DOPAMINA SIN FILTRO

29 de septiembre de 2026

Maratón en streaming, la neurobiología de quedarse «picado»

Leilani Reséndiz

Hay una conexión implícita entre las neurociencias y el arte. Detrás de todo aquello que experimentamos ante películas, series, pinturas, esculturas, poemas, etc., una maquinaria cerebral posibilita su disfrute y vivencia única.

 

El consumo audiovisual ha cambiado en el tiempo. Décadas atrás, disfrutar de una película exigía acudir a una sala de cine o esperar meses para su emisión por televisión abierta. Con las series y telenovelas ocurría lo mismo, la resolución de la trama quedaba suspendida hasta el día siguiente o la semana entrante a una hora fija.

 

Ahora, tenemos acceso a un sinfín de plataformas que nos permiten ver lo que queremos, cuando queremos y las veces que queremos. Si bien en términos de administración del tiempo resulta conveniente, en cuestión de dopamina no lo es tanto.

 

En el modelo tradicional de emisión, cada episodio terminaba en el punto de mayor tensión dramática activando psicológicamente el Efecto Zeigarnik: la tendencia del cerebro a recordar y mantener activas las tareas o historias inacabadas con mayor intensidad que las concluidas. La dopamina, en este caso, era liberada en la anticipación de la espera, convirtiéndose en la motivación que nos impulsaba a volver a encender la televisión días después.

 

Las interfaces contemporáneas eliminaron deliberadamente los puntos de parada naturales. Con la reproducción automática en cuenta regresiva, sólo hay que esperar cinco segundos para el siguiente episodio. La dopamina pasó de ser una herramienta de expectativa a un ciclo de consumo pasivo continuo, provocando la anulación del esfuerzo de búsqueda y la deliberación de la corteza prefrontal, así como la prolongación del estado de alerta mesolímbico sin dar tiempo a la habituación normal, reteniendo al espectador en maratones que, a menudo, comprometen el descanso y el sueño profundo.

 

Otro fenómeno que nos atrapa en los programas son los giros argumentales, conocidos como plot twist. Mientras vemos una historia, la corteza cerebral genera hipótesis continuas sobre el desenlace basándose en esquemas narrativos previos. Cuando ocurre un giro argumental inteligente, la realidad de la pantalla supera o contradice radicalmente la expectativa inicial. Esta discrepancia positiva dispara descargas fásicas de dopamina en el cuerpo estriado, capturando de inmediato la atención ejecutiva.

 

Por el contrario, cuando una serie tiene el final que pensamos o puede predecirse con facilidad nos resulta aburrido. Misma razón por la que despreciamos los spoilers, ya que arruinan ese error de predicción que podríamos generar al ver nuestro show favorito.

 

Hablemos de recompensa vicaría. El cine nos hace sentir, llorar, amar, reír, enojarnos... Podemos sentir la emoción de un personaje y experimentar su satisfacción al obtener lo que tanto anhelo o busco en la historia.

 

Regiones de la corteza premotora y el lóbulo parietal inferior se activan tanto cuando ejecutamos una acción, como cuando observamos a otro realizarla. Al ver al protagonista tener estos «finales felices» u obtener la justicia que buscaba, nuestro cerebro simula internamente esos estados fisiológicos, haciendo que la victoria se sienta propia.

 

Si juntamos todos los factores, encontramos la razón por la que podemos pasar horas sentados viendo nuestros programas favoritos y el porqué de que el cine nos resulte tan fascinante. Las nuevas aplicaciones de streaming nos permiten un alcance continuo y facilitado, sin embargo, es vital recuperar el gobierno de nuestro control remoto y, por más fascinante que nos parezca una historia, consumirla con pausas y de manera responsable.

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