ECOLOGÍA DEL PAISAJE HOY

[Desarrollo sustentable], el peligro de ser irrelevante. Parte II

Dr. Pedro Joaquín Gutiérrez-Yurrita

 

¡La guerra ha muerto, vivan los derechos humanos! Así es, los derechos humanos están de moda desde que terminó la II Guerra Mundial. Al concluir, comenzó un nuevo orden mundial. Este nuevo orden, impuesto por los Estados Unidos de Norteamérica (EE.UU.), como se vio en el artículo anterior, estuvo conducido por una institución emergente de dos organizaciones paramilitares de inteligencia: una norteamericana (Oficina de Servicios Estratégicos, OSS) y otra británica (Oficina de Inteligencia Naval, ONI), cuyas operaciones se suscitaron durante la guerra armada. La Agencia Central de Inteligencia (CIA) nació, de esta forma, el 18 de septiembre de 1947, con un EE.UU. orgulloso y omnipotente; una Europa hambrienta, en bancarrota y desmoralizada; un Japón destrozado moral y materialmente; y una Rusia tratando de extender sus brazos comunistas a Europa occidental, enamorando a Latinoamérica, sonriendo a Oriente y acechando a los mismos EE.UU.

 

Truman, presidente de EE.UU., bajo la asesoría de su secretario Marshal, se percató de que los rusos eran en realidad la fuerza del bloque soviético y que, bajo el mando de Stalin, dejaron de ser aliados y estaban conquistando ideológicamente Europa y, otros países de América y Asia. La estrategia de EE.UU. fue compleja y abarcó varios frentes políticos y socioeconómicos: fundó, en primer lugar, la CIA para tener el control de toda la política mundial presente y llevarla a un futuro promisorio para ellos; creó el Congreso por la Libertad de la Cultura en París (1950) para que los intelectuales europeos le dieran su apoyo en favor de la democracia; y generó un Plan para Restaurar la Economía Europea. Comenzó oficialmente la guerra cultural fría.

 

Sin embargo, por su necesidad de reivindicarse como un país de derechos y libertades, los EE.UU., junto con otros 50 Estados independientes, constituyeron en 1945 la Organización de las Naciones Unidas (NU), como institución política internacional que reemplazó a la fallida «Sociedad de Naciones» (fundada en 1909). Como este hecho no fue suficiente para ganarse la confianza incondicional del mundo, debido a que todavía pesaba sobre sus hombros la discriminación racial hacia los negros, la marginación de los «indios» de su propio territorio y la creciente obsesión por detener el avance del comunismo, reinventó, con «los Roosevelt», los Derechos Humanos (1948).

 

La Carta de los Derechos Humanos, aunada a la condescendencia de las UN, fue más que motivación para justificar las invasiones en Corea (1950-1953), Cuba (1952), Guatemala (1954), Suez (1956), Nicaragua (1956), Vietnam (1959-1975), Chile (1973), Argentina (1976), Isla de Granada (1983), Afganistán (2001-), por ejemplo, dejando no sólo muerte y destrucción socio-económica en las regiones invadidas, sino también un gran deterioro ambiental. Para lavar su conciencia de estos desastres humanos, hicieron de Dios la figura central de culto de la democracia norteamericana, a tal nivel que desde 1956 figura en su sello oficial y papel moneda, la leyenda In God We Trust, señalando de manera clara que están bajo el poder de Dios y que, por eso, su economía es boyante y tienen la facultad de combatir el ateísmo comunista. Por otro lado, también ayudó a ocultar la implacable persecución de americanos revolucionarios comandada por el Senador McCarthy, entre 1950-1960. La fuerza del dólar se apreció al acrecentar la economía bajo el dominio tecnológico de la producción primaria y de la transformación, pregonando que es parte del llamado estilo de vida americano. Los tecnócratas tomaron el poder y al tiempo acallaron las voces de los hippies que pedían dos cosas fundamentales: que los Derechos Humanos dejaran de ser un hermoso ensayo literario y, que se pusiera un límite a la destrucción ambiental. No puede haber seguridad humana si no hay un ambiente sano y una sociedad en paz.

 

La Carta de los Derechos Humanos, junto con el reconocimiento de la seguridad ambiental, son logros de la humanidad que se han consolidado en el pasado siglo, pero que distan mucho de ser cumplidos en su totalidad por todos los Estados signatarios de los convenios sobre Seguridad Humana. Ambos conjuntos de prerrogativas humanas caminan de la mano, son compañeros de viaje y no puede entenderse la seguridad ambiental sin cumplir los derechos humanos y viceversa. Es imposible el cumplimiento de los Derechos Humanos, si no van acompañados de mecanismos eficaces de instrumentación, voluntad política y apoyo económico.

 

Don´t worry, be hippie, debió ser la frase de moda de la década que vio surgir como política de Estado la conservación de la naturaleza (década de los 60), aunque fuera bajo el poderío de la economía que no bajó sus brazos y que, haciendo uso del desarrollo tecnológico, dijo categóricamente que no nos alcanzaría el futuro, que teníamos herramientas para hacer que el crecimiento no tuviera límites.

 

Los hippies pacifistas quedaron un poco contentos con el discurso y la promesa de la paz, sin embargo, la bióloga Rachel Carson publicó un libro que puso al mundo de cabeza: La primavera silenciosa (27.09.1962). La alerta ahora iba en contra el uso indiscriminado de la tecnología. Demasiado insecticida, como el DDT (Dicloro Difenil Tricloroetano), estaba matando al planeta, aunque paradójicamente era un químico que mejoraba el rendimiento de las cosechas por eliminar plagas y servía para alimentar a más gente. ¿Qué hacer? Alimentar al pueblo o «salvar» al planeta; detener la economía y, con ello, la generación de riqueza y empleo estable de millones de personas; o conservar un planeta para generaciones que aún no nacían y que, en todo caso, era una quimera por la incertidumbre del futuro.

 

Aquí regresamos a la política y su historia, el senador Nelson compró la idea a Carson, se dijo ambientalista en su discurso político y organizó un viaje por la conservación (Conservation tour, 1963) al que le acompaña John Kennedy (o viceversa por jerarquía de poder). Kennedy incluyó en su política, desde entonces, una agenda ambiental que sirvió de base para que, años más tarde, Richard Nixon creara la Agencia de Protección Ambiental (1970). La pasión ambientalista de Nelson lo llevó a mejorar la política ambiental promoviendo leyes sectoriales de conservación y preservación de especies en peligro; disminución de contaminación de aire, agua y suelo; y producción de residuos peligrosos. En 1970, programó la primera manifestación ambiental oficial, llamada Día de la Tierra, para el 22 de abril. Pero esta es otra historia y el comienzo del Derecho Ambiental moderno.

 

 

 

 

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