ECOLOGÍA RIZOMÁTICA HOY
16 de julio de 2026
Dr. Pedro Joaquín Gutiérrez-Yurrita
Imaginemos juntos a dos investigadores:
Investigador A
Investigador B
¿Significa que el investigador B es peor que el A y que merezca menos reconocimiento institucional? No necesariamente. Es posible que esté abordando un problema con enorme relevancia ecológica y social, pero con una comunidad científica mucho más reducida y, por tanto, con un techo natural de citación mucho más bajo.
Los criptohumedales, siguiendo con el ejemplo anterior, son ecosistemas poco conocidos, incluso, entre especialistas de ecología acuática. De estos últimos, un número reducido de expertos aborda su estudio con visión de ecología rizomática por lo complejo y dilatado que es tener información científica para publicar sobre sus funciones ecológicas y beneficios a la humanidad: regulación hidrológica, provisión de servicios ecosistémicos, mantenimiento de acuíferos, almacenamiento de carbono, mitigación del cambio climático, conservación de biodiversidad y un largo etcétera de beneficios -directos e indirectos- para la humanidad y la vida del planeta como la conocemos, pero encriptados.
Como el número de investigadores que trabaja específicamente en criptohumedales es reducido, incluso, un estudio excelente tendrá un potencial de citación menor que uno sobre cambio climático global o inteligencia artificial, a menos de que ocurra una catástrofe predicha por el estudio. Entonces sí, se popularizará y volverá viral en redes sociales, aunque no necesariamente científicas, que son las que generan citas medibles y, que promueven invitaciones a conferencias y a proyectos de investigación interdisciplinarios, internacionales y nacionales. Las instituciones, entonces, mirarán nuevamente a dichos investigadores y hasta, posiblemente, les asignarán más fondos de los que tenían normalmente.
Hasta ahora, el mundo de la ciencia en las academias, universidades, centros de investigación y organizaciones similares, distingue la calidad del investigador por tres factores: productividad, impacto y visibilidad a través de citas. Rara vez reconoce explícitamente a quienes tienen alta productividad de buena calidad, pero bajo impacto y poco reconocimiento institucional por no contar con muchas citas. Aquí aparece otra pregunta clave: ¿Debe un investigador «abandonar» un tema que le atrae y que es estratégicamente importante para su país sólo porque genera menos citas, reconocimiento inmediato y recursos económicos?
Si, por ejemplo, la mayor pasión científica de un investigador es la ecología de criptohumedales y la ecofisiología de cambáridos, ambos en ecosistemas de montaña templada, para obtener recursos suficientes para explorar estos temas con la profundidad que se necesita, debe colocar, en primer plano, temas que pueden gustar pero que no son la pasión del investigador, como: restauración de ecosistemas y humedales, derecho ambiental en comunidades rurales, evaluación de riesgo de desastres socioecológicos por eventos climáticos, justicia ambiental, entre otros.
Es verdad que la amplitud del tema para desarrollarlo debe tener una base ecológica de los humedales y de la biota del sistema, incluyendo criptohumedales y cambáridos, pero éstos son subtemas y no el centro de la investigación y, para vivir en ciencia, primero se debe publicar sobre los temas de interés nacional y luego sobre los de interés personal.
Durante más de cinco décadas, el paradigma publish or perish (publica o muere) ha orientado la carrera científica en gran parte del mundo. Bajo esta lógica, la productividad académica, el número de publicaciones, las citas recibidas, el índice h y el impacto de las revistas se convirtieron en los principales indicadores para evaluar investigadores, asignar financiamiento, otorgar promociones y definir el prestigio institucional.
Este modelo ha contribuido a fortalecer la profesionalización de la investigación y a establecer estándares internacionales de calidad editorial, sin embargo, también ha generado efectos no previstos que hoy son objeto de un intenso debate en la política científica internacional. Uno de estos efectos consiste en la creciente influencia que los sistemas de evaluación ejercen sobre la selección de los temas de investigación, como se señaló anteriormente.
Aunque la ciencia suele presentarse como una actividad guiada exclusivamente por la curiosidad, la búsqueda de conocimiento o la solución de problemas sociales, en la práctica, las agendas científicas también responden a incentivos institucionales, financieros y bibliométricos. Los investigadores conocen que determinadas áreas poseen mayores probabilidades de obtener recursos, publicarse en revistas de alto impacto y alcanzar una mayor visibilidad internacional. En consecuencia, la elección de los problemas científicos deja de depender únicamente de su relevancia para la sociedad y comienza a estar condicionada por las reglas mediante las cuales será evaluado el propio investigador.
En este contexto, se propone el concepto de «zona zombi de la ciencia» para describir un fenómeno poco discutido en la literatura: la existencia de investigaciones científicamente rigurosas, socialmente pertinentes y potencialmente transformadoras, que permanecen escasamente visibles dentro del sistema académico porque pertenecen a comunidades científicas pequeñas, abordan problemas altamente especializados, publican en idiomas distintos del inglés o producen resultados cuyo impacto se manifiesta principalmente en la gestión del territorio, las políticas públicas o la conservación del patrimonio natural y cultural, más que en la acumulación de citas bibliográficas.
La «zona zombi» no representa una deficiencia del investigador ni una baja calidad de su trabajo, constituye, por el contrario, una consecuencia de la desviación o diferencia entre los criterios dominantes de evaluación y la diversidad de formas, mediante las cuales el conocimiento genera valor para la sociedad.
Un investigador puede mantener una producción constante, dirigir estudiantes, colaborar con comunidades locales, contribuir a reformas legales o desarrollar investigaciones fundamentales para comprender procesos ecológicos estratégicos y, sin embargo, recibir un reconocimiento limitado porque dichos aportes no coinciden con los indicadores que predominan en la evaluación científica contemporánea.
Estudiar criptohumedales con criterios de ecología rizomática es un ejemplo ilustrativo de esta situación. Se trata de ecosistemas discretos, poco conocidos -incluso dentro de la comunidad científica-, cuya importancia para la regulación hidrológica, la conservación de la biodiversidad, el almacenamiento de carbono y la resiliencia frente al cambio climático comienza apenas a ser comprendida.
Su estudio exige investigaciones de largo plazo, trabajo interdisciplinario y una estrecha vinculación con las condiciones ambientales y sociales de cada territorio. No obstante, precisamente por tratarse de un campo reducido y altamente especializado, la comunidad internacional de investigadores es limitada y, en consecuencia, las posibilidades de alcanzar elevados niveles de citación son menores que en áreas actualmente dominantes como la inteligencia artificial, las ciencias de datos informáticos y el cambio climático, que, además, producen publicaciones a corto plazo.