DRAMATURGIA FÓSIL
26.11.2025
Dr. Adolfo Pacheco Castro
Primer acto: El desenterramiento
A principios del siglo pasado, la ciudad de Harbin era conocida como la «París del Este». Ubicada en el noreste asiático, se consideraba como una de las más cosmopolitas y tecnológicas del continente. Aunque se encontraba dentro de China, el idioma predominante era el ruso, pues el desarrollo de la ciudad comenzó con el establecimiento de un destacamento cuantioso de ingenieros y técnicos ferroviarios rusos, los cuales apoyaron a China a construir un moderno nodo ferroviario que permitió el comercio de recursos entre China, Rusia y Corea.
La prosperidad de la ciudad fue inmediata. Junto con la llegada de los trenes, lo hicieron también habitantes de otras regiones asiáticas, estableciéndose importantes poblaciones de judíos, ucranianos, polacos y lituanos, por lo que la ciudad tenía una arquitectura de ensueño: una mezcla entre el pasado y la modernidad.
El barroco ruso, identificado por sus edificios imponentes coronados por cúpulas doradas, adquiría vitalidad por las fachadas del Art Nouveau, al tiempo que en los conjuntos habitacionales se establecían tranquilos patios siheyuan de diseño chino. Las sinagogas, los cines, teatros, restaurantes, bibliotecas y cervecerías alemanas coexistían en armonía. En un día cualquiera, se podía escuchar a Tchaikovsky en un café ruso, asistir por la tarde a una función de teatro en yiddish y terminar la noche saboreando fideos salteados y cordero mongol, mientras dragones de papel danzaban bajo faroles rojos.
Harbin, en todos los sentidos, era una ciudad de extremos, en donde la calidez de sus habitantes se ponía de manifiesto durante sus inviernos largos y fríos con temperaturas promedio de -15°C. Durante este tiempo la ciudad se llenaba de felicidad blanquecina, siendo el epicentro de actividades invernales, tales como el patinaje sobre hielo, esquí, juegos invernales y esculturas de hielo.
La ciudad se caracterizó por ser una de las primeras en China en estar completamente electrificada y contaba con un avanzado sistema de calefacción, aunque por toda la región se sabía que el verdadero calor emanaba de la multiculturalidad de sus ciudadanos, lo cual era muy notorio cuando un viajero inexperto entraba al cobijo de alguno de sus cafés durante el invierno.
Estos cafés eran puntos especiales de encuentro científico y cultural, estaban inspirados en los de Moscú o Viena y eran frecuentados por escritores, músicos, científicos y avezados viajeros. Dentro, iluminados por la luz bohemia, se podían experimentar notas exóticas en las bebidas, al tiempo que se disfrutaba de la lectura de poemas o discursos filosóficos, alentados por las ideas de Marx, Schopenhauer, Spinoza, Confucio o Lao-Tsé. Estas acaloradas discusiones terminaban siempre con fraternidad y reflexión, cuando los interlocutores se dejaban llevar por una melodía klezmer, un solo de erhu o una interpretación de Rachmaninoff en piano.
Harbin prosperó así durante varias décadas, hasta que en 1931 Japón reclamó a China el sabotaje de una línea ferroviaria que controlaban dentro del continente; una acción autoinfligida por el mismo ejercito japonés, que buscaba tener la excusa de invadir a China. En tan solo unas pocas semanas toda la provincia de Manchuria, cuya capital más importante era Harbin, cayó en manos de los japoneses, quienes consideraban que esta ciudad era altamente estratégica en sus planes por invadir toda Asia.
El plan era utilizar el nodo ferroviario para acceder al corazón de Corea y Rusia, por lo que fue necesario reconfigurar la estructura de la ciudad, anteriormente pensada en acoger los intereses multiculturales de sus ciudadanos, pero que ahora exigía replantearla como una plataforma de expansión militar. Los japoneses iniciaron entonces un plan agresivo de sometimiento y esclavización de los habitantes de la ciudad, los cuales fueron empleados en trabajos forzados y sujetos a todo tipo de violaciones.
El rostro más cruel del imperio japonés comenzó en esta ciudad con el establecimiento de la llamada «Unidad 731», oficialmente denominada «Unidad de Prevención de Epidemias y de Purificación de Agua»; una fachada que ocultaba una de las mayores atrocidades del siglo pasado: la experimentación humana.
La multiculturalidad de la ciudad había sido vista por los japoneses como una oportunidad para desarrollar su preciada «Unidad 731», por lo que apuraron el desarrollo de instalaciones secretas en las que se realizaron los más crueles experimentos en prisioneros chinos, coreanos, rusos, mongoles e, incluso, disidentes japoneses.
Aquí se buscaba llevar al límite la resistencia humana, sometiendo a las personas a torturas físicas y psicológicas. En sus cuerpos se probaban los efectos del frío extremo, de agentes químicos y de armas biológicas. Estos experimentos fueron realizados en hombres, mujeres, bebés y ancianos, los cuales eran denominados por el ejército japonés como maruta (troncos para la leña), nombre que se popularizó en Harbin, pues en el afán por desaparecer toda evidencia, los crematorios se encontraban encendidos día y noche. Hasta el momento, no se conoce el número de víctimas debido a que Japón alcanzó un acuerdo con EE.UU. al finalizar la Segunda Guerra Mundial a cambio de compartir los resultados de los experimentos.
Cuán terrible fue el contraste violento al que fueron sometidos los habitantes de Harbin durante la ocupación japones; aun así, toda esta vorágine de crueldad no pudo arrancar las raíces culturales que nutrían a esta floreciente sociedad. Ciertamente, los japoneses lo intentaron, utilizando incluso las manos chinas para cavar cada vez más profundo, pero fue en las profundidades, donde pronto se encontrarían con un verdadero dragón dormido.
En 1933, durante la construcción de un puente sobre el río Songhua, un trabajador chino anónimo encontró los restos de lo que parecía el entierro de un hombre, aunque de manera extraña el enterramiento se encontraba a varios metros de profundidad del suelo. El hallazgo lo asombró sobremanera, pues a todas luces parecía ser un antiquísimo habitante de la ciudad, un morador probablemente anterior a su civilización.
En la hondonada de ese agujero, privado de la guerra que avanzaba sobre su cabeza, este trabajador chino sostuvo en sus manos un misterioso tesoro aún no profanado por los japoneses, un símbolo petrificado de que otros, antes que ellos, vivieron en la prosperidad y en la adversidad sobre el lecho de su amado río Songhua.
Songhua, significa flor de pino, nombre que es una evocación poética inspirada en la resistencia de los pinos ante los inviernos más duros, que una vez que llega la primavera comienzan a multiplicar en sus ramas conos llenos de polen, llenando de color todo lo que les rodea, en un proceso que se ha repetido por cientos de miles de años. Es así, que, durante el más cruel de los inviernos, el trabajador chino tomó el cráneo de una antigua floreciente humanidad y decidió esconderlo en el fondo de un pozo, hasta que llegaran tiempos mejores.
Segundo acto: el rostro del protagónico
La enigmática calavera fósil de Harbin quedó en la familia por generaciones, permaneció oculta durante más de 80 años, en los cuales China sufrió cambios radicales. Sin duda, la decisión de su descubridor ayudó a que se mantuviera intacta durante la ocupación japonesa, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Civil China y, sobre todo, durante la Revolución Cultural China de los años 60 y 70; tiempo en el cual el gobierno chino intentó destruir el «viejo pensamiento», con la perdida incontable de piezas arqueológicas y paleontológicas en el proceso. El fósil permaneció entonces al cobijo de las sombras, transformándose más en una leyenda familiar que en una curiosidad valiosa para el mundo.
Fue hasta 2018 que la familia de este trabajador misterioso fue animada por la curiosidad o la confianza de una nueva China a llevar su extraña reliquia a la Universidad GEO de Hebei, en China, para ser verificada. Al instante, los paleontólogos que miraron este rostro petrificado supieron de la enorme relevancia que el fósil tenía, pues su cráneo ocre -perfectamente conservado- ostentaba características similares a las nuestras, de Homo sapiens, pero algunas otras eran distintas, únicas.
El cráneo indudablemente pertenecía a un humano, preservando prácticamente todo el rostro y la bóveda craneal, con la excepción de la mandíbula. El rostro era muy parecido al nuestro, con muy poco prognatismo mediofacial, es decir, que la cara era muy plana, con una nariz y pómulos bien alineados verticalmente con el cráneo. En otras palabras, su rostro era típicamente chato.
Esta condición es muy común en humanos modernos cuando se le compara con otras especies, pues suele interpretarse que nuestro rostro evolucionó ante una reducción en la fuerza de masticación -disminución en los músculos masetéricos-, debido a una alimentación más suave al cocinar con frecuencia nuestros alimentos.
Aunque la disminución del prognatismo mediofacial también tiene otras explicaciones evolutivas -por ejemplo, se ha asociado con una reorganización estructural de la lengua, labios y laringe, que permite tener el potencial de desarrollar sonidos más complejos-, este rostro plano, en conjunto con una nariz ancha y corta, pudo ayudar a que el aíre frío llegara más caliente a los pulmones, siendo una característica similar observada en otras especies de humanos que habitaban regiones frías, como los Homo neanderthalensis.
A diferencia de los neandertales, el hombre de Harbin tenía una fosa canina poco profunda, estructura que podemos sentir justo debajo del margen de nuestras fosas nasales. Esta estructura está relacionada con el tamaño de los caninos, que en nosotros se encuentran menos desarrollados al igual que en el hombre de Harbin y por ende nos hace lucir con menos ferocidad, pero también nos ha limitado en nuestra capacidad de desgarrar y triturar un pedazo de carne cruda.
¿Para qué ser feroz si se puede ser listo? Uno de los rasgos más obvios del cráneo de Harbin es su notable capacidad craneana (volumen interno del cráneo) de entre 1420 a 1480 cm3, un poco por encima del rango promedio de Homo sapiens que es de 1350-1450 cm3. Este volumen se relaciona con un mayor cerebro, sin embargo, en la actualidad es bien sabido que un cerebro más grande no está directamente relacionado con un organismo más inteligente, de hecho, tratar de medir la inteligencia siempre nos ha «explotado la cabeza». En el caso de nuestro fósil, este volumen craneal es un rasgo que lo acerca más a los registros cabezones de Homo sapiens modernos que al de otras especies.
Existían diferencias muy obvias en el fósil que no le permitían ser clasificado como un Homo sapiens. Por ejemplo, el cráneo era muy masivo, denso, robusto, con una bóveda craneal alargada, a diferencia de nuestros cráneos que tienden a ser más delgados y globosos. Esto es muy notorio cuando lo miramos cara a cara, pues su frente es relativamente reducida en comparación con nuestra frente, una característica similar al de Homo neanderthalensis.
¿Cómo habrán sido esos encuentros cara a cara entre especies diferentes de humanos?, ¿habrá sido posible la comunicación entre ellos?, un sonido, un gesto, una mirada. Un relicto de esta mirada aún sobrevive en el fósil de Harbin, pues su rostro tiene un desarrollo muy prominente y continuo del arco supraorbital, que en nuestro caso es la región del rostro donde se ubican las cejas. Un rasgo muy parecido al de los neandertales, pero con la significativa diferencia de que en el hombre de Harbin la glabela es muy tenue y no forma un puente continuo entre los arcos superciliares. Además, los huesos cigomáticos o pómulos estaban muy desarrollados, confiriéndole a la cara un rostro más cuadrado. En conjunto, la topografía craneal alrededor de los ojos le conferían a este humano una mayor profundidad en su mirada.
Estas características craneales, semejantes tanto a Homo sapiens como a su especie hermana, Homo neanderthalensis, hacían notar la cercanía de este linaje con los humanos más modernos, al mismo tiempo, que los caracteres morfológicos del cráneo expresaban rasgos únicos y distintivos; una sospecha bastante fuerte de que el hallazgo en el lecho del río podría corresponder a una especie hasta entonces desconocida. Los análisis filogenéticos confirmaron esta sospecha: se trataba, sin duda, de un miembro del linaje humano, pero sorprendentemente más cercano a nosotros que a los propios neandertales.
Esta insospechada cercanía del hombre de Harbin con nuestra especie avivó la duda sobre si el fósil había sido colectado en la base del puente o si, por el contrario, había sido traído de algún otro lugar del mundo, confiando o desconfiando en la veracidad filial del abuelo que otora tiempo hizo el descubrimiento. Para esto se tomaron muestras de isótopos de estroncio dentro del cráneo, los cuales son una especie de paleo GPS: debido a que los organismos incorporan el estroncio del agua y de los alimentos locales en sus tejidos, lo que permite rastrear su lugar de origen. El resultado fue positivo, el lecho de muerte del hombre de Harbin ciertamente había sido el río Songhua, tal y como lo contaba la leyenda del viejo.
¿Qué tan antiguo era el registro de este hombre? Para esto se realizó una datación de uranio-torio en concreciones de carbonatos que se encontraban adheridos al cráneo, resultando que este arcaico hombre habitó la región hace 146 mil años, un tiempo que hacía empalidecer al imperio chino con sus apenas seis mil años de antigüedad.
Este registro era el testimonio fósil de un antiquísimo ser humano que caminó, respiró, soñó y vivió la diversidad de su mundo, muriendo en el lecho de un antiguo río en Harbin. La nueva especie tomó así el nombre que le fue grabado por los sedimentos sobre su rostro, estratos esculpidos durante cientos de miles de años por meandros serpenteantes, dragones de agua que configuraron el paisaje de Heilongjiang, la provincia del «Río del Dragón Negro». Su nombre fue entonces Homo longi, que quiere decir hombre dragón, pues Longi proviene del chino mandarín (Putonghua) y remite directamente a esa criatura mítica que habita en el imaginario de la región.
Tercer acto: interpretación viva
Homo longi le dio rostro a una serie de fósiles que habían sido encontrados previamente en Siberia y el Tibet, los cuales eran conocidos como denisovianos, pero cuyos restos no fueron suficientes para erigir una nueva especie; esto a pesar de que los fósiles encontrados en la Cueva de Denisova, en Siberia, Rusia, mostraban con fragmentos misteriosos de ADN que podían corresponder a una especie distinta, relacionada tanto con sapiens como con neandertales, pero sin ser ninguna de ellas.
Por décadas, los denisovianos fueron un enigma en la historia evolutiva de nuestro linaje, considerándose una rareza de nuestro árbol evolutivo, hasta el redescubrimiento de Homo longi. Ahora sabemos, de forma sorprendente, que este grupo humano no era tan ajeno a nosotros sino todo lo contrario, ya que había convivido muy cercanamente con nuestros antepasados, a tal grado, que se hibridó tanto con Homo neanderthalensis como con Homo sapiens.
Aunque los últimos denisovianos se extinguieron hace decenas de miles de años, sus descendientes -nosotros los humanos modernos- aún contenemos parte de su material genético fluyendo en nuestras venas, especialmente en poblaciones asiáticas de 0.2 % a 0.5 % de ADN, pero en algunas poblaciones, como es el caso de los Melanesios de Papúa Nueva Guinea y las Islas Salomón, este porcentaje puede llegar hasta 6 %.
El registro de Homo longi, incluso, ha desentrañado los primeros pasos de nuestra historia como humanos, ya que tradicionalmente se consideraba que la especie hermana más cercana a nosotros era Homo neanderthalensis; sin embargo, los modelos de ADN mitocondrial, proteico y morfométrico proponen que nuestra especie hermana es en realidad Homo longi.
Esta insospechada cercanía de nuestra especie con los denisovianos asiáticos ha retumbado en los cimientos bien establecidos de nuestro origen africano, pues ahora parece que para entender nuestro pasado hay que navegar río arriba, hasta el lugar donde todos los ríos nacen, en el corazón de China.
Bien adentro del continente asiático, bajo la influencia del gran río Hanjiang (el río de los Han, o los primeros pobladores de China) fueron encontrados otros dos cráneos de denisovianos conocidos como Yunxian 1 y Yunxian 2, con una edad impresionantemente más antigua que la de Harbin, datada entre los 940 mil años y un millón 100 mil años.
Esto ha recorrido radicalmente el origen de nuestra especie, luego del aislamiento con los denisovianos, que según los modelos filogenéticos actuales debió de ocurrir hace aproximadamente un millón de años, dejando un hiato de información en nuestra historia fósil de aproximadamente 700 mil años, pues el registro fósil más antiguo conocido de Homo sapiens tiene apenas 300 mil años (Irhoud en Marruecos).
El descubrimiento de estos humanos arcaicos antiquísimos sigue estando lleno de sorpresas, al menos para los humanos de esta era, pues sus rostros muestran características morfológicas muy prístinas, que los relacionan con otros humanos igualmente antiguos, tales como Homo erectus y Homo ergaster, vislumbrando apenas, que estas características compartidas (plesiomorfías) son la viva evidencia de que los ríos de nuestra especie estaban diversamente entretejidos desde el inicio.
Quizás por este motivo hemos evolucionado para reconocer en las diferencias de los otros el potencial de colaborar como grupo. Esto queda clarísimo en el rostro petrificado de nuestros hermanos denisovianos, pues incluso en su sonrisa fosilizada o mejor dicho del sarro acumulado alrededor de sus dientes, hemos encontrado nueva información relevante sobre este protagónico. Por ejemplo, de este sarro fosilizado se han podido aislar 95 proteínas endógenas -propias del hombre de Harbin-, entre las cuales al menos tres variantes coinciden con las encontradas previamente en denisovianos; pero son los datos aún no conocidos del material biológico que pudo quedar atrapado entre las finas capas de sarro las que podrían darnos más detalles sobre su dieta, salud, entorno y hasta su diversidad microbiana.
¿Cuántas estepas, valles, montañas, ríos, lagos, glaciares, horizontes ocres y estrellas fugaces compartieron nuestros antepasados de distintas especies?, ¿cómo fue la interpretación de su mundo? Un mundo construido a través de ojos de aquellos que parecerían ser distintos pero cuyo origen multicolor los unía desde lo más profundo. Ahí, quizás, al calor del fuego, las diferencias superficiales de sus rostros se fueron difuminando por el efecto luminoso y danzante de los carbones encendidos.
Hoy sabemos que la fuerza de nuestra humanidad está en el mestizaje, pues nuestra especie es una trenza de linajes humanos, varios de ellos misteriosos y otros tantos que aún no poseen un rostro. Pero en la mirada de Homo longi, de los denisovianos, se atisba el fruto fértil de la multiculturalidad, esa capacidad intrínseca de la vida por abrazar las diferencias a través de la máxima empatía y que por millones de años nos llevó río arriba, dándole coherencia a nuestra humanidad, definiendo un rostro reflexivo y alegre por la mañana, por el porvenir.
Referencias:
Feng et al. 2025. The phylogenetic position of the Yunxian cranium elucidates the origin of Homo longi and the Denisovans. Science, 389(6767):1320-1324. DOI: 10.1126/science.ado92
Fu et al. 2025. Denisovan mitochondrial DNA from dental calculus of the >146,000-year-old Harbin cranium. Cell 188:3919–3926. https://doi.org/10.1016/j.cell.2025.05.040
Ji et al. 2021. Late Middle Pleistocene Harbin cranium represents a new Homo species. The Innovation 2(3): 100132. https://doi.org/10.1016/j.xinn.2021.100132
Ni et al. 2021. Massive cranium from Harbin in northeastern China establishes a new Middle Pleistocene human lineage. Innovation 2(3):100130. https://doi.org/10.1016/j.xinn.2021.100130
Shao et al. 2021. Geochemical provenancing and direct dating of the Harbin archaic human cranium. The Innovation 2(3), 100131. https://doi.org/10.1016/j.xinn.2021.100131