ECOFEMINISMOS
27.05.2026
Dra. Ana Gabriela Castañeda Miranda
Imagine por un momento que, en una ciudad, un vecino enferma y, sin que nadie lo ordene, todas los residente de alrededor comienzan a enviarle agua, alimento y energía para mantenerlo con vida durante décadas. Nadie pregunta si pertenece a la misma familia ni siquiera si es de la misma cultura. Simplemente lo hacen porque saben que, si uno cae, todo el barrio se debilita. Algo así ocurre todos los días en los bosques del planeta.
Bajo nuestros pies, existe una red biológica invisible formada por raíces y hongos microscópicos, llamada red micorrízica. A través de ella, los árboles intercambian agua, azúcares, nitrógeno, fósforo y señales químicas. Esta red es tan extensa que, en apenas un metro cúbico de suelo forestal, puede contener más de 200 km de filamentos fúngicos, conectando a decenas o, incluso, cientos de árboles.
Los científicos han demostrado, utilizando trazadores isotópicos de carbono, que hasta 40% del carbono producido por un árbol mediante fotosíntesis puede transferirse a otros árboles a través de esta red subterránea. Esto significa que un árbol no funciona como un individuo aislado, sino como parte de un sistema cooperativo de intercambio energético.
Uno de los descubrimientos más sorprendentes ocurre cuando un árbol es talado. En muchos bosques templados, los árboles vecinos continúan enviando agua y azúcares al tocón durante décadas, manteniéndolo vivo a pesar de haber perdido su copa. Algunos de estos tocones han permanecido metabólicamente activos más de cien años después de haber sido cortados, sostenidos por lo que los ecólogos describen como una especie de suero vital proporcionado por el bosque.
Lo más extraordinario es que esta ayuda no se limita a individuos de la misma especie. Abetos pueden transferir carbono a abedules, hayas y robles. En términos ecológicos, el bosque funciona más como una comunidad interdependiente que como una colección de organismos en competencia.
Si lo comparamos con el mundo animal, esta cooperación resulta inusual. En muchas especies animales el altruismo está limitado al parentesco genético. Colonias de hormigas o abejas cooperan porque comparten gran parte de su ADN. Incluso, en mamíferos sociales, como lobos o primates, la cooperación suele concentrarse en grupos familiares o territoriales. Los árboles, en cambio, cooperan más allá de la especie.
Paradójicamente, los humanos solemos comportarnos de forma contraria. A lo largo de la historia, nuestras sociedades han tendido a desconfiar de lo diferente. Lengua, cultura, religión o ideología han sido motivos frecuentes de división. Mientras los bosques fortalecen su estabilidad a través de la diversidad, muchas estructuras sociales humanas han intentado eliminarla.
Desde el punto de vista ecológico, la explicación es clara: la diversidad fortalece la resiliencia del sistema. Un bosque con múltiples especies es menos vulnerable a plagas, enfermedades o sequías. Enviar recursos a un vecino debilitado no es solo altruismo, sino una estrategia para mantener la estabilidad del ecosistema completo.
Además, los árboles operan en una escala temporal que los humanos rara vez consideramos. La mayoría de los animales vive desde unos meses hasta algunas décadas. En contraste, muchas especies arbóreas viven varios siglos y algunos individuos superan los 4800 años. Las redes micorrízicas que los conectan pueden mantenerse activas durante generaciones completas de árboles.
Desde esa perspectiva temporal, mantener con vida a un tocón o compartir recursos con un árbol joven no es un acto momentáneo, sino parte de una estrategia ecológica de largo plazo. Los árboles no tienen cerebro ni sistema nervioso, pero su capacidad para intercambiar nutrientes, transmitir señales químicas y responder colectivamente al entorno ha llevado a algunos científicos a describir al bosque como una forma de inteligencia distribuida, donde miles de organismos interconectados generan respuestas coordinadas que benefician al conjunto.
Tal vez, la pregunta más provocadora no sea si los árboles pueden pensar. Tal vez la pregunta sea otra: ¿cómo es posible que organismos sin cerebro hayan aprendido a cooperar mejor que una especie que presume tener uno? Y, aun así, a pesar de la deforestación, el cambio climático y la presión humana sobre los ecosistemas, las plantas continúan sosteniendo la vida del planeta. Producen el oxígeno que respiramos, regulan el clima, capturan carbono y mantienen la estabilidad de los suelos.
Aquí yo hago una reflexión que resulta tan incómoda como poderosa: «Las plantas siguen dominando la Tierra en número a pesar de nuestra existencia, no porque sean más fuertes que nosotros, sino porque han aprendido a vivir sin destruir el sistema del que dependen».