ECOLOGÍA RIZOMÁTICA HOY
28 de agosto de 2026
Dr. Pedro Joaquín Gutiérrez-Yurrita
Como fue abordado en la primera parte de este trabajo, la zona zombi de la ciencia no señala deficiencias científicas, conceptuales o tecnológicas del investigador, ni mucho menos hace referencia a una baja calidad de su trabajo y publicaciones. Hace referencia a que el paradigma publish or perish (publica o muere) ha dominado la evaluación del desempeño académico durante las últimas décadas, al privilegiar la productividad científica medida mediante el número de publicaciones, citas, el índice h y el factor de impacto de las revistas.
Este modelo ha sido objeto de crecientes cuestionamientos, debido a que asume que dichos indicadores representan adecuadamente la calidad, el impacto y la excelencia científica, ignorando las profundas diferencias epistemológicas, metodológicas y culturales entre disciplinas.
Dos factores más se suman a la ecuación para «medir» la calidad de un investigador. El primero refiere a tomar de manera específica el tiempo que requiere para concluir ciertas investigaciones y tener resultados confiables para la ciencia. No es lo mismo un estudio de acuicultura en laboratorio o en granja, bajo condiciones semicontroladas, que uno de ecología de criptohumedales o ecología pesquera marina; el primero puede desarrollarse con ensayos en laboratorio y generar varios artículos en pocos meses, mientras que el segundo, requiere mayor presupuesto y tiempo para generar resultados.
El segundo factor es la cantidad de revistas en algunos temas y su periodicidad de publicación. Algunos temas como bioquímica, tecnología o inteligencia artificial tienen muchas revistas semanales o mensuales, mientras que temas como ecología del paisaje, derecho ambiental o gobernanza son semestrales, anuales o monográficas, sacándolas como libros o artículos en extenso de congresos internacionales.
Uno de los efectos negativos de esta política de evaluación de los investigadores consiste en la creciente influencia que los sistemas de evaluación ejercen sobre la selección de los temas de investigación. Aunque la ciencia suele presentarse como una actividad guiada exclusivamente por la curiosidad, la preferencia de un tema por el investigador, la búsqueda de conocimiento o la solución de problemas sociales (agendas científicas), en la práctica, también responden a incentivos institucionales, financieros y bibliométricos.
Los investigadores saben que determinadas áreas poseen mayores probabilidades de obtener recursos, publicarse en revistas de alto impacto y alcanzar una mayor visibilidad internacional. En consecuencia, la elección de los problemas científicos deja de depender únicamente de su relevancia para la sociedad y comienza a estar condicionada por las reglas mediante las cuales será evaluado el propio investigador.
Ejemplos de estas situaciones los tenemos en investigaciones sobre ecología rizomática, gobernanza ambiental, justicia ecológica o identidad comunitaria como factor de conservación del territorio. Aunque estos trabajos pueden contribuir directamente al diseño de políticas de Estado que posteriormente se tornan públicas, al manejo sostenible de los recursos naturales y al fortalecimiento de la resiliencia socioecológica, su impacto rara vez se refleja de manera proporcional en los indicadores bibliométricos tradicionales. El valor del conocimiento se manifiesta principalmente en decisiones de gestión, transformaciones institucionales y beneficios sociales de largo plazo, dimensiones que los sistemas de evaluación aún reconocen de forma limitada.
Las reflexiones en torno a este tema no pretenden cuestionar la utilidad de la bibliometría ni desconocer la importancia de las publicaciones científicas populares o con temas de moda. Los indicadores cuantitativos han contribuido significativamente a transparentar los procesos de evaluación y a fortalecer la comunicación científica internacional; sin embargo, cuando estos indicadores se convierten en el criterio predominante para definir la excelencia académica, existe el riesgo de favorecer investigaciones altamente visibles sobre aquellas que, aun siendo estratégicas para enfrentar desafíos como la crisis climática, la pérdida de biodiversidad o la seguridad hídrica, pertenecen a campos menos numerosos y, por ello, menos citados.
Las recientes reformas a los sistemas institucionales (nacionales e internacionales) de evaluación de un trabajo científico y de la trayectoria de un investigador, impulsadas por organismos internacionales como DORA (Declaration on Research Assessment 2013), UNESCO (Recommendation on Open Science 2021), CoARA (Coalition for Advancing Research Assessment 2022), y OCDE (Science, Technology and Innovation Outlook 2023: Enabling Transitions in Times of Disruption 2023), apuntan hacia una evaluación más amplia y contextualizada de la investigación. Conceptos como evaluación responsable, bibliometría descriptiva y/o representativa, currículos narrativos y/o explicativos, impacto social y/o político y diversidad de productos científicos reflejan un cambio de modelo de evaluación.
La excelencia científica debe medirse, o al menos debería medirse, por la capacidad que tiene para generar conocimiento y potencial en resolver problemas complejos, fortalecer las políticas públicas, formar nuevas generaciones de investigadores y crear beneficios tangibles para la sociedad. En última instancia, el debate sobre la medición de la excelencia trasciende la discusión sobre indicadores bibliométricos.
La pregunta central que ahora emerge es de naturaleza política y ética: ¿están los sistemas de evaluación incentivando la producción del conocimiento que la sociedad necesita o prima la que resulta más visible dentro de los mecanismos contemporáneos de reconocimiento académico? La respuesta a esta interrogante determinará no sólo la trayectoria de miles de investigadores, sino también la capacidad de la ciencia para responder a los grandes desafíos ambientales, sociales y tecnológicos del siglo XXI; muchos de los cuales deben abordarse de manera transdisciplinaria y con decidido apoyo social y político.
El concepto que propongo, «zona zombi de la ciencia», plantea una hipótesis sobre las consecuencias de las políticas actuales de evaluación; no es una figura literaria ni mucho menos científica, de tal manera que se puede formular de la siguiente manera: La «zona zombi de la ciencia» es una categoría analítica para describir aquellas investigaciones de alta pertinencia científica y social, cuyo reconocimiento académico resulta limitado debido a una desalineación entre los sistemas de evaluación y las características propias de determinados campos del conocimiento.
Este concepto surge como un oxímoron al formarse por la contradicción que conlleva una alta productividad científica de calidad, pero con baja citación científica y reconocimiento institucional. Reconocimiento que repercute en que no se apoyen con regularidad ni con suficientes recursos económicos investigaciones con poca visibilidad, ni se creen estímulos económicos para los investigadores que las realizan, de tal forma, que se fomente su participación en investigaciones que pueden ser la frontera de la ciencia que está por crecer, como la ecología rizomática, por supuesto.