DOPAMINA SIN FILTRO

4 de agosto de 2026

¿Y si sí?

Fotografía: Dominika Alcántara 2026

Leilani Reséndiz

El futbol es uno de los movimientos deportivos y culturales más representativos en México. Los meses pasados vivimos la Copa del Mundo 2026, cuando la pregunta «¿y si sí?» sacudió a millones. La afición por la selección mexicana posicionó al país como el primero en número de camisetas vendidas y, detrás de ello, las neurociencias.

 

La recompensa vicaria refiere a la activación de circuito del placer del cerebro -área tegmental ventral, el núcleo accumbens y la corteza prefrontal-, cuando observamos que otra persona o grupo de personas reciben un beneficio; en nuestro caso, cuando nuestra selección gana un partido de futbol.

 

Nuestro cerebro interpreta el triunfo como propio, gracias a un tipo de células nerviosas, llamadas neuronas espejo, relacionadas con el aprendizaje, la empatía y la imitación, que simulan en nuestra mente las acciones que vemos en la cancha.

 

Durante las semanas en las que México se mantuvo dentro del torneo, los comercios cerraron temprano, las familias se congregaron en torno a la pantalla, los puntos de reunión alcanzaron su capacidad máxima… Brincamos, celebramos, bailamos, lloramos cada vez que nuestra selección anotó un gol, pero ¿por qué nos comportamos de esta forma? Nosotros no jugamos el partido, tampoco recibimos un beneficio directo o tangible, ni experimentamos la derrota de manera personal.

 

Somos seres sociales, por lo que, durante los partidos, el sentido de pertenecía activó las vías dopaminérgicas -redes neuronales que emplean la dopamina para el envío de mensajes- en el núcleo accumbens -región del cerebro perteneciente al sistema de recompensa, motivación y el circuito del placer- más que cualquier otra recompensa física.

 

La dopamina, el neurotransmisor que ayuda a la anticipación de recompensas, fue la encargada de convencer a los aficionados a pagar grandes cantidades de dinero por un boleto, soportar horas en el tráfico y, reunirse con familiares y amigos. Acciones impulsadas por la expectativa de «gloria colectiva», porque sentir que el equipo que nos representa gana, nos hace sentir ganadores. No fueron 11 jugadores en la cancha, sino millones de personas sincronizando su sistema nervioso.

 

Una vez más, la dopamina fue la encargada de la motivación. Nos llena de euforia en las victorias y nos hace sentir nuestro el triunfo del país. La magia del Mundial no inició en el momento en el que el balón rodó en el césped, sino tiempo antes, cuando el cerebro de millones de mexicanos se unió para anticipar y vivir los partidos como propios.

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