22 de abril de 2026

¿Y si la antropología no fuera sólo humana?

Ilustración: Romina Alcántara 2026

Mextli Moreno

¿Hormigas, árboles, ríos y viento pueden ser sujetos de reflexión antropológica? Una nueva corriente propone descentralizar al ser humano y, con ello, abrir la reflexión hacia otras formas de vida. Más allá de nuestra especie, han quedado relegadas múltiples formas de existencia que también generan vínculos y establecen formas de relaciones sociales.

 

Esta perspectiva invita a replantear tanto los principios epistémicos como los metodológicos de la investigación en ciencias sociales y humanidades, con el fin de incorporar otros lenguajes no humanos en el análisis. De este modo, se busca incluir al resto de las especies y a las diversas experiencias de vida en el planeta.

 

Desde un enfoque desantrópico se ha cuestionado esta forma dominante de entender el mundo centrada exclusivamente en lo humano. Lo desantrópico implica resituar al humano, es decir, dejar de verlo como el centro de la vida y cuestionar las implicaciones de esta postura sobre las formas en que nos relacionamos con lo no humano.

 

Si bien las humanidades tienen como principio básico el estudio de la cultura, entendida como todo aquello que producen los seres humanos, la antropología desantrópica ha impactado directamente en la manera en que se concibe la naturaleza.

 

En palabras del Dr. Alejandro Vázquez Estrada, investigador de la Facultad de Filosofía de la Universidad Autónoma de Querétaro (UAQ), la perspectiva desantrópica plantea una antropología de todas las formas de vida, que busca comprender que hormigas, árboles y ríos poseen universos de significado.

 

«El giro desantrópico surge como una forma de reflexión crítica hacia las implicaciones que ha tenido el humanismo dentro de nuestra relación, como seres humanos, con aquello que llamamos naturaleza».

 

Autor del libro Desantrópica. Hacia una antropología de la vida, Vázquez Estrada cuestiona ideas, teorías y conceptos vinculados con la forma en que se mira y comprende el mundo, al tiempo que recalca la importancia de reflexionar sobre nuevas formas de hacer antropología y teorizar de manera distinta.

 

A través de esta propuesta, el autor busca recuperar y reconocer distintos saberes, inteligencias, normas, formas y memorias de aquello que se considera «no humano».

 

«Esta nueva antropología, situada desde el giro desantrópico, tendrá la necesidad de fundarse en la búsqueda consciente y empeñosa de superar el antropocentrismo, y por lo tanto, colocar las discusiones alrededor de lo denominado como cultura y naturaleza, desde una mirada intensamente vinculada, funcionalmente devenida y vitalmente correspondida».

 

En Desantrópica. Hacia una antropología de la vida, el académico explica cómo las concepciones occidentales blancas caracterizaron el pensamiento humanista a partir del siglo XIX. A partir de éstas fueron definidas las formas de hacer ciencia, de hacer antropología y de establecer las maneras en que se llevan a cabo las investigaciones en las ciencias sociales.

 

En este contexto, el giro desantrópico parte de diversas premisas, como no situar únicamente a lo humano como productor de elementos simbólicos y generador de modos de relación. Por ejemplo, otras especies, como insectos y plantas, generan ciertos modos de relación; «modos de relación diferenciales que establecen mundos habitables».

 

Al dejar de asumir que la única forma de significación y de creación del mundo pertenece exclusivamente al ser humano, se pueden analizar las relaciones y vínculos sociales de diversas especies.

 

Plantear si las hormigas u otras especies tienen cultura permite analizar sus bases societales, procesos socioterritoriales, modos de construir mundos y formas de organización social.

 

«Entenderíamos que más allá de los humanos se generan vínculos, afectos y modos de organización social con estructuras complejas […] La estructura de significado que tiene cualquier tipo de manifestación, más allá de lo humano, produce estructuras sociales de modo de relación».

 

Si esto se vincula con la idea de que toda relación y estructura está situada en un espacio y en un tiempo, surge la posibilidad de comprender dichos indicadores como procesos socioterritoriales y como elementos que construyen memoria.

 

Especialista en metodología y ética de la investigación antropológica, El Dr. Vázquez Estrada busca mirar de forma compleja las expresiones de vida que han sido interpretadas desde un humanismo blanco o, incluso, desde un humanismo extractivista, donde se piensa al ser humano únicamente como medio de producción.

 

El libro forma parte de una amplia tradición conocida como giro ontológico de la antropología, es decir, un giro desarrollado en los últimos 30 años, que proyecta la disciplina más allá del humano. Desde ahí se articula una tradición vinculada tanto al giro ontológico como a los posthumanismos y nuevos materialismos. «En este abanico, la antropología desantrópica tiene una relevancia, ya que está proponiendo elementos vinculados con la etnografía y, desde una perspectiva multirrelacional, con naturalezas distintas».

 

Si se transforman los principios epistémicos, también deben transformarse los principios metodológicos, lo que implica replantear el trabajo de campo desde un modo distinto de pensamiento. Desde la antropología existe una estrategia metodológica central, la etnografía; sin embargo, ésta se ha enfocado en la búsqueda de la cultura en sociedades humanas. De ahí la importancia de aprender a escuchar otros lenguajes no humanos, que muchas veces provienen de la memoria de los pueblos.

 

En uno de los capítulos, el autor plantea las etnografías del viento. Después de una experiencia etnográfica con los escaloneros de la Peña de Bernal, quienes ascienden una cruz llevando peticiones relacionadas con la vida, las tradiciones y el territorio, surge esta reflexión:

 

La etnografía implica una experiencia in situ, es decir, acudir al lugar y observar de manera participativa. En este ascenso, la importancia de «aprender a escuchar la piedra y el viento es vital para no caerse, pues el ascenso hacia la cumbre de la Peña de Bernal se realiza sin casco, sin red, sin cuerda y, en un diálogo con la piedra y el viento».

 

«Son sus manos las que van recorriendo la textura, la piel de un cuerpo pétreo, que además va diciendo y va guiando en el sentido de saber dónde sostener una mano, dónde sostener una pierna para no caerse».

 

En este contexto surge la propuesta de realizar un trabajo de campo y establecer una etnografía situada. Así, a partir de una antropología desantrópica, pueden producirse etnografías desantrópicas.

 

En cuanto al cuerpo, el investigador señala que la piel se convierte en un elemento para superar la idea clásica de la observación participante y partir de un cuerpo presente atravesado por lo que ocurre en la naturaleza. El oído, por su parte, resulta fundamental para comprender cómo llegan las ráfagas de viento cuando se está suspendido junto a una piedra.

 

Desde esta postura, se vuelve esencial aprender a escuchar, tocar y sentir las texturas de lo no humano, ya que forma parte de procesos de aprendizaje más profundos y significativos. Es una postura que invita a reflexionar sobre cómo nos relacionamos con el mundo animal, comprendiendo a los animales como seres societales con estructuras de significado y modos de relación complejos, comparables a los humanos.

 

Actualmente, Desantrópica. Hacia una antropología de la vida ha sido presentado en Ecuador, en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en el estado de Querétaro y, próximamente en Yucatán y Ciudad de México.

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