DOPAMINA SIN FILTRO

 20 de julio de 2026

¿Hambre o antojo?

Fotografía: Julieta Espinosa 2026

Leilani Reséndiz

La dopamina, popularizada en gran medida en los últimos años, es asociada con la felicidad y el placer. Es un neurotransmisor, es decir, una molécula que posibilita la comunicación entre dos neuronas, cuya producción, transmisión y regulación dependen de un sistema en nuestro cerebro: el sistema dopaminérgico.

 

La dopamina participa en muchas de nuestras decisiones cotidianas: el impulso de comprar, alimentarnos, establecer vínculos, escuchar a un grupo musical en particular, etc. Es un pilar de las decisiones de la sociedad moderna, cuyo entendimiento no significa eliminar el disfrute de experiencias, sino el descubrimiento del trasfondo científico que está detrás de ellas.

 

La comida es un estímulo primario primordial que, junto con el sexo y la interacción social, garantiza la supervivencia de nuestra especie. Los alimentos nos proporcionan energía para un rendimiento óptimo, al tiempo que nos brindan satisfacción.

 

La vía mesolímbica -circuito dopaminérgico que regula el sistema de recompensa cerebral, la motivación y el placer- libera dopamina como resultado de la evolución; y es que cuando nuestros antepasados encontraban fruta madura o una fuente de grasa, dicha vía liberaba el neurotransmisor con la finalidad de volver a encontrar esos alimentos para obtener la energía que les proporcionaban.

 

La dopamina no sólo regula el placer sino propicia un aprendizaje que nos lleva a repetir acciones específicas. La leptina y grelina, hormonas que se encargan del hambre y la saciedad, trabajan en conjunto para originar la conducta de comer, aunque también desempeñan un papel importante sobre las variantes hedónicas y emocionales.

 

Aprendimos a usar la comida como representación cultural y, a veces, como refugio emocional -debido a sus liberaciones químicas que ayudan a disminuir el estrés y los estados negativos-, ampliando su función a algo más que sólo alimentarnos.

 

En los años 70 y 80 del siglo XX, la ciencia de los alimentos -en alianza con la industria- inició la comercialización masiva de la comida. Así, la ingeniería de los alimentos se encarga de diseñar productos que no podemos parar de comer, basados en la triada perfecta: azúcar-grasas-sal, casi inexistente de forma natural.

 

Nuestro cuerpo no está preparado para dichas combinaciones artificiales, que generan un gran disparo de dopamina y endorfinas que naturalmente no obtendríamos de los alimentos, lo que hace que sea imposible dejar de comerlos. Su fácil acceso y bajo costo incentiva su consumo generando un desequilibrio en nuestros neurotransmisores.

 

El manual DM-5 no refiere a una adicción a la comida, haciendo mención sólo al trastorno por atracón -que involucra comer una gran cantidad de comida para después evacuarla rápidamente-, sin embargo, la comunidad científica ha encontrado que estos alimentos pueden tener características similares al consumo de sustancias, como la regulación a la baja de receptores.

 

Estímulos naturales, como una manzana, ya no tienen efecto alguno con su azúcar natural, incrementando consecuentemente la demanda de comida chatarra para experimentar una sensación de normalidad y la ocurrencia de problemas de sobrepeso, obesidad y deterioró en la salud.

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