ECOFEMINISMOS

23.04.2026

¿El agua que hoy tomas pudo venir del sudor y la orina de los dinosaurios?

Fotografía: Julieta Espinosa 2026

Dra. Ana Gabriela Castañeda Miranda

Fotografía: Dra. Ana Castañeda

Aunque la idea puede parecer extraña -incluso incómoda-, es científicamente correcta y profundamente reveladora. La Tierra es un planeta antiguo y el agua que existe en ella lo es aún más. Desde hace aproximadamente cuatro mil millones de años, nuestro planeta alberga agua líquida y desde entonces, la cantidad total de agua ha cambiado muy poco. No se crea agua nueva de manera significativa, ni desaparece: el agua se transforma, se mueve y se recicla.

 

Ese reciclaje constante es lo que conocemos como el ciclo del agua. El agua se evapora de los océanos, ríos, suelos y cuerpos vivos; se condensa en la atmósfera; regresa en forma de lluvia o nieve; se infiltra en el suelo; fluye nuevamente hacia ríos y mares; y vuelve a comenzar. En ese viaje interminable, las moléculas de agua pasan por nubes, plantas, animales, suelos, acuíferos… y también por organismos que habitaron la Tierra hace millones de años.

 

Durante la era de los dinosaurios, hace más de 66 millones de años, estos gigantes bebían agua, la incorporaban a su cuerpo y la devolvían al ambiente a través de la respiración, el sudor y la orina. Esa agua no desapareció. Se evaporó, llovió, filtró, volvió a circular. Con el paso de millones de años, esas mismas moléculas siguieron viajando, mezclándose una y otra vez en un sistema planetario cerrado.

 

Por eso, cuando hoy bebemos un vaso de agua, es prácticamente seguro que algunas de sus moléculas estuvieron alguna vez en el cuerpo de otros seres vivos del pasado: dinosaurios, plantas prehistóricas, animales extintos… e, incluso, otros seres humanos. No es una metáfora poética, es una consecuencia directa de la física, la química y el tiempo profundo.

 

El astrónomo y divulgador Carl Sagan solía recordarnos que somos parte de una historia cósmica continua, que los átomos de nuestro cuerpo se forjaron en estrellas antiguas. Con el agua ocurre algo muy similar; no sólo conecta el espacio con la vida, sino el pasado con el presente. Cada sorbo de agua es un encuentro con la historia del planeta.

 

Desde una perspectiva ambiental, esta idea adquiere una dimensión aún más poderosa. Si el agua que usamos hoy es esencialmente la misma que ha existido durante millones de años, entonces contaminarla no es un problema pasajero. Es una herida profunda al patrimonio natural de la Tierra.

 

El agua contaminada sigue siendo agua, pero deja de ser un recurso útil para la vida. La ecóloga mexicana Julia Carabias, una de las voces más importantes en conservación y política ambiental en México, ha insistido durante décadas en que el agua es un recurso vulnerable, limitado y profundamente ligado al bienestar social. Su deterioro no sólo afecta ecosistemas, sino comunidades enteras, economías locales y generaciones futuras.

 

Desde otra perspectiva, el químico mexicano Mario Molina (1943–2020) -Premio Nobel- nos enseñó que los sistemas planetarios pueden alterarse peligrosamente cuando se rompe su equilibrio. Así como ocurrió con la capa de ozono, el ciclo del agua también puede ser profundamente afectado por la contaminación, la sobreexplotación y el cambio climático.

 

Entender que el agua que hoy tomamos no es «nueva», nos obliga a replantear nuestra relación con ella. No estamos usando un recurso recién creado, sino uno que ha acompañado a la vida desde sus orígenes. Cada gota tiene memoria geológica y biológica.

 

Cuidar el agua no es sólo proteger nuestro presente, es respetar millones de años de historia compartida y asegurar que esta viajera antigua siga llegando, limpia, al vaso de quienes aún no han nacido.

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