremos las posibles razones atrás de esta descarada violación de las normas internacionales.

 

La acción se inserta en una reorientación estratégica de la política exterior estadounidense recién formalizada en la Estrategia de Seguridad Nacional 2025[1], también definida como el corolario Trump a la Doctrina Monroe. Contrario a lo que podría parecer, no es una manifestación de fuerza, sino un reflejo de la erosión del poderío financiero, comercial y militar de EE.UU.. Un declive a lo que se responde con una reconfiguración geopolítica y un repliegue hacia el hemisferio occidental para consolidar una hegemonía regional asegurando, por cualquier medio -incluyendo el uso descarado de la fuerza militar y la coerción económica-, el control de los recursos energéticos y minerales de las Américas, así como de los flujos comerciales.

 

En este sentido, es crucial subrayar que Trump es un síntoma del declive estructural de EE.UU., no su causa. Su figura refleja la urgencia de aprovechar y ejercer el poder que aún conserva el país para asegurar sus objetivos de dominación hemisférica. Si existe una diferencia con la historia reciente, ésta radica en su estilo abiertamente «mafioso», que desprecia las formas tradicionales de la diplomacia, y en el hecho de que manifiesta sus intereses sin el habitual disfraz retórico de «promover la democracia» o «evitar el uso de armas de destrucción masiva». Sin embargo, mucho antes de Venezuela, EE.UU. ya había intervenido militarmente en decenas de países al margen de la ONU, mientras que el apoyo a las acciones criminales del Estado de Israel ha sido constante e independiente del presidente de turno.

 

Hay tres elementos estructurales que pueden explicar las acciones recientes de Trump: la geopolítica de los recursos energéticos y de materias primas, el debilitamiento del dólar como divisa de intercambio y reservas, y la perdida de la capacidad industrial y militar frente a China y Rusia.

 

El primer aspecto es el que más se ha mencionado bajo el lema de que «fue por el petróleo». Si bien esto tiene fundamento, el tema es más complejo de lo que se maneja. Es cierto que Venezuela cuenta nominalmente con las mayores reservas mundiales de crudo[2], sin embargo, la parte principal es petróleo ultrapesado de la franja del Orinoco, con altos contenidos de azufre y metales pesados.

 

Por su naturaleza, este crudo requiere pozos horizontales y diluentes para poderse extraer y necesita procesos adicionales para ser comercializado, llegando a costos de producción de hasta 80 dólares por barril. De hecho, aparte Chevron - única petrolera estadounidense que no se ha ido de Venezuela y que también explota yacimientos en la región de Maracaibo, donde hay petróleo de mejor calidad - ExxonMobil y otras grandes compañías no han mostrado mucho interés en invertir las grandes sumas que se necesitarían para recuperar la infraestructura petrolera y subir la producción[3].

 

Para EE.UU., sin embargo, hay otra razón estratégica para conseguir el petróleo de Venezuela. El petróleo de lutitas que se extrae con fracking en EE.UU. es muy ligero y las refinerías estadounidenses necesitan petróleo pesado para mezclarlo y poder refinar fracciones como diésel y turbosina. México exporta cada vez menores cantidades de este crudo y Canadá no puede aumentar su exportación. De allí que el gobierno federal estadounidense podría subsidiar su explotación en Venezuela, como lo hizo con el petróleo de lutitas en su propio país[4].

 

EE.UU. enfrenta también una vulnerabilidad crítica en el acceso a minerales estratégicos, fundamentales para muchas tecnologías desde la infraestructura renovable a los sistemas armamentísticos, donde China ejerce un cuasi-monopolio absoluto. Venezuela cuenta con importantes reservas de hierro, bauxita (aluminio), carbón, oro, diamantes, níquel, cobalto, tierras raras y cobre. Como en el caso del petróleo, el acceso a estos recursos requiere grandes inversiones y no está garantizado en las condiciones actuales.

 

Aunque EE.UU. no pueda obtener estos recursos a sus condiciones en el corto plazo, sí logra presionar para que se reviertan los acuerdos con China: por lo menos, obtiene que el «enemigo» no tenga acceso a estos recursos. En la perspectiva del acceso a recursos petroleros y minerales cobra sentido también el interés de Trump para hacerse de Groenlandia, que, además de tener un importante potencial minero, es puerta de acceso a la última frontera del petróleo convencional del Ártico que, irónicamente, por el cambio climático se vuelve ahora más accesible.

 

Otra razón para las presiones sobre Venezuela es la erosión del estatus del dólar y el debilitamiento del sistema de los petrodólares. Desde que Richard Nixon desvinculó el dólar del oro en 1971, EE.UU. ha financiado su hegemonía mediante la emisión masiva de deuda, aprovechando el estatus del dólar como moneda de reserva global[5]. Sin embargo, esta dinámica ha generado un déficit insostenible: en la actualidad la deuda federal supera 130% del PIB y el pago de intereses de la deuda ya supera tanto el gasto militar como el de Medicare.

 

Por otro lado, el dólar está perdiendo progresivamente su papel hegemónico como moneda de comercio y reserva internacional[6]. Las sanciones financieras hacia países que resisten a las presiones de Washington han acelerado este proceso. Rusia, China, Irán y otros países BRICS+ están impulsando activamente el comercio en monedas nacionales, reduciendo la demanda de dólares. Desde 2018 Venezuela vende su petróleo a China directamente en yuanes y, aunque la cantidad no es mayor, es un «mal ejemplo» para otros países. Lideres como Saddam Hussein y Muammar Gaddafi lo intentaron anteriormente y acabaron eliminados por EE.UU.. La desdolarización amenaza con reducir la demanda de bonos del Tesoro estadounidense mostrando la fragilidad de la situación financiera de EE.UU. y perjudicando la posibilidad de mantener una hegemonía militar carísima frente a una deuda prácticamente impagable.

 

Un tercer elemento de explicación es la pérdida de capacidad industrial y militar de EE.UU.. Por décadas, después del fin de la guerra fría, la hegemonía estadounidense se basó en imprimir dólares y controlar el sistema financiero. Ahora se está demostrando que el poder real está en producir cosas físicas. China no sólo ha alcanzado una enorme capacidad industrial, sino también el control de las materias primas y las cadenas de suministro de una gran cantidad insumos, incluyendo los que alimentan la tecnología militar.

 

Aunque EE.UU. posee con creces el presupuesto militar más grande del mundo y mantiene unas 750 bases en 63 países, su poderío se está revelando frágil. La guerra en Ucrania ha expuesto que su complejo militar-industrial está diseñado para la ganancia de las empresas, no para la eficacia bélica a gran escala. Produce armamento sofisticado y extremadamente costoso, pero en volúmenes limitados, incapaz de competir con la producción masiva y de bajo costo de Rusia y sus aliados. En este contexto, la agresión militar a Venezuela puede ser parte de una decisión de actuar preventivamente mientras todavía se tiene una capacidad de proyección militar, a subiendas de que no se puede sostener una guerra prolongada.

 

No está claro que esta política de fuerza bruta pueda alcanzar los objetivos estratégicos que se propone. Hasta el momento, EE.UU. no ha logrado un cambio de régimen ni dispone de la capacidad necesaria para invadir Venezuela y garantizar el control de sus recursos. Resulta también evidente -como ha admitido el propio Trump- que la oposición agrupada en torno a Corina Machado carece de cualquier posibilidad real de controlar el país. En consecuencia, su único margen de acción es la negociación con el gobierno en el poder, ya sea bajo la promesa de préstamos e inversiones o bajo la amenaza de una intensificación de las acciones militares, en una lógica de «plata o plomo».

 

Por otro lado, la aspiración de Washington de recuperar una hegemonía regional y ejercer un control exclusivo sobre los flujos energéticos y materiales enfrenta límites muy concretos. Las reservas de hidrocarburos que subsisten en las Américas son mayoritariamente no convencionales[7]. Su explotación conlleva altos costos energéticos, económicos y ambientales, en el marco de un proceso irreversible de rendimientos decrecientes que, además, acelera la disrupción climática y ecológica global.

 

Esta realidad biofísica vuelve impostergable una hoja de ruta diametralmente opuesta a la impulsada por Washington: no una escalada extractivista, sino un desescalamiento planificado, urgente y sostenido del uso de combustibles fósiles y consumo de energía. El futuro de la región -y del mundo- no se define en la disputa por el control de los últimos recursos de un modelo en declive, sino en la capacidad colectiva de imaginar y construir alternativas de prosperidad sin crecimiento, basadas en la equidad y la sostenibilidad. Nuestros países necesitan forjar alianzas regionales que reviertan la tendencia hacia una mayor integración subordinada y dependencia de Washington, y que permitan desarrollar alternativas nacionales y regionales orientadas a priorizar el bienestar de sus pueblos, en el respeto de los límites planetarios.

 


[2] Las reservas, como otros países de la OPEP, no son auditadas de manera independiente, y su monto se ha triplicado entre 2010 y 2013 por una «reclasificación» sin que haya habido nuevos descubrimientos.

[3] La consultora Rystad estima que se necesitarían 53 000 millones de dólares en gastos de exploración y producción e infraestructura durante 15 años solo para mantener estable la producción de petróleo crudo. Alcanzar los 3 millones de barriles diarios en 2040 requeriría una inversión de 183 000 millones de dólares entre 2026 y 2040.

[4] https://www.fractracker.org/2025/03/fossil-fuel-subsidies-free-market-myth/

[6] Los datos más recientes indican que ha bajado a un mínimo histórico de solo el 40% de las reservas de los bancos centrales, que en cambio han incrementado sus activos en oro.

[7] Ademas del petróleo ultrapesado de Venezuela, las mayores reservas quedan en las arenas bituminosas de Canadá, el petróleo de lutitas de EE.UU. y de Argentina (formación Vaca Muerta) y el petróleo de aguas profundas de Brazil y Guyana. 

 

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Dr. Eduardo Becerra Torres

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