TIERRA DEL ZORRO Y EL ERIZO
02.09.2026
Dr. Eduardo Becerra Torres
El verano ha llegado y es asociado con la idea de disfrutar algunos días en las playas y admirar la inmensidad de los océanos, más aún en países como México, rodeado por costas. En este escenario, alguna vez te has preguntado por qué el mar es salado, por qué no toda el agua es del mismo color azul o cómo los océanos son clave para regular la temperatura del planeta. En esta columna me encantará acompañarte y sorprenderte por el inmenso mar azul.
La primera pregunta responderé es la centrada en la característica más prevaleciente del océano: la salinidad. El agua percibida como salada es producto de la concentración de átomos cargados, conocidos como iones. Estos iones son principalmente de sodio (Na) y cloro (Cl), aunque el agua marina puede tener una amplia gama de iones: calcio, potasio, nitrógeno, carbonato, entre otros.
Toda el agua natural tiene estos iones; la clave de la percepción de salinidad está en sus cantidades presentes en un litro, es decir, en su concentración. El agua bebible regularmente tiene 100 mg por litro; el agua percibida ligeramente salada (como algunos lagos) puede alcanzar 3000 mg por litro. En contraste, el océano contiene 35 000 mg por litro de iones en promedio. Por si se lo preguntaban, el lago de Texcoco, reconocido históricamente como salado, tiene una concentración aproximada de 80 000 mg por litro. En futuras contribuciones profundizaré en este impresionante cuerpo de agua.
Estos son grandes e interesantes datos, pero no hemos explicado cómo llegan estos iones al océano. Todos comienzan en los continentes, específicamente, en las montañas y los ríos que nacen en ellas. Toda el agua de lluvia reacciona con el dióxido de carbono (CO₂) de la atmósfera; un proceso que ha ocurrido por muchos millones de años -no fue iniciado por el CO₂ antropogénico, aunque sí incrementado- y que resulta en que las aguas naturales sean ligeramente ácidas.
Esta agua acidificada produce reacciones en cada mineral de las rocas que forman nuestras montañas, disolviéndolas de a poco, pero suficientemente para que cantidades de iones de Na, Ca y otros se concentren progresivamente en el agua. El océano es salado porque ha sido receptor de estos ríos y sus iones por millones de años. La próxima vez que tragues agua de mar en un descuido, imagina que estás asimilando iones de rocas de varios millones de años atrás, de montañas quizás tan lejanas de la costa que no alcanzas a ver en el horizonte.
Con ese buen sorbo pasemos al color. El color azul más identificado con los mares se explica de una forma relativamente simple, como resultado de la absorción del sector del espectro lumínico correspondiente a los colores rojos-amarillos, reconocidos como ondas largas de baja energía y, el reflejo y dispersión de las ondas cortas y de alta energía del espectro azul.
Debido a que este fenómeno lumínico depende de cómo se absorbe o refleje la luz, el color de un mar puede variar en función de sus componentes como iones, sedimentos o incluso organismos vivos. El caso más reconocido es el verde azulado turquesa del Mar Caribe; este color se explica por la presencia de microcristales de calcita, el mineral principal de las costas blancas calcáreas del Caribe.
Manifestado en sus playas y también en su alta producción de corales, estas pequeñas partículas de calcita reflejan un rango del espectro más amplio, alcanzando los azules brillantes y verdes. Este color es reproducible en cualquier cuerpo de agua contenido en roca caliza, desde los cenotes de Yucatán o los ríos de la Sierra Gorda, hasta las albercas cubiertas con chukum en Mérida.
Mientras que nos perdemos en el fantástico mundo de color oceánico, pasemos a conversar sobre cómo los océanos son el termostato del planeta. El agua tiene múltiples propiedades particulares, pero nos centraremos en su alta capacidad calorífica. Esta propiedad nos indica cuánta energía requiere el agua para elevar un grado Celsius de temperatura, es decir, el agua almacena importantes cantidades de energía cuando alcanza 20 °C o 25 °C. La clave para que funcione como control térmico de la Tierra está en que esa energía que almacena tampoco es fácil que la pierda.
Entonces, los cuerpos de agua oceánica cálida de nuestras costas tropicales en el Golfo de México retienen relevantes cantidades de energía calorífica, que es transportada mediante corrientes a mayores latitudes como el norte de Europa. Esa corriente, llamada del Golfo, disipa este calor, evitando que en estas zonas del norte se tenga un clima significativamente menos frío que su contraparte americana.
En datos, podemos comparar el invierno en Inglaterra, que gracias a la Corriente del Golfo tiene una temperatura promedio de 7 °C, mientras que a la misma latitud norte se encuentra la Columbia Británica en Canadá con -5 °C en promedio durante el invierno. Más aún, los cuerpos oceánicos no solo evitan que se congelen ciertas regiones en invierno, sino que también reducen los picos de alta temperatura en verano, por lo tanto, el océano permite tener unas condiciones térmicas y climáticas menos extremas.
Es cierto que este inmenso cuerpo líquido, que sobrepasa en superficie a la Tierra que caminamos, tiene aún muchas incógnitas y es clave para explicar montones más de procesos de nuestro planeta, pero para este tiempo veraniego me parece que es suficiente. Suficiente para dejarles una sana curiosidad y amplia admiración hacia el horizonte infinito cerrado en un atardecer, que nos puede ofrecer la vista de estas playas de verano vacacional. Los océanos no solo son fuente de belleza infinita, también son complemento fundamental de nuestra existencia en la Tierra.