ECOLOGÍA DEL PAISAJE HOY

Cinco en conducta… sobre bioética y biofilia  

06.03.2019

Dr. Pedro Joaquín Gutiérrez-Yurrita

 

Fotografía: Jorge Alcántara 2019

Cuentan los que saben de etología, que el comportamiento humano es muy parecido al comportamiento animal, con algunas sutilezas que nos otorga lo que llamaríamos ética. De hecho, la etología se encarga de estudiar el comportamiento de los animales, principalmente en su medio natural (incluyendo al hombre); y la ética, con quien comparte raíz la etología (ethos = comportamiento), analiza con mayor profundidad el comportamiento del ser humano al establecer la relación entre el deber y la moral. Moral, otra palabra que emerge en este ya triángulo amoroso. De forma sucinta, la moral la consideraremos como el comportamiento humano aceptado por una sociedad determinada, en un tiempo preciso.

 

En la deontología del comportamiento humano hay un aspecto racional y otro emocional. Los neurólogos sugieren que se debe a nuestros millones de años de evolución, de tal manera, que tenemos tres cerebros en uno, por decirlo de manera llana. El primer cerebro, el reptiliano, es el cerebro más profundo, dado que se compone por el tallo cerebral y el cerebelo (en la parte trasera y baja de la cabeza); controla nuestros instintos, emociones básicas y funciones primarias como comer, reproducción, supervivencia. El segundo cerebro, el de mamífero, se compone por el hipocampo y la amígdala, se localiza en la zona límbica de la cabeza (en el centro del cerebro y por encima del cerebro reptiliano); controla nuestras emociones más primitivas como el dolor y el miedo, pero también el placer, acción que tendemos a repetir. Finalmente, está el tercer cerebro, el humano, localizado en la parte más elevada y frontal de la cabeza, llamado neocórtex o corteza cerebral; este cerebro nos ayuda a razonar, aprender y predecir eventos complejos, así como a estructurar pensamientos abstractos. Es el cerebro que como su nombre lo dice, nos hace humanos.

 

Como se aprecia, fisiológicamente los tres cerebros complementan todo el cuadro de lo que somos como personas, un animal muy complejo que puede reaccionar rápida e instintivamente, pero también racionalizar la información que recibimos del entorno circundante, ajeno a nuestro cuerpo, el medio ambiental.

 

Cuando racionalizamos nuestro comportamiento con respecto a la vida (la naturaleza en general), transitamos hacia lo que Fritz Jahr denominó Bio-Ethik (Bioética). En otras palabras, nuestro cerebro de humano crea un ser bioético, el cual, trata de encontrar un equilibrio entre los valores y los objetivos de vida de los seres vivientes en su lucha por sobrevivir y en sus necesidades de alimento, espacio y desarrollo, incluyéndose a sí mismo como especie natural: Santidad de la vida. Lo más relevante de una actitud bioética es que se considera que una acción es moralmente aceptable por la acción misma, no por el resultado final de dicha acción. Ejemplo: conservamos un ecosistema de montaña por el valor del ecosistema, no por su utilidad final ni por un resultado esperado, que puede ser igual o diferente al espectro funcional del ecosistema que tenemos en el presente.

 

Ahora bien, por el lado de las emociones, nuestros dos cerebros más primitivos (reptiliano y de mamífero) son el resultado momentáneo de millones de años de evolución, ¡es imposible negar nuestra estirpe simiesca! Este aspecto instintivo-emocional ha sido llamado por E. O. Wilson como Biofilia, cuyo significado casi literal es la afinidad que tenemos los humanos por afiliarnos a lo vivo.

 

Afiliarnos a lo vivo quiere decir que hay un algo dentro de mí que me hace querer, respetar y cuidar a otras criaturas de la tierra además de a los humanos y nuestras ya tradicionales mascotas como perros, gatos, hámsters, periquitos y pececillos de colores. Y aunque es verdad que también procuramos el cuidado de las especies biológicas que nos dan sustento alimenticio y sustrato para la vestimenta, me refiero a que la biofilia nos hace afiliarnos a la vida silvestre, salvaje, a veces domada, pero nunca domesticada, como tigres, tortugas, quetzales, ceibas, líquenes, hongos.

 

De forma sencilla, el concepto de biofilia sería la tendencia emocional innata de los humanos de afiliarnos a lo vivo, no sólo de manera instintiva, sino también bajo un sistema complejo de reglas individualizadas, que se deben a que las emociones de los individuos no son iguales en intensidad, duración o dirección. La educación, cultura y sensibilidad de cada persona hace de la biofilia una experiencia única… o inexistente.

 

Lo más curioso de todo lo que he escrito es que a pesar de nuestra historia evolutiva (natural), aunada a nuestra historia cultural (humana), seguimos destruyendo el único planeta que tenemos y la única forma de vida que conocemos, con pequeñas salvedades. Por lo tanto, no merecemos más que un cinco en conducta.

 

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Dr. Pedro Joaquín Gutiérrez-Yurrita

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Artista:

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