CIENCIA HOY

20.10.2026

Geoterrorismo: La difícil travesía de la naturaleza humana desde la barbarie

Ilustración: Jorge Alcántara 2026

Elvira Ortega Lara1, José Joaquín Ruiz Guzmán2, José Luis Ruiz Guzmán1, Víctor M. Castaño3

 

1.-Facultad de Estudios Superiores-Cuautitlán, UNAM

2.-Facultad de Contaduría y Administración, UNAM

3.-Centro de Física Aplicada y Tecnología Avanzada, UNAM

Fotografía: Jorge Alcántara

El fenómeno que aquí denominamos «geoterrorismo» -la instrumentalización del territorio, los recursos naturales y las poblaciones que los habitan como vectores de violencia política- no constituye una novedad histórica en lo absoluto, pero sí adquiere una configuración cualitativamente distinta en el siglo XXI. Para comprender su naturaleza, resulta imperativo retornar a la alegoría platónica de la caverna, no como mero recurso retórico, sino como matriz epistemológica que ilumina las condiciones de posibilidad del conocimiento político en contextos de terror territorializado.

 

En el Libro VII de La República, Platón describe a prisioneros encadenados desde su nacimiento en el fondo de una caverna, obligados a contemplar únicamente sombras proyectadas en una pared, sombras que confunden con la realidad misma. Cuando uno es liberado y asciende hacia la luz, experimenta primero dolor, luego desconcierto y, finalmente, la revelación de que cuanto conocía no era sino apariencia. El retorno a la caverna, sin embargo, no garantiza la aceptación de la verdad por parte de quienes permanecen encadenados; por el contrario, el liberado se convierte en objeto de burla y, potencialmente, de violencia.

 

Esta estructura alegórica permite formular una hipótesis central: el geoterrorismo opera precisamente en el espacio indeterminado entre las sombras y la realidad, entre la percepción mediada y el territorio material. Las poblaciones sujetas a violencia geopolítica no sólo habitan un territorio físico; habitan una caverna discursiva donde las categorías de «terrorista», «extremista» y «amenaza civilizacional» funcionan como sombras proyectadas por aparatos de poder que permanecen invisibles para quienes las padecen. La pregunta fundamental -¿quién proyecta las sombras y con qué fines?- constituye el punto de partida de toda aproximación crítica al fenómeno.

 

La categoría de terrorismo ha experimentado, desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, una expansión semántica sin precedentes que ha vaciado de contenido su precisión analítica. En el discurso de la «guerra contra el terror», prácticamente cualquier actor no estatal que emplee violencia política contra intereses hegemónicos (de cualquier tinte político) puede ser clasificado como terrorista, mientras que violencias estatales de magnitud comparable -o superior- permanecen fuera de esa categorización.

 

El geoterrorismo, tal como lo entendemos aquí, no se limita a la violencia que tiene lugar en un territorio determinado, sino que designa la producción deliberada de espacios de terror mediante la articulación de estrategias geopolíticas, económicas, éticas y jurídicas. Como señalan varios estudios sobre geografía política y geopolítica, el geoterrorismo involucra variables que incluyen el control de recursos estratégicos, la manipulación de fronteras, la destrucción de medios de subsistencia y la creación de «paisajes del miedo» que transforman la relación de las comunidades con su entorno.

 

La distinción entre barbarie estratégico-político-democrática y salvajismo táctico-jurídico-económico-institucional no es meramente retórica, designa dos momentos complementarios de un mismo proceso: el primero, la formulación de doctrinas de seguridad que se presentan como defensa de la democracia y la civilización; el segundo, la implementación de dispositivos jurídicos, económicos e institucionales que producen violencia sistemática sin necesidad de declararla explícitamente. La «barbarie» se disfraza de estrategia racional; el «salvajismo» opera a través de mecanismos legales, contractuales y administrativos que normalizan la destrucción.

 

La antropología política contemporánea ha comenzado a explorar lo que Zeynep Oguz denomina «relaciones geosociales»: la imbricación entre formaciones geológicas, procesos extractivos y violencia colonial. En su etnografía sobre la exploración de esquisto bituminoso en el suroeste de Turquía durante la escalada del conflicto kurdo en 2015, Oguz demuestra cómo la desestimación de la guerra y la exploración de hidrocarburos se entrelazan para clausurar posibilidades políticas y éticas. La violencia no se limita a los cuerpos humanos; se extiende a las formaciones geológicas que son transformadas, extraídas y contaminadas.

 

Esta perspectiva permite comprender que el geoterrorismo no es únicamente una cuestión de control territorial, sino de geopoder: la capacidad de imponer una ontología que separa lo «vivo» de lo «no-vivo», lo «humano» de lo «geológico», para justificar la explotación ilimitada de ambos. Las poblaciones que habitan territorios ricos en recursos estratégicos se convierten, en esta lógica, en obstáculos geológicos: materia inerte que debe ser removida o, en su defecto, contenida mediante dispositivos de seguridad.

 

Irfan Ahmad, antropólogo político y Senior Research Fellow en el Max Planck Institute for the Study of Religious and Ethnic Diversity, ha desarrollado una de las críticas más incisivas al discurso contemporáneo sobre el terrorismo. Su obra Terrorism in Question: Decolonizing Anthropology and the Study of Islam, parte de una pregunta aparentemente simple pero profundamente desestabilizadora: ¿quién necesita la categoría de «terrorista»? La respuesta que Ahmad elabora a lo largo de su trabajo sostiene que el discurso predominante sobre el terrorismo es fundamentalmente neocolonial.

 

Las definiciones de «terrorismo» y «extremismo» son formuladas por élites políticas y académicas de potencias hegemónicas que perciben a las sociedades no hegemónicas a través de una lente profundamente colonial. Esta estructura clasificatoria no promueve el diálogo ni aborda las causas fundamentales de los agravios políticos; por el contrario, etiqueta a determinados actores como inherentemente irracionales y fanáticos, dejando la respuesta militar como única opción legítima.

 

La «guerra contra el terror» establecida tras el 11-S creó un paradigma geopolítico dominante que continúa moldeando las relaciones internacionales y las políticas de seguridad a nivel global. Ahmad argumenta que, tras el fin de la Guerra Fría, las potencias occidentales buscaron activamente un nuevo adversario global para justificar sus enormes aparatos de seguridad. Ese vacío fue llenado por la construcción del «terrorismo islámico» o «yihadismo», que retrató a árabes y musulmanes como la amenaza civilizacional definitiva.

 

Uno de los conceptos centrales en la obra de Ahmad es el de «blanqueamiento epistémico»: la omisión sistemática del papel del nacionalismo y del Estado-nación en la violencia política dentro del discurso sobre seguridad. El análisis centrado en varios países occidentales se concentra casi exclusivamente en la teología islámica como fuente de violencia, mientras ignora las dinámicas violentas de otros nacionalismos religiosos. Ahmad cita estudios de caso como el nacionalismo budista en Myanmar y el nacionalismo hindú en India, que han provocado violencia política grave pero raramente reciben la misma clasificación global de «terroristas» o el mismo escrutinio teológico aplicado a los movimientos de países musulmanes.

 

Esta selectividad no es un accidente analítico, sino un dispositivo de poder. Los rótulos de «terrorista» se aplican de manera selectiva para satisfacer agendas geopolíticas, como demuestra el cambio de postura de India, que pasó a dialogar con los talibanes cuando ello convenía a sus intereses estratégicos. El terrorismo, en esta lógica, no es una categoría descriptiva sino performativa: nombra a un enemigo para producir el efecto de amenaza que justifica la violencia contra él.

 

Frente a la caracterización de los «terroristas musulmanes» como antimodernos, bárbaros y fanáticos, Ahmad propone una reinterpretación radical: teorizarlos como «amigos radicales de la igualdad» y «visionarios de una política ética no reconocida». Esta formulación no implica, de ninguna manera, una apología de la violencia, sino una negativa a aceptar la dicotomía colonial que opone la racionalidad occidental a la irracionalidad no occidental.

 

La implicación para el análisis del geoterrorismo es significativa. Si las categorías de terrorismo son construcciones discursivas al servicio de proyectos hegemónicos, entonces el geoterrorismo debe ser entendido no como una amenaza externa a la civilización, sino como una tecnología de poder que produce aquello que dice combatir.

 

La caverna platónica se actualiza: las sombras proyectadas en la pared son las imágenes del «terrorista» que el aparato de seguridad necesita para justificar su propia existencia. El siguiente paso en este esquema de geoterrorismo es el asignar la etiqueta de «terrorista» a cualquier persona y/o organización que convenga a los intereses cavernarios.

T-MEC: el papel estratégico del CENAM en México y Norteamérica

Dr. César Alonso Gutiérrez Rojas

La crisis del diésel y el decrecimien-to forzado

Dr. Luca Ferrari

La UNAM y la Universidad de Groningen fortalecen investigación en bio-materiales y nano-medicina

L.P.C. Julieta Espinosa

¡SERENDIPIAS!

Aspartamo

Maratón en streaming, la neurobiología de quedarse «picado»

Leilani Reséndiz

Contacto:

TELÉFONO:

+52 442/2169343

CORREO ELECTRÓNICO: 

contacto@revistaserendipia.com

revista.serendipia@gmail.com

Síguenos en:

Versión para imprimir | Mapa del sitio
© Julieta Isabel Espinosa Rentería