ECOLOGÍA RIZOMÁTICA HOY
29 de abril de 2026
Dr. Pedro Joaquín Gutiérrez-Yurrita
¿Paisajes encriptados? Parece un término de informática referente a un mensaje cifrado mediante un proceso de protección de la información o datos que conlleva, realizado con algoritmos y modelos matemáticos para mezclarlos con la información, de tal manera, que sólo con las claves correctas pueda descifrarse, esto es, salir a la luz. Pero no, no hablaré de informática, aunque sí de encriptación; una encriptación que, a decir de Galileo, tiene también un lenguaje matemático para entender la naturaleza.
Este hombre sabio, que vivió en las postrimerías del renacimiento (S. XV – S.XVI) y el apenas inicio del desarrollo de las ciencias o del conocimiento con método científico y muy matematizado (S. XVII), escribió en il Saggiatore: «La filosofía […] quiero decir, el universo […]. Está escrita en lengua matemática y sus caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas, sin las cuales es imposible entender ni una palabra; sin ellos es como girar vanamente en un oscuro laberinto».
El idioma matemático, aún sin saber si es un descubrimiento o un invento de la humanidad -como se hubo conjeturado desde siglos atrás-, tiene la belleza de la poesía y, en ella, deja ver la naturaleza. Beaudelaire, en Fleurs du mal, inicia su poema Correspondances así: «La naturaleza es un templo donde pilares vivientes a veces emiten palabras confusas; el hombre atraviesa bosques de símbolos que lo observan con miradas familiares».
Así como estos dos ejemplos sobre la importancia de los símbolos en la matematización de la naturaleza, hay millares de ellos, pero, en particular, muy poco se habla de los símbolos que no percibimos directamente con nuestro sentido de la vista.
Somos monos aún y nuestro sentido de la vista es por mucho el más usado, aunque se ayude constantemente de los otros cinco sentidos organolépticos: olfato, gusto, tacto, oído y equilibrio -este último casi no lo contamos, pero el órgano del equilibrio está ubicado en el oído interno y su principal función es detectar el movimiento, la posición de la cabeza y la orientación espacial, esto es, se encarga del sistema vesicular-.
Hablando de los sentidos para percibir nuestro ambiente externo, debo mencionar que también, como buenos primates, tenemos un séptimo sentido -antes llamado sexto sentido-, que no depende de un órgano específico: la intuición.
Siendo más específicos para el tema que nos ocupa, que es la naturaleza y su interpretación a través de una ciencia «formal» conocida como matemáticas, al igual que la lógica -a diferencia de las ciencias «fácticas» como la biología o la física-, el séptimo sentido lo dividimos en dos:
¿Y todo esto, a colación de qué viene? Simple, no todo lo que vemos en un paisaje es lo que sucede en él. No todo lo que oímos, olemos, degustamos y palpamos se encuentra presente en el paisaje. Hay mucho más, como Hamlet le dice a un amigo: «Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, que las que sueña tu filosofía».
Eso que no vemos en el paisaje, que está en algunos símbolos matemáticos, en la armonía y belleza, y en nuestro séptimo sentido, es el criptohumedal, por mencionarlo como un sistema de lo más relevante para la conservación ecológica, la preservación de la biodiversidad y el mantenimiento del vínculo biocultural en el paisaje.
El criptohumedal es un humedal donde el agua, que procede de flujos subterráneos principalmente, nunca o muy raramente llega a emerger a la superficie y sus procesos ecológicos subyacen escondidos en el paisaje; así, su grado de deterioro o destrucción sólo será evidente cuando sea irreparable.
No obstante su gran relevancia en la conservación de humedales y otros ecosistemas megadiversos, su valor no está siendo recogido en programas de conservación y, por supuesto, en ninguna ley nacional ni normativa internacional, ni siquiera al tomar en cuenta que la polución y contaminación; el cambio climático humano, natural o mixto; la construcción urbana, carretera y otras vías de comunicación; y la agricultura, ya sea intensiva o bajo esquemas llamados sustentables o ecológicos, amenazan este paisaje de manera incesante pero invisible… hasta que el daño se hace evidente en la superficie, cuando el ecosistema ripario, pastizal e, incluso, boscoso sufre deterioro ecológico evidente.
Hablando del origen, como debe ser, recordemos que el término criptohumedal proviene del griego: kryptós = oculto y se usa para describir ecosistemas húmedos, donde el agua subterránea está presente y activa, del tal manera, que permite la existencia de gran variedad de formas de vida -especialmente la de herbáceas e insectos-, procesos y funciones ecológicas esenciales que trascienden un tipo establecido de ecosistema, pero no necesariamente aflora a la superficie de forma visible o permanente.
Algunas funciones ecológicas importantes que favorecen los criptohumedales son el mantenimiento de zonas con alta saturación hídrica en el suelo, debido a filtraciones naturales de acuíferos profundos y superficiales. Esta saturación hídrica también sostiene el manto freático y su funcionalidad ecosistémica.
La emergencia del agua de un criptohumedal -producto de las lluvias o cambios estacionales-, al ser intermitente, promueve al desarrollo de poblaciones de plantas y animales estacionales, y de brotes momentáneos, que dependen fuertemente del régimen hídrico y del hidroperiodo del sistema. Estas funciones ecológicas son utilizadas desde la antigüedad por varias culturas, creando verdaderos y eficaces paisajes bioculturales hasta la fecha.
Como ahora sabemos, el criptohumedal es un paisaje encriptado, que tiene funciones naturales que hacen sinergia con las de humedales y los usos que hacemos de ellos, pero su mayor sensibilidad demanda que su preservación sea diferente y, urgentemente reconocida y regulada.