EN BREVE
30.10.2026
L.P.C. Julieta Espinosa
Jim Matheson, inversor, director de consejo y asesor de empresas líderes y firmas de capital de riesgo, es uno de los siete docentes de la Escuela de Negocios de Harvard que cuentan con un clon digital, capaz de entablar conversaciones simuladas con sus estudiantes.
Es HBS Foundry, un programa ofertado desde abril de 2026, consistente en un curso virtual de ocho semanas en las que emprendedores y estudiantes de posgrado tienen la posibilidad de simular presentaciones para inversores, mediadas por avatares creados por inteligencia artificial.
Dicho ecosistema de aceleración de emprendimiento deja al descubierto la necesidad de humanizar y personalizar la interacción con chatbots en la educación. No sólo eso, también llama a la reflexión sobre qué es aquello irremplazable en el humano dentro del aula, cuando la voz, el tono y el conocimiento experto son imitados por la inteligencia artificial.
La respuesta está en el desarrollo de pensamiento crítico en los estudiantes; una fortaleza humana en la que los docentes han de centrar sus esfuerzos, dejando a un lado la competencia infructuosa con la inteligencia artificial en cuanto a la transmisión de conocimientos.
¿Qué es el criterio y el pensamiento crítico? De acuerdo con el filósofo y educador estadounidense Matthew Lipman, en su libro Thinking in education, el criterio «es una regla o un principio utilizado para hacer un juicio»; mientras que el pensamiento crítico «es un pensamiento reflexivo que facilita el buen juicio porque se basa en criterios, es autocorrectivo y es sensible de contexto».
Inmersos en un mundo en el que el estudiante consume y produce contenidos digitales generados por humanos con o sin la mediación de la inteligencia artificial, es preciso poner a prueba estos conceptos y preguntarnos: ¿el estudiante tiene la capacidad de analizar, contrastar, detectar sesgos, evaluar fuentes de información y realizar preguntas asertivas?, ¿cuenta con un juicio maduro, ético y contextual que le permita decidir qué hacer con la vorágine de información y tecnología a la que está expuesto?
La búsqueda de la respuesta no debe centrase únicamente en la observación del comportamiento del estudiante, sino de la acción docente ante el contexto planteado. ¿Estamos propiciando el consumo eficiente de respuestas prehechas por la máquina o la creación de preguntas nacidas de la reflexión profunda y sustentada?
Es entonces que la figura del docente resurge en importancia, al constituirse como un ente irremplazable en la formación de la capacidad de dudar, asombrarse y discernir éticamente en los estudiantes.
Para comprender el rol actual del docente, es necesario observar el recuento de su evolución, en el entendido de que cada transformación ha sido un reflejo de las necesidades epistemológicas, sociales y tecnológicas de cada época.
En este sentido, pueden distinguirse cuatro fases en dicha metamorfosis. La primera, en la que el docente es concebido como facilitador del descubrimiento interior a partir del diálogo; la segunda, cuyo propósito está centrado en la transmisión ordenada y enciclopédica de conocimientos; la tercera, devenido en un rol de mediador y facilitador del aprendizaje; y la cuarta, constituido como arquitecto de experiencias de aprendizaje, curador de sentido y mentor ético.
Ser arquitecto de experiencias de aprendizaje exige el dominio del campo de conocimiento a abordar, la habilidad tecnológica para diseñar entornos digitales de aprendizaje, así como el dominio pedagógico que posibilite la navegación reflexiva en entornos complejos.
A decir del experto en alfabetización mediática, David Buckinham, «el papel del profesor en la era digital no es suministrar información que los estudiantes pueden encontrar en cualquier lugar, sino actuar como un mediador pedagógico que diseña las condiciones para el análisis crítico de los medios».
Al regresar a la pregunta inicial sobre qué es aquello irremplazable en el humano dentro del aula, cuando la voz, el tono y el conocimiento experto son imitados por la inteligencia artificial, podemos decir que la investigación educativa enumera cuatro aportaciones humanas únicas e irremplazables:
En primer lugar, está la empatía, la lectura afectiva y la regulación socioemocional; capacidades que la inteligencia artificial es incapaz de replicar de manera genuina, destinando exclusivamente la construcción de vínculos cognitivos al docente humano.
El juicio ético y la interpretabilidad contextual es otra de las aportaciones humanas en el aula, ya que el docente no responde a patrones estadísticos ni inferencias probabilísticas, sino al discernimiento contextual fundado en la ética.
Modelar la vulnerabilidad y aprender a partir del error son otras capacidades meramente humanas, distantes de la generación óptima de respuestas, carentes de errores «humanos» y de reflexión ante el fallo.
Finalmente, y de crucial relevancia, está la construcción de comunidad y el fomento de la interacción social, lejanas de las interacciones individuales y atomizadas de la inteligencia artificial.
Dicho lo anterior, los docentes debemos encontrar en la inteligencia artificial una aliada para la realización de tareas administrativas y liberar, así, tiempo y energía aprovechables en el fortalecimiento del vínculo humano, la mentoría personalizada y el fomento del pensamiento crítico en los estudiantes.
Conocimiento, experiencia y contexto son los elementos que posibilitarán la formación de criterio y el desarrollo del pensamiento crítico; de ahí que la nueva exigencia docente sea la de poner en práctica una producción y consumo responsables de contenidos mediados por la inteligencia artificial, que permitan fomentar la curiosidad crítica e impedir el consumo pasivo de la tecnología en los estudiantes.
En la docencia actual, la tecnología es la herramienta y el ser humano, el propósito.
Este texto corresponde a la conferencia dictada en el encuentro Contigo Aprendemos: explorando el terrirorio STEM+, organizado por la Secretaría de Educación del Estado de Querétaro y realizado el 30 de octubre de 2026.