ECOLOGÍA DEL PAISAJE HOY

El apego al paisaje en México: entre la paradoja de la contradicción y la ecofronesis 

21.08.2019

Dr. Pedro Joaquín Gutiérrez-Yurrita

Desapego al paisaje mexicano. Composición: Jorge Alcántara 2019

El apego al paisaje mexicano se está perdiendo. Frase fuerte que hay que descomponer por conceptos y explicar desde el principio. En primer lugar, diré que el paisaje de acuerdo con la mayoría de los estudiosos de las ciencias del paisaje, especialmente los geógrafos y ecólogos, tiene varios elementos en su polisémica y no pocas veces polémica definición. Uno de sus elementos es que el paisaje debe ser un territorio, esto es, el paisaje no es pura abstracción, tiene una base geofísica. La dimensión espacial del paisaje permite que se desarrollen otros elementos sustanciales a la definición, como usos por los humanos.

 

Bajo esta perspectiva, entendemos que el espacio geofísico tiene una estructura no sólo geológica, sino también biológica y de asentamientos humanos (claro, somos animales y estamos dentro de la esfera biológica). El aprovechamiento de los recursos que componen un territorio son vistos por cada comunidad local de manera diferente, dado que el uso que se les da a los recursos es diferencial, además de distintivo de cada territorio. No es igual una comunidad en la selva lacandona que una comunidad en el desierto Mojave o en la sabana de Tanzania. Esto es, las particularidades geomorfológicas de cada territorio, a través del tiempo, han propiciado patrones de evolución que generan distintos biomas, y las comunidades humanas que han crecido en cada bioma, han creado su propio antroma, dada la disponibilidad de recursos naturales para su supervivencia y desarrollo.

 

En este sentido coevolutivo (naturaleza-sociedad humana), forja cada comunidad una cultura diferente a la de otras comunidades. Esa cultura les lleva a percibir su entorno de manera única, íntima, espiritual y mística, siendo el tercer elemento básico en la concepción del paisaje. Se crea un lazo de unión entre humano-naturaleza muy difícil de romper. Y esta percepción hace que el territorio deje de ser un espacio físico que cambia con el tiempo de forma natural e inducida por nuestras actividades y se convierta en un paisaje.

 

Paisaje natural más paisaje artificial, da como resultado el llamado medio humano, que tanto proclama Naciones Unidas (medio humano se llega a usar como sinónimo de medio ambiental), y los lazos culturales que tendimos con nuestro territorio nos apegan a él. No es condición natural de los humanos desapegarnos de las cosas, más bien, nos aferramos a ellas porque nos dan estabilidad emocional. Tenemos, entonces, que nosotros construimos el paisaje al mismo tiempo que el paisaje construye nuestra identidad y, con ello, a nosotros mismos y esta construcción mutua genera nuestro apego por el paisaje.

 

El apego es el segundo término a explicar. Con la mirada de la etología, significa tener un aprecio emocional intenso y duradero por cosas específicas. La teoría del apego se construye con un análisis conjunto entre diferentes disciplinas científicas, como la etología (comportamiento), psicología, evolución social, entre otras. El apego es ir un paso más allá sobre el concepto tradicional de paisaje.

 

Una comunidad percibe un territorio en el cual ha crecido y del cual ha vivido, de tal manera, que es el espacio vivido; un espacio que genera lazos afectivos que culminan en signos de identidad, una identidad que no permite desvincularnos fácilmente de nuestro terruño o, como se dice coloquialmente, de nuestra «patria chica» (patria bajo el concepto semántico del latín como lugar de nacimiento de los padres y de uno mismo, cohesionando nuestra historia social a la territorial), generando sentido afectivo al paisaje que hemos creado como colectivo y como individuo.

 

Hay que recordar que el paisaje tiene esa doble composición. Es tan personal como uno mismo, pero también tan social como nuestra historia y cultura viviendo en comunidad. El paisaje es, entonces, el objeto de nuestra percepción; una percepción que por más que intentemos siempre será subjetiva, íntima, convirtiéndonos en sujeto del paisaje. Esta idea, un poco extraña, se ha empezado a abordar bajo el estudio de la ecofronesis.

 

La ecofronesis, en simples palabras de su principal promotor (Wei-Ning Xiang), se pregunta por qué debería haber una yuxtaposición entre la Sofía de Platón y la Fronesis de Aristóteles. Bajo esta nueva manera de entender la dualidad del paisaje, tanto en su percepción (individual y colectiva) como en su estudio (sujeto y objeto), mi pregunta es ¿cómo unir la sabiduría innata humana y de la naturaleza que nos circunda (Sofía), con el pragmatismo (Fronesis) que nos debe caracterizar como civilización para alcanzar la tan ansiada sostenibilidad (Ecofronesis)?

 

El apego al paisaje mexicano se está perdiendo; repito. ¿Acaso porque nos va jalando hacia lo práctico nuestra manera de apreciar el paisaje?, ¿la sabiduría se queda rezagada cuando el hambre aprieta o cuando las ansias de tener más artefactos modernos para facilitarnos la vida nos seducen? Y lo pregunto con tristeza porque con esta pérdida de apego se van muchas de las tradiciones mexicanas; actividades que antes se realizaban y ahora han quedado olvidadas por ser consideradas inútiles en estos tiempos modernos, ya que la tecnología las hace mejor y en menor tiempo… aunque eso sí, con más insumos materiales y energía.

 

Ahora bien, profundizando en las causas de pérdida de apego al paisaje mexicano, nos encontramos que no sólo sucede por un problema de bienestar material, en la búsqueda de alcanzar la sociedad de la comodidad; lo es también, y en gran medida, por la ruptura entre identidad local e identidad nacional. La identidad local es la que al nacer nos inducen nuestros viejos, al valorar lo que tenemos frente a nosotros, lo que somos y lo que podemos ser si seguimos creciendo con nuestro paisaje, respetando su bioculturidad. Por su parte, la identidad nacional es la que se nos inculca en las escuelas para sentirnos parte de una nación: «patria grande».

 

La identidad nacional persigue la unidad de todas las culturas del actual territorio mexicano, tratando de que, al mismo tiempo, se mantengan independientes. Tal vez ahí está el fallo en el discurso gubernamental, o si se quiere, en la aplicación del discurso escrito en la Constitución mexicana, ya que la redacción es confusa en su Artículo 2: «La nación es única e indivisible… pero de composición pluricultural sustentada originalmente en sus pueblos indígenas». La palabra originalmente y los adjetivos de único e indivisible dan un mensaje contrario a lo que desea decir y, aunque, con el resto de los párrafos del mismo artículo se trata de explicar la relevancia de los pueblos indígenas, el Artículo 27 vuelve a hacer patente la contradicción: «La propiedad de las tierras y aguas comprendidas dentro de los límites del territorio nacional corresponde originariamente a la Nación…».

 

¿Quién es entonces el propietario del territorio?, ¿los pueblos originarios o la nación mexicana?, ¿cómo exigir apego a los pueblos indígenas actuales, si el discurso es ambiguo y los programas gubernamentales para fomentar la unidad nacional no son concilientes con las diferentes culturas, sino reduccionistas? Si alguien sabe la respuesta o tiene idea de cómo conciliar esta paradoja de la contradicción, hágasela saber a los dirigentes políticos.

 

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